Imperio de cenizas

15 Un atisbo de humanidad

BIANCA

​Las horas se arrastraban como insectos sobre las paredes de mi habitación. Alessandro había cumplido su palabra: un guardia permanecía apostado frente a mi puerta las veinticuatro horas del día, y mis movimientos estaban limitados a las áreas comunes bajo vigilancia constante. El vacío dejado por Lorenzo era un agujero negro que amenazaba con tragarse mi cordura.
​Por eso, cuando Alessandro entró en mi cuarto a media mañana, me preparé para otra orden o una nueva restricción. Pero su rostro no mostraba la dureza habitual.
​—Tienes una visita —dijo, observándome desde el umbral.
​—No quiero ver a ningún abogado de mi padre, Alessandro.
​—No es un abogado. Es Elena.
​Mi corazón dio un vuelco. Elena era mi mejor amiga desde la universidad, la única persona que conocía a la Bianca que amaba la música clásica y los libros de historia, no a la "princesa de la mafia".
​—¿La has dejado entrar? —pregunté, incrédula.
​—Ella insistió. Y creo... creo que necesitas a alguien que no te mire como si fueras un activo financiero —respondió él, y por un segundo, su voz sonó casi humana—. Tienes una hora. En el salón. Bajo la supervisión de Marco.
​Cuando vi a Elena entrar en el salón, me derrumbé. Corrimos a abrazarnos y lloramos juntas la muerte de Lorenzo. Durante esa hora, entre susurros y manos entrelazadas, volví a sentirme viva. Elena no preguntaba por las deudas ni por la guerra; solo me hablaba de la vida fuera de estos muros, de la luz del sol que yo ya casi no recordaba. Fue un pequeño oasis de paz en medio del infierno.
​Sin embargo, la paz duró poco. Al fondo del pasillo, pude ver a Isabella observando la escena. Su rostro estaba desencajado por la furia. No soportaba que Alessandro me estuviera concediendo un gramo de normalidad.

ALESSANDRO

​Observaba la escena desde la galería superior, apoyado en la barandilla de mármol. Ver a Bianca sonreír a través de las lágrimas mientras hablaba con su amiga me provocó una punzada de algo que no quise identificar como arrepentimiento. Quería que fuera feliz, pero quería que fuera feliz conmigo, una paradoja que me estaba volviendo loco.
​—¿Te has vuelto completamente idiota, Alessandro?
​La voz de Isabella siseó a mi espalda. Me giré lentamente. Ella no estaba sola; Mateo, uno de mis capitanes más antiguos y leales, estaba con ella, observando la situación con una expresión de duda que me puso en alerta.
​—Mide tus palabras, Isabella —advertí en un tono bajo y peligroso.
​—¿Que mida mis palabras? —ella se rió, una risa histérica que resonó en el pasillo—. ¡Has dejado que una civil entre en nuestro santuario! Esa mujer podría estar grabando nuestras conversaciones o marcando nuestras salidas. ¡Todo por darle un capricho a la hija del hombre que te destruyó!
​—Es solo una amiga, Isabella. No es una amenaza —dije, tratando de mantener la calma frente a Mateo.
​—¡Es una debilidad! —gritó ella, señalando hacia abajo, donde Bianca y Elena se despedían—. ¿Te olvidas de por qué estamos aquí, Alessandro? ¿Te olvidas de por qué Mateo y yo hemos derramado sangre por ti? ¡Venganza! Esa es la única razón de este imperio.
​Se acercó a mí, ignorando mi espacio personal, y gritó para que Mateo y cualquiera en el piso pudiera oírla:
​—¡Esa mujer es la hija de Vittorio Valenti! El hombre que te grabó una cicatriz en el pecho mientras te obligaba a ver cómo moría tu madre. ¡La odias, Alessandro! O al menos deberías hacerlo. Estás permitiendo que la hija de tu verdugo se pasee por aquí como una reina mientras el resto de nosotros seguimos en guerra. ¿Qué pensará la familia cuando sepan que su líder prefiere consolar a una Valenti que honrar sus propios juramentos de sangre?
​Miré a Mateo. Su silencio era más condenatorio que las palabras de Isabella. Ella acababa de poner en duda mi liderazgo delante de mis hombres, recordándoles que mi venganza se estaba ablandando por un par de ojos verdes. La cicatriz en mi pecho empezó a arder, un recordatorio físico de que Isabella tenía razón: yo no podía permitirme el lujo de la piedad.
​—Mateo, retírate —ordené. Él asintió rígidamente y se marchó. Cuando nos quedamos solos, tomé a Isabella del cuello de su chaqueta y la pegué contra la pared—. No vuelvas a cuestionarme delante de los capitanes. He cobrado mi deuda con los Valenti de formas que tú ni te imaginas. Bianca no es un capricho, es mi trofeo. Y yo decido cómo exhibo mis trofeos.
​—No es un trofeo, Alessandro —susurró ella, con los ojos llenos de una amargura insoportable—. Es tu perdición. Y si no la destruyes tú, lo haré yo por el bien de esta organización.




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