**_ALESSANDRO_**
El despacho estaba sumido en una penumbra asfixiante. El teléfono satelital seguía sobre mi escritorio, una prueba silenciosa que gritaba traición. No había dormido. Cada vez que cerraba los ojos, veía a Bianca riendo en la boda y luego, esa misma noche, la veía sangrando en mis brazos. La contradicción me estaba volviendo loco.
La puerta se abrió y Mateo entró con paso lento. Se veía demacrado, pero sus ojos estaban fijos en mí con una severidad que pocas veces se permitía.
—He hablado con ella —dijo Mateo, sentándose pesadamente—. No quiere defenderse, Ale. Dice que si necesitas pruebas para creer en ella, entonces todo lo que pasó entre vosotros no vale nada.
—¿Y qué esperas que haga, Mateo? —exploté, golpeando la mesa—. ¡El teléfono estaba en su mesilla! Los códigos de seguridad de esta casa son sagrados. Ella es una Valenti. Su padre la educó para ser un arma, y yo caí como un estúpido.
—Alessandro, mírame —Mateo se inclinó hacia delante, ignorando el dolor de su herida—. He servido a tu familia toda mi vida. He visto traiciones reales. Bianca no es una de ellas. La golpearon con saña, Ale. Casi la matan frente a mis ojos. Ningún traidor se arriesga así por una coartada. Alguien la está incriminando y tú le estás haciendo el trabajo sucio.
—¡Las pruebas dicen lo contrario! —gruñí, aunque en mi pecho, una parte de mí deseaba desesperadamente que Mateo tuviera razón.
_**BIANCA**_
Estaba sentada en el suelo, junto al ventanal, abrazando mis rodillas. El dolor físico de mi mejilla era un latido constante, pero el vacío en mi pecho era mucho peor. Escuché que la puerta se abría con violencia. Esperaba a Alessandro, quizás con más acusaciones o con el frío silencio de los últimos días.
Pero fue Isabella quien entró. Su rostro estaba desencajado por una furia contenida que finalmente estalló al verme.
—¡Maldita zorra! —gritó, cruzando la habitación en dos zancadas.
Antes de que pudiera reaccionar o levantarme, Isabella descargó toda su fuerza en una bofetada que impactó exactamente sobre mi mejilla herida. El golpe me hizo caer de lado contra el suelo, y el dolor fue tan agudo que vi destellos negros.
—¡Has traicionado a esta familia! —bramó ella, inclinándose sobre mí, con los ojos inyectados en odio—. ¡Mateo casi muere por tu culpa! ¡Alessandro ha puesto su vida en peligro por una rata como tú! ¡Eres igual que tu padre, una serpiente que solo sabe morder la mano que la alimenta!
—¡Yo no hice nada! —grité desde el suelo, intentando cubrirme el rostro—. ¡Tú más que nadie sabes lo que es el odio, Isabella, no me culpes de tus propias pesadillas!
Isabella me agarró del cabello, obligándome a levantar la cabeza.
—No volverás a ponerle la mano encima a Alessandro. No permitiré que destruyas lo que nos queda por un capricho de cama. ¡Deberías estar muerta junto con los perros que enviaste!
—¡BASTA! —la voz de Alessandro resonó en la habitación como un trueno.
Él estaba en el umbral, con Mateo justo detrás. Isabella me soltó el cabello de golpe, recuperando la compostura con una velocidad aterradora, aunque sus ojos seguían echando chispas. Yo me quedé en el suelo, con la mano en la mejilla, temblando de rabia y de dolor.
—Alessandro, esta mujer nos va a matar a todos —dijo Isabella, señalándome con un dedo acusador—. Solo le estaba recordando cuál es su lugar ahora que sabemos lo que es.
Alessandro caminó hacia el centro de la habitación. Me miró por un segundo, viéndome allí tirada, vulnerable y golpeada de nuevo, pero no hizo amago de ayudarme a levantar. Sus ojos eran dos pozos de indiferencia fingida.
—Sal de aquí, Isabella —ordenó con voz monótona.
—¿Vas a dejar que te siga engañando? —insistió ella—. ¡Mira el daño que ha causado!
—He dicho que salgas. Ahora —su tono no admitía réplicas.
Isabella me dedicó una última mirada de triunfo y salió de la habitación, seguida por un Mateo que me miraba con una tristeza infinita. Me quedé a solas con Alessandro. El silencio era insoportable. Me levanté por mis propios medios, apoyándome en la pared, sintiendo cómo el orgullo me mantenía en pie a pesar de que las piernas me fallaban.
—¿No vas a decir nada? —pregunté con la voz quebrada—. ¿Vas a dejar que tu familia entre aquí a golpearme por algo que no he hecho?
Alessandro dio un paso hacia atrás, manteniendo una distancia física que dolía más que la bofetada de Isabella.
—Has traído el caos a esta casa, Bianca. Hasta que no sepa la verdad, no puedo detener a mi gente. Tienen motivos para odiarte, y yo… yo no tengo motivos para defenderte.
—Entonces ya está —dije, limpiándome la sangre del labio con un gesto desafiante—. Si el hombre que durmió conmigo hace dos noches no es capaz de ver que esto es una trampa, es que nunca hubo nada que defender. Vete, Alessandro. Vuelve a tus sombras. Al menos allí nadie te pedirá que seas valiente.
Él no respondió. Se dio la vuelta y cerró la puerta tras de sí, dejándome de nuevo en la oscuridad de mi celda, sabiendo que mientras él no hiciera nada, yo ya lo había perdido para siempre.
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Editado: 22.01.2026