_**BIANCA**_
Las horas en la habitación se sentían como siglos. El penthouse, que por una noche había sido un hogar, volvía a ser una celda de cristal custodiada por hombres armados que no se atrevían a mirarme a los ojos. Me dolía la mejilla, me dolía el labio, pero nada se comparaba con la náusea que sentía al recordar la mirada de Alessandro cuando encontró aquel teléfono. La forma en que el amor se evaporó de sus ojos para ser sustituido por esa desconfianza asesina me había roto algo por dentro que no estaba segura de poder reparar.
Escuché el sonido de la cerradura y la puerta se abrió pesadamente. No era Alessandro. Era Mateo. Caminaba con dificultad, con el brazo en un cabestrillo y el rostro pálido, pero sus ojos mantenían esa lucidez tranquila de siempre.
—Los guardias me han dejado pasar porque creen que vengo a interrogarte —dijo Mateo, cerrando la puerta tras de sí y sentándose con cuidado en el sillón frente a la cama—. Pero ambos sabemos que no es así.
—¿Cómo estás, Mateo? —pregunté, mi voz apenas un hilo—. Casi mueres por mi culpa.
—Casi muero haciendo mi trabajo, Bianca. No te culpes por las balas de otros —respondió él seriamente—. He visto el informe de Alessandro. He visto el teléfono. Él está ciego de rabia, Bianca. Su pasado no le deja ver el presente, pero yo estaba allí. Vi cómo ese hombre te golpeó. Vi el terror en tus ojos. Un traidor no mira así a sus cómplices. Yo te creo.
Un sollozo escapó de mi garganta antes de que pudiera evitarlo. Que el hombre más leal a Alessandro me creyera era el único alivio que había sentido en horas.
—Gracias, Mateo. Al menos alguien en esta casa conserva el juicio.
—Escúchame bien —continuó él, inclinándose hacia delante—. Alessandro es un hombre difícil, pero no es idiota. Si logramos demostrar quién puso ese teléfono ahí, si encontramos el rastro de quién filtró los códigos, él entrará en razón. Necesito que me ayudes a reconstruir la tarde de ayer. Necesito que me des algo para demostrarle que no fuiste tú.
Me limpié las lágrimas con el dorso de la mano y miré a Mateo con una frialdad que nació de la pura decepción. La ternura de la noche anterior se sentía ahora como una burla cruel.
—No voy a demostrarle nada, Mateo —sentencié, y mi voz sonó más firme de lo que esperaba.
Mateo frunció el ceño, confundido.
—Bianca, si no lo haces, te mantendrá encerrada o algo peor. Sabes cómo funciona esto. Si no limpiamos tu nombre, esta sospecha te perseguirá siempre.
—Que me persiga —respondí, levantándome de la cama para mirarlo de frente—. Si después de todo lo que hemos pasado, si después de haberme entregado a él como no lo hice con nadie, Alessandro es capaz de creer que yo vendería su vida y la tuya por un pasaporte de Adriano, entonces es que no me conoce en absoluto. Y lo que es peor… es que no me ama.
—Bianca, no seas orgullosa. El amor en nuestro mundo es una debilidad que se traduce en paranoia —intentó razonar Mateo—. Él solo está protegiendo el clan.
—No me hables de su clan, Mateo. Me habló de su alma. Me dijo que tenía miedo de no hacerme feliz, y yo le abrí mi corazón. El amor es confianza, y él la ha quemado en un segundo por un teléfono que cualquiera pudo dejar ahí. No voy a mendigar su perdón por un crimen que no cometí. Si él quiere creer que soy una traidora, que lo crea. Eso le dolerá más a él que a mí, porque tendrá que vivir sabiendo que destruyó lo único real que tenía por un fantasma de su pasado.
Me acerqué a la ventana, dándole la espalda.
—Dile que puede dejarme aquí hasta que se pudran las paredes. No moveré un dedo para convencerlo. Si su amor es tan frágil que un teléfono plantado lo rompe, entonces no vale la pena luchar por él.
Mateo suspiró, un sonido lleno de frustración y lástima. Se levantó con esfuerzo, dándose cuenta de que mi decisión era inamovible.
—Eres tan terca como él, Bianca. El problema es que, en esta casa, la terquedad suele terminar en tragedia. Voy a investigar por mi cuenta, aunque tú no quieras. Porque si no lo hago, ambos os vais a destruir el uno al otro antes de que los enemigos lleguen a la puerta.
Se marchó en silencio, dejándome sola con mi orgullo y mi corazón roto. Sabía que Alessandro estaba al otro lado de esas paredes, debatiéndose entre su odio heredado y lo que sentía por mí. Pero yo ya no iba a ser su balsa. Si quería salvarse, tendría que aprender a confiar sin pruebas, o hundirse en la soledad de su desconfianza.
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Editado: 22.01.2026