BIANCA
La invitación descansaba sobre la mesa de caoba como un desafío: una cartulina color crema con bordes dorados. Marco, uno de los capitanes más cercanos a Alessandro, se casaba. Era un evento interno, un acto de hermandad y lealtad pura del clan Moretti. El aire en el comedor, sin embargo, estaba lejos de ser festivo.
—Es un error, Alessandro. Un error estratégico y un insulto para los hombres —la voz de Isabella cortó el silencio como un cuchillo—. Esa boda es un lugar para la familia. Para la gente que ha sangrado por ti. No puedes llevar a una Valenti al corazón de nuestra celebración.
Alessandro ni siquiera levantó la vista de su plato, pero el aura de autoridad que emanaba era sofocante.
—Bianca es mi mujer —respondió él, con una calma que resultaba más aterradora que cualquier grito—. Lleva mi apellido y ocupa el lugar que le corresponde a mi lado. Irá a la boda conmigo, y espero que todos, incluida tú, la traten con el respeto que merece la señora de esta casa.
—¡Esa casa está construida sobre los huesos de los nuestros! —estalló Isabella, golpeando la mesa—. Los hombres van a sentirse traicionados. Verán tu debilidad, verán cómo dejas que la hija del enemigo se infiltre en nuestros momentos más íntimos. ¡Estás perdiendo el juicio por ella!
Alessandro dejó los cubiertos con una lentitud deliberada y clavó su mirada gélida en Isabella.
—He tomado una decisión. No es un debate. Si alguien tiene un problema con que mi esposa asista, que me lo diga a la cara. Y tú, Isabella, asegúrate de que tu lengua no sea la que provoque un motín, o las consecuencias serán personales.
El silencio que siguió fue sepulcral. Isabella se levantó, me dedicó una mirada cargada de un odio puro y visceral, y salió del comedor. Me quedé allí, sintiéndome como un objeto de disputa, una pieza de ajedrez en una guerra que no terminaba nunca.
ALESSANDRO
Por la tarde, me encerré en el despacho. Los informes de los muelles se acumulaban, pero mi mente no podía concentrarse. El eco de las palabras de Isabella y la imagen de Bianca, sola y desprotegida ante el escrutinio de mi mundo, me atormentaban. Estaba forzando las cosas, lo sabía, pero no podía dar marcha atrás.
La puerta se abrió suavemente. Bianca entró con paso vacilante, evitando mirarme.
—Solo vengo a por un libro —dijo en un susurro, señalando la gran estantería del fondo—. Estoy... aburrida de estar encerrada en mi habitación.
La observé mientras caminaba. Llevaba una blusa ligera que dejaba al descubierto la curva de su cuello, y el recuerdo de nuestra noche juntos me golpeó con la fuerza de un impacto físico. Me levanté del escritorio y caminé hacia ella, acortando la distancia antes de que pudiera alcanzar la estantería.
—Bianca —murmuré, rodeando su cintura con mis manos y atrayéndola hacia mi pecho.
Sentí cómo su cuerpo se tensaba por un instante antes de relajarse contra el mío. Me incliné para besar su cuello, buscando ese rastro de gardenias que me volvía loco. Mis manos empezaron a subir, buscando el contacto que tanto anhelaba, necesitando sentir que seguía siendo mía a pesar de todo el ruido exterior.
—Alessandro, para —dijo ella, apoyando sus manos en mis hombros para crear espacio entre nosotros.
—Te he echado de menos hoy —susurré, ignorando su resistencia inicial y tratando de buscar sus labios—. Olvida lo que ha pasado en la comida.
—¿Cómo voy a olvidarlo? —ella se zafó de mi agarre, y sus ojos verdes estaban llenos de una mezcla de tristeza y reproche—. Isabella tiene razón en algo, ¿no? Para tus hombres, soy el enemigo. En la comida te quedaste callado cuando ella hablaba de la venganza y de tu madre. No me defendiste de sus palabras, solo impusiste tu voluntad sobre la boda.
—Te estoy dando tu lugar, Bianca. ¿Qué más quieres de mí? —pregunté, empezando a sentir la frustración crecer.
—Quiero saber que no soy solo un escudo que usas para demostrar tu poder —respondió ella, retrocediendo hacia la puerta con el libro apretado contra el pecho—. Isabella dijo que me odias, que cada vez que me miras ves la marca de mi padre. Y hoy, en la mesa, tu silencio le dio la razón. No puedo pretender que todo está bien aquí dentro mientras fuera me consideras parte de tu deuda de sangre.
Me quedé solo en medio del despacho, con los brazos vacíos y el sabor amargo de la verdad en la boca. Bianca tenía razón. Mi silencio en el comedor no fue por falta de amor, sino por la incapacidad de soltar el odio que me definía. Quería poseerla, pero no sabía cómo protegerla de los fantasmas que yo mismo seguía alimentando.
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Editado: 22.01.2026