BIANCA
El negro del vestido me pesaba más que el propio cuerpo. No era solo seda y encaje; era el luto por el último fragmento de mi alma que aún albergaba esperanza. Lorenzo no estaba en ese ataúd cerrado, o al menos eso me decía mi mente para no visualizar los restos calcinados de los que Marco había hablado. El cementerio estaba envuelto en una niebla gris que se pegaba a las lápidas de mármol de los Moretti, recordándome que incluso en la muerte, mi hermano estaba atrapado en territorio enemigo.
Alessandro estaba a mi lado, rígido como una estatua de granito, sosteniendo un paraguas que nos protegía de una lluvia fina que parecía ceniza. Su mano en mi codo no era un consuelo; era un grillete.
—Tienes que ser fuerte, Bianca —susurró él, pero no lo miré. Mis ojos estaban fijos en Isabella, que permanecía a unos metros, vestida con un abrigo de piel negro y una expresión que no intentaba ocultar su triunfo.
Cuando el ataúd empezó a descender, sentí que las piernas me fallaban. Isabella dio un paso adelante, rompiendo el círculo de respeto. No llevaba flores, ni tenía los ojos empañados. Se acercó a mí con una lentitud deliberada, ignorando la mirada de advertencia de Alessandro.
—Es un día hermoso, ¿no crees? —dijo Isabella, su voz apenas un susurro que solo nosotros tres podíamos oír—. El aire se siente más limpio ahora que una rata Valenti ha dejado de respirar.
—Isabella, basta —la voz de Alessandro fue una orden cortante, pero ella no retrocedió.
—¿Por qué, Alessandro? —ella se giró hacia él, y vi en sus ojos el brillo de una mujer que finalmente se siente victoriosa—. Sabes que esto es lo mejor. Ella está sola ahora. Ya no tiene familia a la que proteger, ni hermanos por los que mentir. Ahora te pertenece por completo, tal como siempre quisiste. Deberías agradecérmelo.
Me giré hacia ella, con el rostro húmedo por la lluvia y las lágrimas.
—Es mi hermano, Isabella. Tenía veinticuatro años.
—Tenía una deuda de sangre —me espetó ella, dando un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal—. Tú tienes el título de esposa, Bianca. Tienes su cama, tienes su nombre y tienes su protección. Tienes todo lo que yo he construido durante una década a su lado. No esperes que además te dé mi compasión por la muerte de un traidor. Disfruta de tu jaula de oro, porque el precio por estar a su lado acaba de subir.
ALESSANDRO
La frialdad de Isabella me produjo un escalofrío que nada tenía que ver con el clima del cementerio. Siempre supe que era implacable, pero la falta de piedad ante una mujer rota me resultó grotesca. Isabella no estaba guardando las formas; estaba reclamando su territorio, recordándole a Bianca que, aunque yo la hubiera elegido como esposa, ella seguía siendo la dueña de la oscuridad que nos rodeaba.
—Vete al coche, Isabella. Ahora —ordené, mi voz vibrando con una amenaza que hizo que Marco diera un paso atrás.
Isabella me miró con una sonrisa gélida.
—Como digas, Alessandro. Pero recuerda: ella llora por un hombre que te vendió a Chicago. Yo sonrío por que te mantienes en el trono. Tú decides quién es más útil.
Se dio la vuelta y se alejó por el sendero de lápidas, con los tacones golpeando el suelo rítmicamente, como un tambor de guerra. Me quedé solo con Bianca frente a la fosa abierta. Ella no se movía, no gritaba; simplemente miraba el vacío con una ausencia que me asustaba más que su odio.
—Bianca... —intenté rodearla con mi brazo, pero se apartó como si mi tacto fuera veneno.
—Ella tiene razón, ¿verdad? —me preguntó, con la vista perdida en la tierra húmeda—. Ahora que Lorenzo no está, ya no tienes que cumplir ninguna promesa. No hay nada que me ate a este mundo más que tú. Es el escenario perfecto para tu venganza.
—Yo no quería esto —dije, y por primera vez en mi vida, sentí que la verdad no era suficiente.
—No importa lo que quisieras, Alessandro. Importa lo que has hecho —se giró para mirarme, y sus ojos estaban secos, endurecidos por un barniz de desesperación—. Me has quitado todo. Mi nombre, mi libertad, y ahora a mi hermano. Isabella tiene lo que quiere: verme destruida. Y tú tienes lo que quieres: una posesión sin alma.
Caminó hacia el coche sola, dejándome bajo la lluvia frente a la tumba del hombre que yo no había podido proteger. Miré hacia donde Isabella esperaba en el SUV, con su mirada victoriosa fija en nosotros. Sabía que Isabella creía haber ganado, que al eliminar el vínculo de Bianca con su pasado, me la había entregado en bandeja de plata. Lo que Isabella no entendía es que al matar a Lorenzo, Chicago o quienquiera que fuera el responsable, no me habían dado una esposa; me habían dado una hermana de luto que vivía bajo mi mismo techo, y el odio de una mujer que no tiene nada que perder es un fuego que ninguna fortuna puede apagar.
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Editado: 22.01.2026