Imperio de cenizas

23 Lazos rotos

BIANCA

​La música de los acordeones envolvía el jardín de la finca como una caricia cálida, y por primera vez en toda mi vida adulta, sentí que la etiqueta de "hija de Vittorio Valenti" se desvanecía en el aire. Estaba sentada a una mesa larga, rodeada de las tías y primas de Giulia, que me hablaban al mismo tiempo sobre recetas de pasta, amores de juventud y el futuro que le esperaba a la novia.
​—¡Bianca, por favor! —decía la tía Rosa, una mujer de manos fuertes y ojos risueños, mientras me servía otra copa de vino—. Deja que este chico te traiga un poco de tarta de higos. ¡Estás demasiado delgada! ¿Es que ese marido tuyo no te da de comer?
​Me reí con ganas, una risa que nació desde el fondo de mi estómago y que me hizo sentir ligera.
—Alessandro se asegura de que no me falte de nada, tía Rosa, pero creo que vuestros dulces son imposibles de superar.
​—¡Eso es porque les ponemos corazón! —intervino Giulia, acercándose y rodeándome los hombros con su brazo, todavía con el velo echado hacia atrás—. Bianca era la más brillante de nuestra clase, ¿sabéis? Siempre encontraba el detalle que todos los demás pasábamos por alto. Me alegra tanto que el destino te haya traído hoy aquí.
​—Yo también, Giulia —susurré, apretándole la mano—. No sabía cuánto necesitaba esto. Necesitaba recordar que el mundo no es solo gris y negro.
​—Bueno, pues si quieres color, ¡tienes que bailar! —exclamó un primo de la novia, un joven llamado Roberto que no dejaba de sonreírme—. Vamos, Bianca, una tarantela más no matará a nadie. ¡Incluso tu marido parece estar disfrutando de la vista desde aquel rincón!
​Miré hacia donde Roberto señalaba. Alessandro estaba allí, rígido como una estatua, con un vaso de whisky que parecía estar a punto de estallar entre sus dedos. Su mirada no era la de un invitado, sino la de un cazador observando a su presa desde la maleza. Intenté ignorarlo. Intenté seguir la conversación, pero el frío de su presencia cruzaba todo el jardín hasta alcanzarme.
​—¿Pasa algo? —preguntó Roberto, notando mi distracción.
​—No, nada. Solo... —empecé a decir, pero el sonido de unos pasos decididos sobre la grava interrumpió mis palabras. El aire pareció enfriarse de golpe.
​—Se acabó la diversión, Bianca —la voz de Alessandro cortó la risa de la mesa como una guillotina. Se plantó detrás de mí, su sombra cubriéndome por completo.
​—Alessandro, por favor, estamos en medio de una anécdota —dije, tratando de mantener la compostura, aunque sentí cómo mi corazón empezaba a galopar de puro nerviosismo—. Siéntate un momento, la tía Rosa te estaba guardando un plato.
​—No tengo hambre de dulces —siseó él, inclinándose hacia mí. Su aliento olía a whisky y a una rabia contenida que me erizó el vello de la nuca—. Y tú ya has bebido y reído más de lo que la decencia permite. Despídete. Ahora mismo.
​—¡Pero Ale! —exclamó Giulia, intentando intervenir—. ¡Si no hemos cortado la tarta! Bianca es mi amiga, déjala quedarse un poco más.
​Alessandro ni siquiera la miró. Su fijación estaba exclusivamente en mí, en la forma en que yo le sostenía la mirada.
—Treinta segundos, Bianca. Te espero en la puerta del coche. Si tengo que volver a entrar a por ti, no será para pedirte que te despidas, sino para sacarte de aquí delante de todos tus "nuevos amigos". ¿Fui claro?
​Me quedé allí, congelada por la humillación, viendo cómo se daba la vuelta y se marchaba con esa zancada poderosa que gritaba peligro. Mis manos temblaban mientras dejaba la copa sobre la mesa.

ALESSANDRO

​Había llegado a mi límite. Verla allí, rodeada de esa gente, riendo como si no tuviera una preocupación en el mundo, me estaba volviendo loco. No era solo el hecho de que estuviera feliz; era el hecho de que estaba feliz sin mí. Cada vez que Roberto le tocaba el hombro para enfatizar una broma, o cada vez que aquel oficial de policía se inclinaba hacia ella, sentía un impulso violento de sacar mi arma y recordarles a todos quién era el dueño de esa mujer.
​Caminé hacia la salida del jardín, con la sangre hirviendo. Mateo me interceptó cerca de la puerta.
—¿Qué haces, Ale? La gente se está dando cuenta. Estás quedando como un tiránico delante de las familias.
​—¡Me importa un bardo lo que piensen las familias! —le espeté, deteniéndome en seco—. ¿No la has visto? Estaba olvidando quién es. Estaba olvidando que es una Valenti y que está aquí porque yo lo permito. Ha estado bailando con desconocidos, dejando que la toquen, que le susurren…
​—Solo estaban celebrando una boda, Alessandro. No seas paranoico.
​—No es paranoia, es control —rugí—. Y lo he perdido por completo en las últimas tres horas. No voy a permitir que saboree esa libertad y que mañana, cuando regresemos al penthouse, me mire con más odio porque echa de menos la risa de un primo de pueblo.
​Me planté junto al coche, apretando los puños. Cuando vi aparecer a Bianca por el sendero, su silueta recortada por las luces de la fiesta, mi rabia se mezcló con un deseo oscuro y posesivo. Venía con el rostro encendido por la indignación, caminando rápido, casi huyendo de la escena que yo había creado.
​—¡Eres un monstruo! —gritó ella en cuanto estuvo lo suficientemente cerca, ignorando a los conductores que esperaban—. ¡Me has avergonzado delante de todo el mundo! ¿Tanto te duele que alguien me trate como a un ser humano y no como a un prisionero?
​—¡Sube al maldito coche, Bianca! —ordené, abriendo la puerta de un golpe que hizo vibrar el metal—. No voy a discutir esto en público.
​—¡No voy a subir hasta que me expliques por qué! —se plantó frente a mí, con los ojos verdes echando chispas—. ¿Qué te molestaba? ¿Que hablara? ¿Que me riera? ¿O es que te molesta que Giulia me recordara que hay vida más allá de tus paredes de mármol?
​La tomé por los brazos, atrayéndola hacia mi cuerpo con una brusquedad que la dejó sin aire.
—Me molesta que te olvides de quién eres. Me molesta que te olvides de que eres mi mujer y de que cada risa que sale de tu boca debería ser para mí, no para alimentar el ego de cualquier imbécil que se te acerque. No soporto que te miren, Bianca. No soporto que piensen que tienen una oportunidad de tocar lo que es mío.
​—¡No soy un objeto, Alessandro! —sollozó ella, aunque no apartó la mirada—. ¡Soy una persona! Y hoy me he dado cuenta de que lo único que te importa es tenerme bajo tu bota. No me quieres, solo quieres poseerme para que nadie más pueda tenerme.
​—Quizás tengas razón —siseé, empujándola suavemente hacia el interior del coche y cerrando la puerta tras ella para que no pudiera escapar—. Pero hoy te vuelves a casa conmigo. Y si tengo que quemar todos los puentes que te unen a tu antigua vida para que solo me veas a mí, lo haré.
​Subí al asiento del conductor y arranqué el motor con un rugido, dejando atrás las luces de la boda y el último rastro de paz. El silencio en el coche era una guerra declarada, y mientras mis manos apretaban el volante, supe que esta noche los celos se transformarían en algo mucho más peligroso.




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