_**BIANCA**_
El trayecto de vuelta en la limusina fue un campo de minas. Alessandro emanaba una energía eléctrica, una furia contenida que hacía que el aire dentro del coche fuera irrespirable. No dijo una palabra, pero sus nudillos estaban blancos de tanto apretar el asiento de cuero. Al llegar al penthouse, me arrastró prácticamente hacia el interior, cerrando la puerta principal con un estruendo que pareció sacudir los cimientos del edificio.
—¡Eres un animal! —grité, soltándome de su agarre y dándome la vuelta para enfrentarlo—. Has humillado a hombres frente a toda la ciudad. ¿Crees que eso te hace parecer poderoso? Solo te hace parecer un maníaco inseguro.
—¿Inseguro? —Alessandro soltó una carcajada seca y carente de humor mientras se deshacía de la chaqueta del esmoquin y la tiraba al suelo—. Lo que soy es el hombre que ha pagado por el derecho de que nadie más te toque. He visto cómo te miraban, Bianca. He visto cómo ese imbécil de Vane recorría tu espalda con los ojos.
—¡Es un vestido, Alessandro! ¡Era una fiesta! —me acerqué a él, con el pecho agitado por la rabia—. No puedes controlar lo que otros piensen. No soy una estatua en un museo que puedas tapar con una lona cuando te apetezca.
Él me acorraló contra la pared del pasillo, apoyando sus manos a ambos lados de mi cabeza. Su rostro estaba a centímetros del mío, y sus ojos eran dos pozos de petróleo en llamas.
—En mi mundo, si alguien codicia lo que es mío, pierde los ojos. Deberías agradecer que no haya habido sangre en esa alfombra —susurró, y su aliento olía a whisky y a peligro—. Estás bajo mi protección y bajo mi mando. Si no puedes comportarte como una Moretti, te encerraré en esta casa hasta que olvides que alguna vez fuiste una Valenti.
Me quedé en silencio, desafiándolo con la mirada, pero mi corazón latía con una fuerza traicionera. La violencia de su posesividad me aterraba, pero había una parte de mí, una parte oscura que odiaba admitir, que se sentía extrañamente vista por primera vez en su vida.
—Vete a tu despacho —dije con la voz entrecortada—. No quiero verte más esta noche.
Él se alejó con una sonrisa amarga y se encerró en su habitación, dejándome sola con mis pensamientos incendiados.
_**ALESSANDRO**_
Me serví un trago doble en el despacho, tratando de apagar el fuego que me recorría las venas. La imagen de Bianca en ese vestido esmeralda me perseguía. Odiaba que otros la desearan, pero odiaba aún más darme cuenta de que yo la deseaba con una intensidad que rozaba la locura. No era solo por la deuda. No era solo por Vittorio. Era ella.
Hacia las dos de la mañana, salí del despacho para buscar unos documentos en la biblioteca. Al pasar por la sala de estar, vi una luz encendida. Bianca se había quedado dormida en el sofá, rodeada de las carpetas de la auditoría que se había llevado del despacho. Parecía tan inofensiva cuando dormía, con el cabello desparramado sobre los cojines y el rastro de una lágrima seca en su mejilla.
Me acerqué para cubrirla con una manta, pero mi mirada cayó sobre un papel que sobresalía de su carpeta personal. Era un extracto bancario de una cuenta en las Islas Caimán, una que yo no había autorizado a investigar todavía. Lo tomé con cuidado.
Mis ojos recorrieron las cifras. No era de Vittorio. La cuenta estaba a nombre de una empresa fantasma cuyo único beneficiario era Lorenzo Valenti. Pero lo que me heló la sangre no fue el dinero robado a mi propia firma, sino las fechas de los depósitos. Lorenzo no solo estaba apostando; estaba recibiendo pagos mensuales de una organización rival en Chicago. Estaba vendiendo información sobre mis rutas de transporte en los muelles.
Miré a Bianca. Ella lo sabía. Había marcado con un círculo rojo la fecha del último envío interceptado, el mismo que casi le cuesta la vida a Marco el mes pasado. Ella lo sabía y me lo había ocultado para proteger a su hermano.
La rabia regresó, pero esta vez era fría y afilada. La lealtad de Bianca seguía perteneciendo a los traidores que me habían desangrado. La tomé del brazo y la sacudí con brusquedad para despertarla.
—Despierta, Bianca —le siseé, mostrándole el papel frente a sus ojos nublados por el sueño—. Dime qué significa esto antes de que decida que la vida de tu hermano no vale ni el papel en el que está impreso este extracto.
Ella abrió los ojos, aterrada, y al ver el documento en mi mano, supe que la guerra dentro de esta casa acababa de subir de nivel. Ya no se trataba de celos en una fiesta. Se trataba de traición.
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Editado: 22.01.2026