Imperio de cenizas

22 El regreso del pasado

BIANCA

​El ambiente en la recepción de la boda era vibrante, lleno de música italiana y risas que hacían olvidar, por un momento, que estábamos rodeados de los hombres más peligrosos del estado. Alessandro caminaba a mi lado con la mandíbula tensa, saludando a sus capitanes con breves asentimientos, mientras yo sentía el peso de las miradas curiosas sobre mi vestido de seda color champán.
​Pero todo cambió cuando los novios entraron al salón. Me quedé de piedra al ver a la novia. No era solo una cara bonita bajo un velo de encaje; era Giulia, mi compañera de proyectos en la facultad, la chica con la que compartí cafés y noches de estudio antes de que mi mundo se derrumbara.
​—¿Giulia? —exclamé, rompiendo el protocolo de seguridad y adelantándome.
​—¡Bianca! —ella soltó el ramo y corrió hacia mí, envolviéndome en un abrazo que olía a flores y a una vida normal que creía perdida—. ¡No puedo creer que seas tú! Supe que te habías casado, pero nunca imaginé verte aquí.
​Intercambiamos números de teléfono allí mismo, entre risas y promesas de vernos. Giulia me tomó de la mano y me arrastró hacia su mesa, presentándome a sus padres, a sus tíos y a sus primos. Para ellos, yo no era "la Valenti" ni un trofeo de guerra; era la amiga de la universidad, la chica inteligente que ayudaba a Giulia con los exámenes.
​Esa tarde, por primera vez en meses, dejé de ser una prisionera. Bebí vino espumoso, bailé canciones populares con el padre de la novia y me reí hasta que me dolió el pecho. Los hombres de Alessandro, al vernos juntas, empezaron a relajar la guardia. Me veían interactuar con sus familias, sostener a los bebés de sus hermanas y brindar por la felicidad de los novios. Ya no era un monstruo de apellido maldito; era una mujer de carne y hueso.

ALESSANDRO

​Debería haber estado disfrutando del éxito de la boda de mi mejor capitán, pero me resultaba imposible. Estaba apoyado contra una de las columnas del salón, con un vaso de whisky en la mano que apretaba con demasiada fuerza. Mis ojos no se apartaban de Bianca.
​Nunca la había visto así. Estaba radiante, con las mejillas encendidas por el vino y la risa. Pero lo que me estaba volviendo loco era la forma en que los demás se le acercaban.
​Vi cómo un primo joven de Giulia la sacaba a bailar una tarantela. Él le puso la mano en la cintura y ella le sonrió con una naturalidad que a mí me negaba casi siempre. Sentí una punzada de celos tan aguda que casi rompo el cristal del vaso. No era solo posesividad; era la rabia de ver que otros podían acceder a esa luz que ella emanaba, mientras que conmigo siempre estaba en guardia.
​—Cálmate, Ale —murmuró Mateo a mi lado, notando mi tensión—. Se está ganando a la gente. Eso es bueno para ti.
​—Se está ganando a demasiada gente —gruñí, viendo cómo otro hombre le servía más vino y se inclinaba para decirle algo al oído, haciéndola reír.
​Me abrí paso entre la multitud, ignorando los saludos de mis hombres. Llegué hasta ella justo cuando terminaba la canción. Sin decir una palabra, la tomé del brazo con firmeza, atrayéndola hacia mi costado en un gesto de propiedad absoluta que hizo que el joven que bailaba con ella retrocediera intimidado.
​—Creo que ya has bailado suficiente con extraños —le susurré al oído, mi voz cargada de una posesividad que no podía ocultar.
​—Son la familia de Giulia, Alessandro —respondió ella, todavía con la respiración agitada por el baile y los ojos brillantes—. Son personas normales. Por una vez, déjame disfrutar de algo que no sea tu sombra.
​—Eres mi esposa —siseé, mirando a un grupo de soldados que nos observaban desde lejos—. Y no me gusta cómo te miran.
​Bianca me miró con una mezcla de lástima y desafío.
—No es su mirada la que te molesta, Alessandro. Es que hoy no tienes el control absoluto sobre mí. Hoy no soy tu deuda, soy simplemente Bianca. Y parece que eso te aterra más que cualquier guerra con mi padre.
​Me quedé mudo mientras ella se soltaba suavemente y volvía a la mesa de los novios. Los celos me quemaban por dentro, pero bajo esa rabia, había una verdad dolorosa: verla ser feliz lejos de mi control me hacía darme cuenta de lo pequeña que era la jaula en la que la tenía metida.




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