BIANCA
El despertar fue violento. El agarre de Alessandro en mi brazo era como una tenaza de hierro, y la luz fría del salón me cegó por un instante. Cuando mi vista se aclaró, lo primero que vi fue el extracto bancario que había intentado enterrar bajo una montaña de facturas irrelevantes. Mi corazón se desplomó. El secreto de Lorenzo estaba expuesto, y con él, su sentencia de muerte.
—¿Creías que no lo encontraría? —la voz de Alessandro era un latigazo. Sus ojos no tenían rastro de la pasión de la noche anterior; eran puro granito—. Tu hermano está vendiendo mis rutas a Chicago. Está poniendo en juego la vida de mis hombres por sus deudas de juego. Y tú, mi "esposa", lo sabías.
—Alessandro, escúchame... —me puse en pie, ignorando el dolor en mi brazo. El vestido esmeralda estaba arrugado, una burla a la elegancia de la fiesta—. Lorenzo es un imbécil, es un adicto, pero no sabe en qué se está metiendo. Está desesperado.
—La desesperación no es una excusa para la traición —me soltó y empezó a caminar en círculos, como un depredador acorralando a su presa—. Me has mentido. Has usado el acceso que te di a mis libros para encubrir a una rata. ¿Sabes cuál es el precio de esto, Bianca? Marco casi muere en esa emboscada. Mi propia sangre por la de tu hermano.
Me derrumbé emocionalmente, pero no físicamente. Sabía que Lorenzo no sobreviviría a una hora en manos de Marco si Alessandro daba la orden.
—No lo mates —susurré, y mis lágrimas finalmente cayeron, calientes y amargas—. Haré lo que sea. Dijiste que yo era el pago por las deudas de mi padre... pues deja que pague también las de mi hermano. Si Lorenzo muere, mi padre morirá con él, y no quedará nada. Cobrate su traición conmigo. Aumenta mi condena, enciérrame, úsame como quieras, pero déjalo ir.
ALESSANDRO
La vi quebrarse frente a mí, ofreciéndose como sacrificio por un hombre que no valía ni la suela de sus zapatos. "Pagaré yo". Esas palabras me quemaron más que la traición de Lorenzo. Su lealtad era un arma de doble filo: hermosa cuando la imaginaba dirigida a mí, pero insoportable cuando protegía a los parásitos de su familia.
La puerta del despacho se abrió y entró Isabella. Había estado escuchando tras la puerta, como siempre. Su rostro era una máscara de triunfo frío.
—Alessandro, esto ha ido demasiado lejos —dijo ella, acercándose a mí y poniéndome una mano en el brazo, ignorando por completo a Bianca—. Los Valenti son un cáncer. El padre te marcó el pecho y el hijo te apuñala por la espalda. No puedes aceptar este trato. Si dejas que ella pague por él, estarás demostrando debilidad ante los sindicatos. Lorenzo debe morir hoy.
Miré a Isabella y luego a Bianca. Bianca estaba de rodillas, con las manos entrelazadas, mirándome con una súplica que me hacía sentir un poder embriagador y, al mismo tiempo, una náusea profunda.
—Isabella tiene razón, Bianca —dije, aunque mi voz no sonaba tan firme como quería—. La traición se paga con sangre.
—¡Entonces toma la mía! —gritó Bianca, levantándose y encarando a Isabella con una furia repentina—. Tú quieres que me vaya, ¿verdad, Isabella? Quieres que desaparezca para tenerlo solo para ti. Pues aquí tienes tu oportunidad. Convéncelo de que me castigue a mí. Que me quite el nombre, que me quite la libertad, pero que deje a mi hermano fuera de esto.
Isabella soltó una carcajada cínica.
—Él ya te ha quitado todo eso, querida. Lo que tú ofreces no es un pago, es lo que ya le pertenece.
Me alejé de ambas, necesitando aire. La cicatriz en mi pecho latía con una fuerza salvaje. La traición de Lorenzo era clara, pero el sacrificio de Bianca era algo que no podía ignorar. Si mataba a Lorenzo, la perdería a ella para siempre; si lo dejaba vivir, traicionaba mis propios principios de hierro.
—Lorenzo vivirá —sentencié finalmente, sin girarme. Escuché el sollozo de alivio de Bianca y el siseo de rabia de Isabella—. Pero no saldrá impune. Pasará el resto de sus días en una celda de mi propiedad en el norte del estado. No volverás a verlo, Bianca. Y tú... tú vas a firmar una confesión completa de lo que hiciste. A partir de ahora, no eres solo mi esposa por contrato. Eres mi prisionera por derecho de traición.
Isabella salió del salón dando un pisotón, furiosa por mi clemencia. Me quedé solo con Bianca. Me acerqué a ella y la levanté del suelo con brusquedad.
—Has salvado su vida, pero acabas de cavar tu propia tumba —le susurré al oído—. Mañana mismo, todo lo que creías que te quedaba de libertad se acaba. No habrá más oficinas, no habrá más salidas. Serás mi sombra, Bianca. Hasta que me canse de ti.
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Editado: 22.01.2026