Imperio de cenizas

25 El rescate a media noche

​_**BIANCA**_

​La noche se sentía suspendida en un vacío de terciopelo. En la penumbra de la habitación, el aire aún vibraba con las palabras que Alessandro me había confesado; esa vulnerabilidad tan cruda que me había dejado desarmada. No había rastro del hombre que gritaba en el coche o del jefe que me arrastraba de la boda. Solo estábamos nosotros dos, piel contra piel, en una entrega que se sintió como una conversación silenciosa.
​—Alessandro… mírame —susurré, acariciando su rostro mientras recuperábamos el aliento. Sus ojos negros, usualmente tan impenetrables, estaban fijos en los míos con una devoción que me asustaba—. Lo que pasó en la fiesta… los celos… no necesitas ser un monstruo para mantenerme aquí. Hoy, por un momento, me sentí libre, pero regresé contigo. Elegí subir a ese coche.
​—No sé si fue una elección, Bianca, o si simplemente no tenías otra opción —respondió él, besando la palma de mi mano—. Eso es lo que me quita el sueño. Que estés a mi lado porque las paredes son demasiado altas, y no porque el hombre que habita en ellas sea suficiente para ti.
​—A veces las paredes son lo de menos —le dije, acercándome para besar la cicatriz de su pecho, ese mapa de dolor que tanto lo definía—. Esta noche no hay muros. Solo estamos tú y yo.
​Nos quedamos dormidos entrelazados, en una tregua que parecía sagrada. Pero la paz en el mundo de los Moretti es un cristal demasiado fino. Eran cerca de las cuatro de la madrugada cuando el cristal estalló. Un sonido seco, el pop de un silenciador, seguido de un grito ahogado en el pasillo, me sacó del sueño.
​—¡Alessandro! —exclamé, incorporándome de golpe.
​Él ya estaba de pie, con la pistola en la mano y la mirada de acero recuperada. Pero antes de que pudiera reaccionar, la puerta estalló hacia adentro. Mateo entró tambaleándose, con una mano apretando su hombro, de donde brotaba una sangre oscura que empapaba su camisa.
​—¡Ale, son los mercenarios de Adriano! ¡Han entrado por el sótano, vienen a por ella! —gritó Mateo antes de desplomarse sobre una rodilla, disparando hacia el pasillo para cubrir la entrada.
​De repente, una sombra se lanzó desde el balcón. Un hombre corpulento, con el rostro cubierto, me agarró por el brazo con una fuerza que me hizo gritar de dolor. Intenté zafarme, arañando su rostro, pero el hombre me rodeó el cuello con su brazo.
​—¡Suéltala, maldito bastardo! —rugió Alessandro, pero el intruso me usó como escudo.
​—¡Si disparas, Moretti, ella muere primero! —gritó el hombre. En un movimiento rápido, me propinó un golpe brutal con la culata del arma en el pómulo. Sentí un estallido de luz blanca tras mis ojos y el sabor metálico de la sangre llenó mi boca. Caí al suelo, aturdida, viendo cómo el mundo se volvía borroso.

​_**ALESSANDRO**_

​El sonido del impacto de la pistola contra la piel de Bianca fue como si me hubieran arrancado el corazón del pecho. Verla caer, con el labio partido y la mirada perdida, desató en mí una furia que no conocía límites. Ya no era una guerra de clanes; era algo personal, algo visceral.
​—Has cometido el último error de tu vida —siseé.
​No esperé a que recuperara la posición. Me lancé hacia adelante ignorando el peligro, disparando con una precisión quirúrgica. La primera bala le atravesó el hombro, obligándolo a soltar el arma; la segunda le dio en el estómago, y cuando cayó de rodillas, me acerqué lo suficiente para poner el cañón de mi Beretta contra su frente.
​—Nadie. Toca. A mi mujer —sentencié antes de apretar el gatillo.
​El pasillo era un caos de disparos. Marco y el resto del equipo de seguridad entraron barriendo la planta, eliminando a los dos intrusos restantes que intentaban flanquearnos. El olor a pólvora y sangre inundaba la habitación que hace una hora era nuestro refugio.
​—¡Mateo! ¡Aguanta, joder! —grité, viendo a mi amigo palidecer en el suelo—. ¡Marco, saca a Mateo de aquí y traed al médico ahora mismo!
​Me desplomé junto a Bianca, tomándola en mis brazos con una desesperación que me quemaba. Estaba temblando, con la mano en su mejilla herida.
​—Bianca, mírame. Estás a salvo. Estoy aquí —le dije, limpiando la sangre de su labio con mi pulgar. Mi voz, usualmente firme, vibraba de puro terror.
​—¿Mateo…? —susurró ella, intentando enfocar la vista—. Alessandro, le han dado… intentó defenderme…
​—Él estará bien, es un tipo duro. Escúchame, Bianca, mírame a mí —la obligué a fijar sus ojos verdes en los míos—. No voy a permitir que esto pase de nuevo. Quienquiera que haya enviado a estos perros, va a desear no haber nacido nunca. Voy a quemar cada rincón de esta ciudad si es necesario hasta encontrar al responsable.
​—Parecía que sabían a dónde ir… —dijo ella, apoyando su cabeza en mi hombro mientras los sollozos empezaban a brotar—. No hay lugar seguro, ¿verdad? Ni siquiera tus brazos.
​Esa frase me dolió más que la herida de mi costado. La estreché contra mí mientras mis hombres terminaban de despejar la casa. Miré hacia la puerta, donde Isabella observaba la escena con una expresión indescifrable. Algo en este ataque no encajaba. La seguridad del ático era infalible, a menos que alguien hubiera dado los códigos desde dentro. Mientras acariciaba el cabello de Bianca, hice una promesa silenciosa: si descubría que la traición venía de mi propia sangre, no habría piedad, ni siquiera para los Moretti.




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