Imperio de cenizas

14 El rastro de la sangre

BIANCA

​El luto no es una prenda, es un veneno que te recorre las venas hasta que el corazón se vuelve de piedra. Tras el entierro de Lorenzo, el penthouse dejó de ser una prisión de cristal para convertirse en un mausoleo. Alessandro intentaba acercarse, susurrando órdenes que pretendían ser consuelos, pero cada vez que sus dedos rozaban mi piel, yo sentía el frío del metal del ataúd de mi hermano. No podía quedarme aquí. Si permanecía bajo este techo, la oscuridad de Alessandro e Isabella terminaría por devorar lo poco que quedaba de la Bianca que alguna vez soñó con ser libre.
​Aproveché el único momento de vulnerabilidad en la seguridad: el cambio de turno de las tres de la madrugada. Sabía que Marco se tomaba un café en la cocina mientras los guardias de la puerta principal rotaban. Con el corazón martilleando contra mis costillas, me deslicé hacia el despacho de Alessandro. Mis manos temblaban mientras buscaba en el tercer cajón de su escritorio, donde había visto que guardaba los teléfonos de "un solo uso" para emergencias.
​—Solo una llamada —susurré para mí misma, conteniendo el aliento—. Solo una.
​Mis dedos se cerraron sobre el pequeño dispositivo negro. Me oculté tras las pesadas cortinas de terciopelo y marqué el único número que sabía de memoria y que Alessandro no había podido borrar de mi cerebro: el de Adriano.
​—¿Diga? —la voz de Adriano sonó débil, cansada, pero era el sonido más dulce que había escuchado en semanas.
​—Adriano, soy yo. No hables, solo escucha —las lágrimas amenazaron con salir, pero las tragué—. Lorenzo ha muerto. Alessandro me tiene presa, pero no voy a aguantar más. Necesito salir de aquí. Si alguna vez me quisiste, ayúdame a desaparecer. No a volver con mi padre, sino a desaparecer de todos ellos.
​—Bianca... oh, Dios. Lo sé, me he enterado de lo de Lorenzo. Escucha, hay un muelle privado en la calle 42, el que pertenece a la antigua red de tu abuelo. Mañana a medianoche. Habrá una lancha esperándote. Te llevaré a un lugar donde los Moretti no puedan tocarte.
​—Estaré allí —corté la llamada con el pulso a mil. No sabía si podía confiar plenamente en Adriano después de su humillación en los muelles, pero era mi única salida. Al girarme para salir del despacho, mi sangre se congeló.
​Isabella estaba apoyada en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una sonrisa que era puro veneno. En su mano sostenía una tablet que mostraba una señal de frecuencia activa.
​—¿Haciendo planes para las vacaciones, Bianca? —preguntó con una voz melosa que me dio náuseas—. Alessandro se va a poner muy triste cuando sepa que su pajarito intenta saltar de la jaula.

ALESSANDRO

​No podía dormir. El peso de la mirada de Bianca en el cementerio se me había clavado en el alma como un anzuelo. Me levanté para buscar un libro, algo que distrajera mi mente del hecho de que estaba perdiendo el control sobre la única persona que realmente me importaba. Al salir al pasillo, vi la luz del despacho encendida y escuché el murmullo de voces.
​Entré justo cuando Isabella terminaba su frase. Bianca estaba pálida, apretando un teléfono contra su pecho como si fuera un arma. Su mirada pasó del terror a una resolución desesperada que me dolió más que cualquier traición.
​—Dame eso —dije, extendiendo la mano. Mi voz era plana, despojada de toda emoción para ocultar el volcán que rugía en mi interior.
​—No —respondió ella, dando un paso atrás—. Mátame si quieres, como dejaste que mataran a Lorenzo, pero no voy a darte nada más.
​—¡Ella estaba llamando a Valli! —escupió Isabella, disfrutando de cada segundo de la escena—. Estaba planeando una fuga. Te lo dije, Alessandro. Ella nunca será una Moretti. Solo está esperando el momento de clavarte un cuchillo cuando te des la vuelta.
​Caminé hacia Bianca, ignorando a Isabella. Me detuve cuando solo nos separaban unos centímetros. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, su respiración agitada, su miedo. Le quité el teléfono de la mano con un movimiento suave pero firme. Vi el último número marcado. Adriano.
​—¿De verdad crees que él puede protegerte de mí? —le pregunté, bajando la voz hasta que solo ella pudiera oírla—. Adriano es un niño jugando a los soldados. Yo soy el que mueve los hilos de esta ciudad.
​Me giré hacia Isabella, que esperaba mi orden para castigarla.
—Sal de aquí, Isabella.
​—¿Qué? Pero Alessandro, ella ha intentado...
​—¡He dicho que salgas! —rugí, y la fuerza de mi voz hizo que incluso las paredes vibraran. Isabella apretó los dientes, me lanzó una mirada de puro odio y salió del despacho, cerrando la puerta con un golpe seco.
​Me quedé solo con Bianca. La tomé por los hombros y la obligué a mirarme.
—¿Tanto me odias que prefieres morir en una lancha con ese idiota antes que quedarte aquí conmigo?
​—No es odio, Alessandro —dijo ella, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla—. Es que aquí ya no queda nada de mí. Me has vaciado. Solo quiero volver a sentir que mi vida es mía, aunque sea por una hora.
​La atraje hacia mí, abrazándola con una fuerza que buscaba unir sus pedazos rotos con los míos. Ella no me devolvió el abrazo, pero se dejó sostener. En ese momento, supe que no podía dejarla ir, pero tampoco podía seguir teniéndola así. La obsesión estaba mutando en algo más destructivo.
​—No vas a ir a ese muelle —susurré contra su pelo—. Porque si lo haces, tendré que matarlo a él, y no quiero que me odies más de lo que ya lo haces. A partir de mañana, habrá un guardia en tu puerta las veinticuatro horas. Has perdido tu derecho a la privacidad, Bianca. Pero nunca, escúchame bien, nunca volverás a buscar ayuda fuera de estos muros. Yo soy tu único auxilio ahora.




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