Imperio de cenizas

19 Miradas acusatorias

BIANCA

​La comida frente a mí parecía hecha de ceniza. El aire en el comedor se había vuelto tan pesado que cada respiración me costaba un esfuerzo sobrehumano. Isabella no comía; nos diseccionaba con la mirada, disfrutando del rastro de vulnerabilidad que aún quedaba en nuestros rostros tras la mañana que habíamos compartido.
​—Es fascinante cómo cambia el ambiente en esta casa, ¿verdad? —soltó Isabella, dejando caer la cuchara de plata con un tintineo que resonó como un disparo—. El silencio de hoy es diferente. Huele a secretos… o quizás a traición.
​—Isabella, no es el momento —advirtió Alessandro, aunque su voz carecía de la autoridad cortante de ayer.
​—¿No lo es? —ella se inclinó hacia delante, ignorándolo—. He estado en vuestra habitación hace un rato, Bianca. Fui a buscar unos informes que Alessandro dejó olvidados. Me sorprendió ver que el servicio aún no había pasado. Vi las sábanas.
​El corazón se me detuvo. Sentí que la sangre huía de mi rostro. Alessandro dejó sus cubiertos lentamente, y el espacio entre nosotros, que hace unas horas era inexistente, empezó a ensancharse como un abismo.
​—Lo que ocurra en mi dormitorio no es de tu incumbencia —dijo Alessandro, pero Isabella soltó una carcajada estridente y carente de humor.
​—¡Es de incumbencia de todos nosotros, Alessandro! —gritó ella, poniéndose en pie y golpeando la mesa—. Cada hombre que trabaja para los Moretti tiene una cicatriz, física o emocional, causada por los Valenti. ¿Cómo crees que se sentirá Mateo cuando sepa que te has entregado a la hija del hombre que ordenó la masacre del Muelle 4? ¿Cómo se sentirá la familia de tu madre sabiendo que la sangre de su verdugo ahora mancha tu cama por elección propia?
​Miré a Alessandro, suplicando en silencio que la callara, que dijera que lo nuestro era real. Pero él no me miraba. Tenía la vista fija en su plato, y sus nudillos estaban blancos de tanto apretar el mantel.
​—Recordad quién es ella —siguió Isabella, bajando el tono a un susurro venenoso mientras caminaba alrededor de la mesa—. Es la hija de Vittorio. El hombre que te quemó el pecho mientras te obligaba a escuchar los gritos de tu propia gente. ¿Ya no te duele la cicatriz, Alessandro? ¿O es que los besos de Bianca tienen el poder de borrar los cadáveres de los que nos trajeron hasta aquí?
​—¡Cállate! —rugió Alessandro, pero no fue un rugido de defensa hacia mí, sino un grito de agonía.
​En ese momento lo entendí. Ella estaba ganando. Estaba arrastrándolo de vuelta al fango de la venganza. Alessandro se removía en su asiento, con el rostro contraído por una lucha interna que lo estaba destrozando.
​—Dilo, Alessandro —la reté, con la voz quebrada—. Dile que lo que pasó anoche significa algo. Dile que no soy solo una Valenti para ti.
​Él levantó la mirada, y lo que vi en sus ojos me heló el alma. No había amor, solo el reflejo de un odio antiguo reavivado. El fantasma de su madre, de su dolor y de su deuda de sangre se interponía entre nosotros como un muro de hierro.
​—No es tan sencillo, Bianca —murmuró él, y esa frase fue el final de todo.
​—Entiendo —dije, levantándome con una dignidad que no sabía que me quedaba—. Isabella tiene razón. No puedes amarme porque cada vez que me tocas, sientes el hierro de mi padre en tu piel. Sigue con tu venganza, Alessandro. Disfrútala. Porque es lo único que te va a quedar cuando termines de destruirnos a todos.
​Me di la vuelta y corrí hacia las escaleras. Cada escalón era un recordatorio de la estupidez que había cometido al creer que una noche podía cambiar quince años de odio.

ALESSANDRO

​Escuché el portazo de la habitación de Bianca y sentí que algo dentro de mi pecho se terminaba de quebrar. Quise levantarme, correr tras ella y decirle que mentía, que ella era lo único que me importaba. Pero mis pies pesaban como el plomo. Las palabras de Isabella habían actuado como un ácido, disolviendo la felicidad de la mañana y dejando al descubierto la herida que nunca cerraría.
​—Has hecho lo correcto, Alessandro —dijo Isabella, volviendo a sentarse con una calma aterradora—. Has recordado quién eres.
​—Vete de aquí, Isabella —le dije, mi voz era un susurro cargado de una furia gélida—. Antes de que olvide que eres como una hermana para mí y te haga pagar por haber entrado en mi cuarto.
​—Puedes odiarme todo lo que quieras —respondió ella, levantándose con elegancia—. Pero al final del día, soy yo quien te mantiene en el trono. Ella solo te mantiene en el suelo.
​Cuando se marchó, me quedé solo en el comedor inmenso. El silencio era insoportable. Miré el sitio vacío de Bianca y sentí una náusea profunda. Isabella me había recordado el olor de la carne quemada, el sonido de los disparos y el rostro de mi madre antes de morir. Todo ese horror llevaba el apellido Valenti.
​Me pasé la mano por la cara, sintiendo la cicatriz bajo la camisa. Estaba atrapado en un infierno propio. Amaba a Bianca; la amaba de una forma que me aterraba, pero Isabella tenía razón en algo: mi imperio se basaba en la lealtad de hombres que habían sufrido por culpa de su padre. Si elegía a Bianca por encima de la venganza, perdería el respeto de mi familia. Si elegía la venganza, la perdería a ella.
​Me levanté y caminé hacia el ventanal, mirando la ciudad. La calma de la mañana se sentía como una traición a mis propios antepasados. Estaba volviendo a contar los pecados de Vittorio, volviendo a alimentar el fuego que ella había intentado apagar.
​—Perdóname, Bianca —susurré para mis adentros—, pero no sé cómo ser el hombre que quieres sin dejar de ser el hombre que ellos necesitan.
​Sabía que ella estaba arriba, llorando, y que yo era el motivo de sus lágrimas. La amargura de la venganza me llenó la boca. Había recuperado mi honor, pero al mirar mi reflejo en el cristal, solo vi a un hombre condenado a la soledad de su propio trono.




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