BIANCA
La mañana nació con una calma engañosa, pero el aire en el penthouse se sentía cargado de estática. Alessandro apenas me había dirigido la palabra desde que me obligó a firmar aquella confesión. Me sentía una sombra caminando por los pasillos de mármol, esperando una noticia que me devolviera el aliento. Pero la noticia que llegó no fue la que esperaba.
Un grito desgarrador, pero esta vez de puro horror contenido, no vino de Isabella, sino de mi propio pecho cuando vi a Marco entrar en el salón con el rostro desencajado y una bolsa de pruebas en la mano. Alessandro salió de su despacho, atraído por el silencio sepulcral que siguió al informe de Marco.
—¿Qué pasa? —preguntó Alessandro, su voz fría como el hielo.
—Chicago —respondió Marco, evitando mirarme—. No esperaron al traslado. Interceptaron el vehículo de seguridad que llevaba a Lorenzo a la casa de seguridad del norte. Fue una emboscada profesional, Ale. No dejaron a nadie vivo.
El mundo se detuvo. Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Lorenzo... mi hermano, el niño con el que solía jugar en los jardines de la Toscana antes de que la oscuridad de nuestra familia nos alcanzara. Muerto.
—¿Lorenzo? —mi voz salió como un hilo roto—. Dijiste que estaría a salvo. ¡Me prometiste que viviría si yo firmaba esos papeles!
Miré a Alessandro, buscando un rastro de remordimiento, pero su rostro era una máscara de piedra. Sin embargo, Isabella, que estaba apoyada en el marco de la puerta observando la escena, soltó una risa seca y amarga que me heló la sangre.
—Qué conveniente —dijo Isabella, cruzando los brazos—. Chicago limpia tus problemas, Alessandro. Ahora no tienes que preocuparte por un cuñado traidor ni por mantener promesas a una Valenti.
—¡Tú lo hiciste! —grité, lanzándome hacia Alessandro, golpeando su pecho con mis puños—. ¡Tú les diste la ruta! Querías deshacerte de él sin mancharte las manos para que yo no pudiera culparte. ¡Eres un asesino!
ALESSANDRO
Recibí los golpes de Bianca sin moverme. Cada impacto de sus manos pequeñas contra mi pecho era un recordatorio de que, a sus ojos, yo siempre sería el monstruo, hiciera lo que hiciera. La noticia de la muerte de Lorenzo me golpeó como un mazazo; yo no había dado esa orden. Mi plan era mantenerlo vivo como moneda de cambio y como seguro para tener a Bianca bajo mi control.
—¡Basta, Bianca! —la sujeté por las muñecas, deteniendo su ataque. Mis ojos buscaron los de Marco—. Dime exactamente qué pasó.
—Usaron granadas térmicas, Ale. El coche quedó calcinado. Han dejado un mensaje en la valla del muelle: "Las deudas de Chicago se pagan primero".
Isabella se acercó, su mirada inyectada en veneno. Ella no lloraba, ella celebraba la caída de otro Valenti, pero había algo más en su expresión. Me miró con una desconfianza que nunca antes había visto en ella.
—No me mires así, Isabella —siseé—. Yo no ordené esto.
—¿Ah, no? —respondió ella con un tono desafiante—. Sabías que Chicago estaba rastreando esa frecuencia. Si querías que Lorenzo viviera, habrías enviado a Marco con él, no a dos hombres de segunda clase. Lo dejaste morir, Alessandro. Lo sacrificaste para enviarle un mensaje a Vittorio y para terminar de romper a tu esposa.
—¡Mientes! —gritó Bianca, sollozando, hundiéndose en el suelo—. ¡Él me prometió que estaría a salvo!
Observé a Isabella. Por primera vez en mi vida, vi que la lealtad de mi mano derecha se había quebrado. Ella creía genuinamente que yo estaba jugando un juego doble, que estaba usando a la mafia de Chicago para hacer el trabajo sucio que yo no me atrevía a hacer por "piedad". Isabella pensaba que yo me estaba volviendo blando por Bianca y que la muerte de Lorenzo era mi forma de ocultar mi debilidad.
—Llevaosla a su cuarto —ordené a los guardias, mi voz temblando de una furia que no podía dejar salir—. Marco, quiero los registros de comunicación de la última hora. Si alguien filtró esa ruta, quiero su cabeza en una bandeja antes de que anochezca.
Bianca me miró mientras se la llevaban, y el odio en sus ojos era tan puro, tan absoluto, que supe que la cicatriz de mi pecho nunca dolería tanto como esa mirada. Había perdido la única oportunidad de que ella viera algo de humanidad en mí. Ahora, para ella, yo era el hombre que dejó morir a su hermano.
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Editado: 22.01.2026