ALESSANDRO
Las palabras de Isabella seguían zumbando en mis oídos como un enjambre de avispas. Su veneno era efectivo porque contenía verdades que yo no quería afrontar. Me quedé en la galería, observando el salón ahora vacío después de que Elena se marchara escoltada. La presencia de Bianca abajo, sentada en el sofá con los hombros hundidos, era un recordatorio constante de mi conflicto interno.
Escuché unos pasos pesados detrás de mí. Mateo se acercó con la parsimonia de quien ha visto demasiadas guerras como para dejarse llevar por el drama de un momento.
—Isabella tiene la lengua afilada —dijo Mateo, apoyándose en la barandilla junto a mí—. Pero a veces olvida que el veneno también puede cegar a quien lo escupe.
—¿Tú también crees que me he vuelto blando, Mateo? —le pregunté, sin apartar la vista de Bianca.
Mateo guardó silencio unos segundos, observando a la mujer que estaba abajo.
—Soy tu amigo desde hace años. He visto a los Valenti ser crueles por deporte. Pero esa chica... —hizo un gesto hacia Bianca—. Llevo días observándola. No tiene la mirada de Vittorio. Él tenía ojos que calculaban cómo usarte; ella tiene ojos que solo intentan sobrevivir a la tormenta. No creo que ella sea como su padre, ni siquiera como el idiota de su hermano. Ella es solo una víctima colateral de un apellido que nunca pidió.
Sus palabras me golpearon con una honestidad brutal. Mateo no era un hombre de sentimentalismos; si él veía algo diferente en ella, era porque existía.
—Ten cuidado, Mateo —le advertí—. La lealtad en esta casa es un equilibrio precario ahora mismo.
BIANCA
Elena se había ido y el frío de la casa parecía haber regresado con más fuerza. Me sentía observada, no solo por los guardias, sino por las paredes mismas. Entonces, escuché a alguien entrar en el salón. No era el paso ligero y arrogante de Alessandro, ni el siseo de los tacones de Isabella. Era un paso firme y pausado.
Era Mateo. El hombre que siempre estaba en las sombras de Alessandro, el ejecutor silencioso. Me tensé, esperando un interrogatorio o una nueva amenaza. Sin embargo, Mateo se acercó a la mesa y dejó una pequeña taza de té caliente frente a mí.
—El café de Marco es veneno para el estómago —dijo con una voz áspera pero no hostil—. Este té es de una mezcla que traía mi madre de Sicilia. Ayuda a calmar los nervios después de un día de perros.
Lo miré, sorprendida. Era la primera vez que alguien en esta casa, aparte de Alessandro, me hablaba como a un ser humano.
—Gracias, Mateo —susurré, rodeando la taza con mis manos para buscar calor—. No esperaba... gestos de amabilidad aquí.
—No soy un santo, Bianca —respondió él, sentándose en el sillón frente a mí, manteniendo una distancia respetuosa—. Pero sé distinguir entre un enemigo y alguien que simplemente está atrapado en un fuego cruzado. Siento mucho lo de tu hermano. Nadie debería morir de esa forma, por muy malas que fueran sus decisiones.
Una lágrima traicionera resbaló por mi mejilla. El reconocimiento de mi dolor por parte de uno de "ellos" fue como una grieta en mi armadura.
—Isabella no piensa igual —dije, limpiándome la cara rápidamente.
—Isabella ve el mundo en blanco y negro. Pero la vida es gris, y tú eres el matiz más complicado que hemos tenido aquí en años —Mateo se levantó—. Si alguna vez necesitas algo... algo que no comprometa mi lealtad al jefe, pero que te haga la estancia menos amarga, dímelo. No todos los Moretti queremos verte destruida.
Se marchó antes de que pudiera responder, dejándome con el té y una extraña sensación de esperanza. Por primera vez, sentía que no estaba completamente sola en este palacio de sombras. Tenía un aliado inesperado, un hombre que respetaba a mi captor pero que, a diferencia de los demás, podía ver a la mujer detrás del apellido.
Desde la galería, vi cómo Alessandro observaba nuestra interacción. No parecía furioso, sino pensativo. La dinámica de la casa estaba cambiando, y mientras Isabella hervía en odio desde las sombras, un pequeño puente empezaba a construirse donde antes solo había abismos
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Editado: 22.01.2026