Imperio de cenizas

17 Huellas en la nieve

ALESSANDRO

​El asfalto de los muelles estaba empapado por una lluvia aceitosa que reflejaba las luces de emergencia. La reunión con los proveedores de los Balcánicos había sido una emboscada mal calculada. Mientras Marco y Mateo devolvían el fuego, sentí el impacto: un fuego líquido que me atravesó el costado izquierdo. No dije nada hasta que estuvimos en el coche blindado, pero al llegar al penthouse, la camisa blanca estaba empapada de un carmesí denso que no dejaba lugar a dudas.
​—¡Llamad al médico! —gritó Isabella en el vestíbulo, su voz cargada de un pánico posesivo.
​—No —gruñí, presionando la herida con la mano—. El médico de la familia está a dos horas de aquí y hay demasiada policía en la calle. Marco, llévame al despacho.
​Entré tambaleándome, dejando un rastro de gotas oscuras sobre el mármol. Me desplomé en el sillón de cuero, sintiendo que el mundo empezaba a girar demasiado rápido. La puerta se abrió de golpe, pero no fue Isabella. Fue Bianca.
​Traía un maletín de primeros auxilios que guardábamos en la cocina y un cuenco con agua tibia. Su rostro estaba pálido, pero sus manos no temblaban.
​—Sal de aquí, Valenti —siseó Isabella, intentando apartarla—. No dejaré que lo toques.
​—Isabella, muévete —la voz de Bianca fue firme, autoritaria de una forma que nunca le había escuchado—. He curado heridas de bala desde que tenía quince años. Mi padre nunca iba al hospital y Lorenzo era un imán para los problemas. Si no limpio esto ahora, entrará en shock séptico antes de que llegue vuestro médico.
​Me miró a los ojos, pidiendo permiso. Asentí débilmente, y con un gesto de la mano, ordené a Isabella que se retirara. Ella salió echando chispas, pero Bianca ya no la miraba

.
BIANCA

​Ver la sangre de Alessandro me provocó una reacción instintiva que anuló mi odio. Durante años, mi papel en la familia Valenti fue el de la cuidadora silenciosa, la que remendaba los pedazos de los hombres que volvían de la guerra. Abrí su camisa con cuidado, revelando no solo la herida de entrada —limpia, por suerte— sino también la cicatriz que cruzaba su pecho.
​—Va a doler —advertí, mojando una gasa en antiséptico.
​Él apretó los dientes, pero no emitió ni un sonido. Trabajé con movimientos precisos y mecánicos: limpiar, desinfectar, extraer el fragmento de bala que apenas había rozado la costilla, y coser. Alessandro me observaba con una intensidad nueva, una mirada despojada de su máscara de hierro.
​—Tienes manos de ángel para ser la hija de un demonio —susurró él, su voz apenas un hilo debido al dolor.
​—Los demonios también sangran, Alessandro —respondí sin levantar la vista mientras terminaba de vendarle el torso—. Lo hacéis con la misma frecuencia que cualquier otro hombre.
​Cuando terminé, me quedé un momento sentada a su lado, limpiándome las manos. El silencio entre nosotros ya no era tenso, sino extrañamente íntimo.
​—Gracias —dijo él. No fue una orden, ni un cumplido forzado. Fue un agradecimiento natural. Se estiró un poco para acomodarse y me miró—. Bianca... lo de Lorenzo...
​Me tensé, esperando una justificación fría.
​—No quería que terminara así —continuó él, bajando la vista—. De verdad.
​Lo miré y, por primera vez, vi algo de verdad en sus ojos. No borró mi dolor, pero suavizó el filo de mi rabia. Alessandro se quedó dormido poco después por el cansancio y la pérdida de sangre.
​Al día siguiente, la atmósfera en el penthouse había cambiado. Alessandro ya no me miraba como a una prisionera o un trofeo. En el desayuno, mientras él descansaba en el sofá del salón, me pidió que me sentara a su lado.
​—¿Cómo está la herida? —pregunté, manteniendo la distancia.
​—Mejor gracias a ti —respondió. Me pasó una carpeta que no era de contabilidad—. He pensado que... si vas a estar aquí, no puedes estar encerrada todo el día mirando facturas muertas. Es el catálogo de la nueva exposición del Met. He reservado el museo para nosotros el lunes. Sin prensa. Solo tú y yo.
​Lo miré sorprendida. No había amenazas, no había menciones a la deuda. Estaba tratándome con una naturalidad que me asustaba porque me hacía olvidar, por un segundo, que él era el hombre que me había comprado.
​Desde la esquina del comedor, Mateo me dedicó un pequeño asentimiento de aprobación. Isabella, sin embargo, permanecía oculta tras las sombras del pasillo, observando cómo Alessandro empezaba a bajar la guardia. Sabía que ella no permitiría que esta "paz" durara mucho.




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