BIANCA
El Metropolitan Museum nos pertenecía. Caminar por las salas vacías, con el eco de nuestros pasos rebotando en los techos infinitos, me hacía sentir que el mundo exterior —la mafia, los Valenti, la sangre— era un sueño lejano. Alessandro caminaba a mi lado, y aunque su postura seguía siendo la de un hombre que vigila el horizonte, sus ojos se suavizaban al mirar los cuadros.
—Mi madre decía que el arte es la única forma de inmortalidad que no requiere sacrificar a nadie —comentó él, deteniéndose ante un lienzo de sombras dramáticas—. Ella solía traerme aquí cuando los negocios de mi padre se ponían... complicados.
—No te imaginaba como un niño que recorre museos, Alessandro —dije, observando su perfil bajo la luz dirigida—. Siempre te vi como alguien que nació con un arma en la mano.
Él soltó una risa seca, sin rastro de burla.
—Me obligaron a cambiar los pinceles por el plomo muy pronto, Bianca. Pero a veces, cuando miro estas paredes, recuerdo que hubo un tiempo en que yo también quería crear algo, no solo destruirlo.
—Aún puedes —susurré, acortando la distancia entre nosotros. La tensión del penthouse se había disuelto, sustituida por una curiosidad eléctrica—. Has pasado toda tu vida cobrando deudas. ¿No estás cansado de contar cadáveres?
Alessandro me miró, y por primera vez, no vi al jefe de la familia Moretti. Vi a un hombre agotado por su propio mito.
—Estoy cansado de que el único motivo por el que me mires sea el miedo o el odio. Esta noche... solo quiero ser el hombre que te invita a cenar. Sin contratos. Sin amenazas.
La cena en el pequeño restaurante del Village fue una coreografía de verdades a medias y sonrisas nuevas. Hablamos de libros, de música y de la soledad que ambos compartíamos en nuestras jaulas de oro. Al volver al penthouse, el silencio ya no era pesado, sino expectante.
ALESSANDRO
Entramos en mi habitación. La luz de la luna bañaba las sábanas de seda, y el aroma a gardenias de Bianca parecía llenar cada rincón de mis pulmones. La tomé de la cintura, atrayéndola hacia mí. Su cuerpo se amoldó al mío con una confianza que me quemaba.
—¿Estás segura de esto? —pregunté, mi voz rompiéndose en un susurro—. Una vez que crucemos esta línea, Bianca, no habrá vuelta atrás. Ya no serás solo mi esposa en el papel. Serás parte de mi alma. Y mi alma es un lugar oscuro.
—Ya conozco tu oscuridad, Alessandro —respondió ella, subiendo sus manos por mi pecho hasta mi cuello—. Y he decidido que no quiero estar en la luz si tú no estás en ella. No me mires como a una Valenti esta noche. Mírame como a la mujer que ha decidido quedarse.
La besé con una urgencia que me hizo perder el sentido de la realidad. Cada prenda que caía al suelo era un muro que se derrumbaba. Cuando la deposité sobre la cama, mi corazón golpeaba mis costillas con una fuerza salvaje. Me moví con lentitud, adorando cada centímetro de su piel, desde la curva de su cuello hasta la delicadeza de sus caderas.
Sin embargo, cuando el contacto se volvió más íntimo y profundo, sentí que ella se tensaba. Había una resistencia física, una barrera que no esperaba encontrar en la hija de un hombre como Vittorio, criada en un mundo donde las mujeres suelen ser entregadas como moneda de cambio mucho antes. Me detuve en seco, apoyándome en mis codos, buscándola con la mirada.
—Bianca... —mi voz era ronca, cargada de sorpresa—. Tú... ¿nunca antes?
Ella desvió la mirada por un segundo, un rubor profundo cubriendo sus mejillas, pero luego volvió a clavar sus ojos verdes en los míos con una valentía que me dejó sin aliento.
—Mi padre quería venderme al mejor postor, Alessandro. Pero yo siempre supe que mi cuerpo era lo único que él no podía negociar sin mi permiso. Me guardé... para alguien que no me viera como una transacción.
Me quedé helado. La revelación me golpeó más que cualquier bala. La pureza de su entrega, el hecho de que me estuviera entregando algo que había protegido de la codicia de su propia familia, me hizo sentir una responsabilidad abrumadora. La culpa por haberla tratado como una mercancía me atenazó la garganta.
—Bianca, yo no sabía... —empecé a decir, pero ella me puso un dedo en los labios.
—No lo hagas por deber, ni por lástima —susurró ella, tirando de mí hacia abajo—. Hazlo porque me quieres. Porque esta noche, eres tú quien me ha ganado, no tu dinero.
La traté con una reverencia que rozaba lo sagrado. Cada movimiento fue guiado por una delicadeza extrema, borrando cualquier rastro de la brutalidad de mi mundo. Al sentir su entrega final, algo dentro de mí se rompió y se volvió a armar. No era solo placer; era la posesión más profunda que había experimentado jamás. Ya no era una victoria sobre los Valenti. Era el nacimiento de algo por lo que estaría dispuesto a quemar el mundo entero con tal de protegerlo.
Al terminar, la envolví en mis brazos, sintiendo su respiración agitada contra mi cuello.
—Eres mía —le susurré, y esta vez no era una orden, sino una promesa—. Nadie volverá a tocarte. Ni tu padre, ni los sindicatos, ni siquiera mis propios demonios. A partir de hoy, Bianca, el mundo tendrá que pasar por encima de mi cadáver para llegar a ti.
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Editado: 22.01.2026