Imperio de cenizas

20 Encuentros

BIANCA

​El vestido de terciopelo azul noche que llevaba se sentía como una armadura pesada. Alessandro apenas me había dirigido la palabra desde el incidente en el comedor con Isabella. La tensión entre nosotros era un cable de alta tensión a punto de romperse, pero aquí estábamos, entrando en la Gala de la Ópera, la cita anual donde la alta sociedad y el inframundo de Nueva York se mezclaban bajo lámparas de cristal.
​—Mantente a mi lado, Bianca —ordenó Alessandro, su voz era un murmullo gélido mientras me sujetaba del brazo—. No es una noche para juegos.
​—¿Y para qué es esta noche, Alessandro? ¿Para seguir luciendo tu trofeo ante los hombres que desprecias? —respondí, clavando mis ojos en los suyos.
​Él no tuvo tiempo de contestar. El aire a nuestro alrededor pareció succionarse cuando la multitud se abrió. Al final del pasillo de mármol, rodeado de guardaespaldas, estaba él. Vittorio Valenti. Mi padre.
​Su presencia era imponente, una mezcla de elegancia europea y una frialdad que hacía que el ambiente bajara varios grados. A su lado, hombres armados observaban a Alessandro con la mano bajo la chaqueta. Los dos clanes se detuvieron a pocos metros. Era un duelo de silencios.
​—Vittorio —dijo Alessandro, su voz cargada de un odio que vibró en mi propio brazo.
​—Alessandro. Veo que cuidas bien de mi propiedad —respondió mi padre con una sonrisa cínica, ignorando por completo el hecho de que yo era su hija.
​El intercambio de insultos velados continuó, pero yo ya no escuchaba. Necesitaba saberlo. Necesitaba mirar a los ojos al hombre que me crió y ver si los monstruos de los que hablaba Isabella eran reales o fantasmas creados por la venganza de los Moretti. Aprovechando que un grupo de senadores interrumpió la conversación para saludar a Alessandro, me deslicé entre la multitud.
​Vi a mi padre dirigirse hacia el balcón privado para fumar. Burlé la vigilancia de sus hombres —que aún me reconocían y dudaron en detenerme— y entré en el espacio frío y abierto.
​—Padre —dije, mi voz temblando por la mezcla de miedo y necesidad.
​Vittorio se giró lentamente, exhalando el humo de su cigarro.
—Bianca. Te ves... cambiada. Los Moretti parecen haberte quitado esa luz de obediencia que tanto me costó cultivar.
​—Dime la verdad —di un paso hacia él, ignorando el viento que agitaba mi vestido—. Isabella dice que quemaste a su familia. Dice que marcaste a Alessandro con un hierro candente. Dice que mataste a inocentes por puro placer. ¡Dime que es mentira! ¡Dime que Lorenzo no murió por culpa de tus deudas!
​Vittorio me miró con una indiferencia que me dolió más que un golpe.
—La guerra tiene un lenguaje que tú no entiendes, pequeña. Alessandro Moretti es un dramaturgo. Le encanta hacerse la víctima para justificar su propia sed de sangre. Yo solo hice lo necesario para proteger nuestro imperio.
​—¿Hacer lo necesario era marcar a un niño? —grité, con las lágrimas asomando—. ¿Era dejar que mataran a tu propio hijo?
​—Yo no he marcado a nadie, Bianca —su voz se volvió de acero—. Y Lorenzo fue un accidente del que los Moretti deben responder. Todo lo que escuchas son mentiras para ponerte en mi contra. Soy tu padre. Yo te di todo.
​Lo miré fijamente, buscando una grieta, un rastro de remordimiento. Pero solo vi una máscara perfecta de negación. Me di cuenta de que mi padre no era un hombre arrepentido; era un hombre que había borrado sus propios crímenes de su conciencia para poder seguir durmiendo.

ALESSANDRO

​Cuando me di cuenta de que Bianca no estaba a mi lado, sentí que la furia me nublaba la vista. Aparté a los políticos sin ceremonias y recorrí el salón con la mano en la culata de mi arma oculta. La encontré en el balcón, frente a Vittorio.
​Me acerqué justo cuando ella retrocedía, con el rostro desencajado por la desilusión.
​—¡Aléjate de ella, Vittorio! —rugí, poniéndome entre ambos y empujando a Bianca suavemente detrás de mí.
​—Se está haciendo preguntas, Alessandro —dijo Vittorio, apagando su cigarro con calma—. Pero ya le he dicho que tus cuentos de terror no tienen fundamento. Eres un mentiroso resentido.
​—Lo que soy es tu verdugo —siseé, sintiendo que la cicatriz de mi pecho ardía como si el hierro estuviera allí de nuevo—. Y el hecho de que le mientas a tu propia sangre solo demuestra lo cobarde que eres.
​Tomé a Bianca por el brazo. Estaba fría, casi en estado de shock. La saqué de allí a rastras mientras los guardias de ambos lados se tensaban, listos para una masacre que solo se evitó porque estábamos en público.
​Al llegar al coche, el silencio de Bianca era sepulcral. Se hundió en el asiento, mirando por la ventana con una expresión de vacío absoluto.
​—¿Qué te ha dicho? —pregunté, mi voz todavía ronca por la adrenalina.
​—Lo ha negado todo, Alessandro —respondió ella, y su voz sonaba como cristal rompiéndose—. Ha negado la marca, ha negado el incendio... ha negado incluso que Lorenzo fuera culpa suya.
​—¿Y le crees? —la miré, necesitando que ella viera la verdad por fin.
​—No lo sé —susurró ella, girándose hacia mí con los ojos llenos de una tristeza infinita—. Porque si él miente, mi vida entera ha sido una farsa. Pero si tú mientes, mi futuro es un infierno. Estoy sola, Alessandro. No tengo a nadie a quien creer.
​Me removí incómodo. La sombra de la venganza volvió a alzarse entre nosotros. Quería consolarla, pero las palabras de Isabella sobre la lealtad y los sacrificios de mi familia pesaban demasiado. No podía ser su héroe mientras siguiera siendo el hombre que planeaba la caída definitiva de su padre.
​—Vámonos a casa —fue lo único que pude decir, mientras el coche se alejaba de la gala, dejando atrás a un Vittorio que seguía libre y a una Bianca que acababa de perder el último refugio de su infancia.




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