Imperio de cenizas

26 Heridas abiertas

​_**ALESSANDRO**_

​El ático olía a muerte y a pólvora quemada. Mientras los médicos se llevaban a Mateo en una camilla y Marco coordinaba la retirada de los cuerpos, yo permanecía de pie en medio de nuestra habitación, observando las manchas de sangre sobre la alfombra. El silencio que siguió a la batalla era más pesado que el estruendo de las balas.
​Bianca estaba sentada en el borde de la cama, envuelta en una manta. Tenía la mejilla derecha amoratada y el labio partido, pero lo que más me dolía era la mirada de vacío que proyectaba hacia el suelo. Me acerqué para consolarla, para decirle que la pesadilla había terminado, pero algo en la mesita de noche atrajo mi atención.
​Entre su libro de historia y una lámpara volcada, brillaba la pantalla de un teléfono satelital que no pertenecía a nadie de esta casa.
​—¿Qué es esto? —pregunté, mi voz volviéndose gélida en un instante.
​Alargué la mano y tomé el dispositivo. No tenía bloqueo. Al abrir la pantalla de mensajes, sentí como si me hubieran inyectado hielo en las venas. Allí estaban: los códigos de seguridad del garaje, los horarios de los relevos de los guardias y un mensaje enviado hacía apenas tres horas: “La puerta está abierta. Lleváosla antes del alba”.
​—Alessandro, ¿qué pasa? —preguntó Bianca, levantando la vista, confundida por mi cambio de tono.
​—¿Cómo ha llegado esto aquí, Bianca? —le mostré el teléfono, mi mano temblando de una furia que luchaba por no estallar—. Son los códigos de mi casa. Los códigos que solo yo, Mateo e Isabella conocemos. Y están en tu mesilla.
​—¿De qué estás hablando? Yo no he visto ese teléfono en mi vida —ella se puso de pie, la manta resbalando de sus hombros. Su rostro, ya herido, se contrajo por el miedo—. Alessandro, mírame. He estado contigo toda la noche. ¿Cómo iba a hacer algo así?
​—Pasaste la tarde en la boda hablando con "viejos amigos" —siseé, dando un paso hacia ella, sintiendo cómo la traición me quemaba las entrañas—. Te quejaste de que esta era tu prisión. Dijiste que querías escapar de mi sombra. ¿Es así como pensabas hacerlo? ¿Entregándome a los mercenarios de Adriano a cambio de tu libertad?

​_**BIANCA**_

​No podía creer lo que estaba escuchando. El hombre que hace unas horas me juraba amor y vulnerabilidad ahora me miraba con un odio que me cortaba la respiración. El dolor de mi mejilla no era nada comparado con el vacío que sentí en el pecho al ver que, a la primera señal de duda, él volvía a ser el verdugo.
​—¡Me golpearon, Alessandro! —grité, señalando mi rostro herido—. ¡Casi me llevan a rastras! ¿Crees que soy tan buena actriz como para dejar que me rompan la cara solo para disimular? ¡Mateo está herido por defenderme!
​—¡Es la coartada perfecta! —rugió él, golpeando la pared con el puño—. Un ataque real para que yo nunca sospechara de ti. Adriano te quería, Bianca. Siempre te ha querido. ¿Qué te prometió? ¿Una vida normal lejos de los Moretti? ¿Una vida donde pudieras reír con tus amigos sin que yo te vigilara?
​—¡Eres un paranoico! —las lágrimas de rabia empezaron a caer por mis mejillas—. Alguien ha puesto ese teléfono ahí. Alguien que sabía exactamente cómo rompernos. ¿No lo ves? Isabella te lo dijo en la comida: "Ella es el enemigo". Alguien ha jugado contigo y estás cayendo de cabeza en su trampa.
​—Nadie entra en este dormitorio sin que yo lo sepa, Bianca. Nadie excepto tú —Alessandro guardó el teléfono en su bolsillo y me miró con una frialdad que me indicó que la tregua había muerto definitivamente—. Pensé que anoche habíamos cambiado algo. Pensé que por fin me veías a mí. Pero sigues siendo una Valenti. Siempre serás una Valenti, buscando la forma de clavarme el puñal por la espalda mientras me besas.
​—Si de verdad crees eso… si después de todo lo que hemos pasado, crees que soy capaz de vender tu vida y la de Mateo… entonces es que nunca me has conocido —dije con la voz quebrada por la decepción—. Adelante, vuelve a encerrarme. Vuelve a tratarme como a tu prisionera. Pero recuerda una cosa: el traidor sigue en esta casa, y mientras me culpas a mí, él se está riendo de tu estupidez.
​Alessandro no respondió. Se dio la vuelta y salió de la habitación, ordenando a dos guardias que se apostaran en la puerta y que no me permitieran salir bajo ninguna circunstancia. Me desplomé en la cama, rodeada por el olor a pólvora, dándome cuenta de que la sombra de la venganza era mucho más oscura que el amor que habíamos intentado construir.




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