Imperio de cenizas

24 En las garras del monstruo

BIANCA

​El trayecto de regreso fue un descenso a los infiernos. Alessandro conducía de forma errática, con la mandíbula tan apretada que parecía que sus dientes iban a estallar. Yo me mantenía pegada a la puerta del copiloto, mirando por la ventana cómo las luces de la ciudad se difuminaban en un rastro borroso, igual que se había difuminado mi alegría de hace apenas una hora.
​En cuanto entramos en el penthouse, el silencio se rompió con el estruendo de la puerta principal al cerrarse. Me giré hacia él, con el corazón martilleando contra mis costillas, lista para la batalla.
​—¡Eres un animal, Alessandro! —le grité, tirando mi bolso sobre el sofá—. ¡Has destruido la única noche en la que me sentía viva! ¿Qué es lo que tanto te asustaba? ¿Que alguien viera que no soy un fantasma? ¿Que me diera cuenta de que el mundo sigue girando aunque tú no estés moviendo los hilos?
​—¡Lo que me asusta es que te olvides de quién eres! —rugió él, caminando hacia mí con una energía violenta que me obligó a retroceder hasta que mis piernas chocaron con la mesa del comedor—. Te vi allí, Bianca. Te vi sonreírles a todos, tocando el brazo de ese estúpido policía, riendo con tipos que no tienen ni idea de lo que significa proteger a alguien. Parecías tan... tan desesperada por escapar de mí.
​—¡No escapaba de ti, Alessandro! Escapaba de la asfixia. Escapaba de la mirada de Isabella, de tus órdenes y de esta prisión de oro. ¿Tanto te dolió verme feliz? ¿Es eso? ¿Te duele que tu "trofeo" tenga sentimientos propios?
​Me acerqué a él, desafiante, a pesar de que su tamaño me intimidaba.
—Dime la verdad. No eran celos por ese chico o por Roberto. Eran celos de mi libertad. No soportas que pueda ser feliz sin que tú seas la razón.

ALESSANDRO

​Sus palabras me cortaban más que cualquier cuchillo de los Valenti. La vi allí de pie, con el vestido que yo mismo le había comprado, con los labios que yo había besado, diciéndome en la cara la verdad que yo más temía. Mi rabia, que hasta ahora había sido un incendio incontrolable, se transformó de repente en una amargura fría y sofocante.
​—¿Crees que me gusta ser así? —mi voz bajó de tono, volviéndose ronca y peligrosa—. ¿Crees que me gusta estar en esa fiesta contando los segundos para que dejes de tocar a otros hombres?
​La rodeé, acorralándola contra la mesa, apoyando mis manos a ambos lados de su cuerpo para que no pudiera huir. Mi rostro estaba a milímetros del suyo, y podía ver el rastro de sus lágrimas y el fuego de su indignación.
​—Tienes razón, Bianca. Me aterra. Me aterra que salgas ahí fuera y te des cuenta de que cualquier vida es mejor que la que yo puedo ofrecerte. Me muero por dentro cada vez que sonríes a un extraño, porque sé que esa sonrisa es pura, es real... y sé que conmigo siempre será forzada, o nacida del miedo, o de una tregua temporal.
​La tomé por la nuca con una mano, obligándola a mirarme de frente, aunque mi tacto era ahora más desesperado que agresivo.
​—Sé lo que soy. Soy el hombre que te compró, el que dejó morir a tu hermano, el que tiene una cicatriz de tu padre en el pecho. Y me vuelve loco saber que ese primo de pueblo o ese oficial de pacotilla pueden hacerte reír en cinco minutos más de lo que yo he logrado en meses. Tengo miedo, Bianca. Tengo un miedo atroz de que un día abras los ojos y te des cuenta de que soy el único en este mundo que nunca podrá hacerte feliz. Porque no sé cómo hacerlo sin destruirte en el proceso.
​El silencio que siguió fue absoluto. Sus ojos verdes se abrieron de par en par, y por primera vez, el odio que había en ellos fue sustituido por una confusión dolorosa. Le acababa de entregar mi mayor debilidad, la única arma que podía usar para destruirme de verdad.
​—Alessandro... —susurró ella, y su mano subió tímidamente hacia mi pecho, justo donde latía mi corazón desbocado.
​—No me pidas que cambie, porque no sé cómo —continué, hundiendo mi frente contra la suya—. Solo sé que si te pierdo, si dejas de mirarme, aunque sea con odio, no me quedará nada. Mi venganza no vale nada si tú no estás aquí para ver cómo la ejecuto. Soy un egoísta, sí. Pero soy un egoísta que se está ahogando porque eres lo único que me mantiene a flote.
​La besé entonces, pero no fue un beso de posesión, sino un beso de súplica. Un beso cargado de toda la frustración, el miedo y la obsesión que me consumían. Quería borrar el recuerdo de la boda, de las risas y de los otros hombres, y recordarle que, para bien o para mal, nuestras almas estaban encadenadas en la misma oscuridad.




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