BIANCA
El vestido de seda roja que Alessandro me había obligado a usar se sentía como una quemadura sobre mi piel. Me miraba en los espejos dorados del Gran Salón y no reconocía a la mujer que me devolvía la mirada; solo veía a una muñeca rota, maquillada con maestría para ocultar el rastro de la violencia de Isabella y la desolación de mi propia alma. El aire del evento benéfico era denso, saturado de perfumes caros y una hipocresía que me asfixiaba.
—Deja de apretar la mandíbula, Bianca —me susurró Alessandro al oído, su mano presionando mi cintura con una fuerza que pretendía ser protectora pero que yo sentía como un grillete—. La gente está mirando.
—Que miren, Alessandro. Que vean lo que has hecho de mí —respondí con una voz que era apenas un susurro cargado de veneno—. Una Valenti en la jaula de un Moretti. Es el espectáculo que todos han venido a ver, ¿no?
No tuvo tiempo de contestar. Una mujer se abrió paso entre la multitud con la confianza de quien se sabe dueña del territorio. Vanessa Conti era la personificación de todo lo que yo nunca sería para Alessandro: una mujer de su mundo, una cómplice de su oscuridad.
—Alessandro… —su voz era una nota baja, cargada de una intimidad que me hizo encoger el estómago—. Sabía que la tragedia te sentaría bien, pero esto es impresionante.
—Vanessa —dijo él. Su cuerpo, que antes estaba tenso junto al mío, pareció relajarse de una forma que me dolió más que cualquier golpe—. No sabía que habías regresado de Londres.
—Regresé en cuanto supe que habías tenido… dificultades domésticas —ella deslizó su mirada hacia mí, deteniéndose deliberadamente en el ligero relieve de mi mejilla maquillada—. Así que esta es la chica. Un poco frágil para un hombre como tú, ¿no crees?
No pude soportarlo más. El balcón estaba a pocos metros y salí hacia allí buscando oxígeno, sintiendo que mis pulmones se cerraban. Alessandro me siguió segundos después, cerrando las puertas de cristal tras de sí.
—Dímelo ahora mismo —solté, girándome hacia él con los ojos ardiendo. El viento frío del parque azotaba mi cabello, pero yo sentía que me quemaba por dentro—. No me trates como a una idiota. Esa mujer te toca como si conociera cada centímetro de tu cuerpo. ¿Quién es ella?
Alessandro se apoyó en la barandilla, mirando hacia la oscuridad con una indiferencia que me desgarraba el alma.
—Vanessa fue mi amante durante tres años, Bianca. Mucho antes de que tú fueras siquiera un nombre en mi lista de problemas. Su familia y la mía han compartido sangre y negocios desde que éramos niños.
—¿Y por qué me lo dices así? ¿Con esa frialdad? —di un paso hacia él, sintiendo la pesadez de mi alma como un lastre físico—. Me has tenido encerrada, me has acusado de traición, me has dejado a merced de los golpes de tu familia… ¿y ahora me traes aquí para que vea cómo te consuela tu pasado?
—Ella entiende la lealtad, Bianca. Algo que tú todavía no has demostrado conocer —dijo él, volviéndose hacia mí con una mirada de hielo—. Vanessa no necesita que le explique las reglas de este mundo. Ella no me vendería por un pasaporte.
—¡Yo no te vendí! —grité, y mi voz se quebró en un sollozo seco que no llegó a salir—. Te entregué todo lo que era. Me abrí a ti en esa cama de una forma que me aterra recordar ahora. ¿Y esto es lo que valgo para ti? ¿Un reemplazo elegante que sí "entiende las reglas"? Mi alma está rota, Alessandro, y tú te dedicas a pisotear los pedazos frente a tus amigos.
ALESSANDRO
Escucharla decir que su alma estaba rota me provocó un pinchazo de duda, pero la imagen del teléfono en su mesilla volvió a mi mente, borrando cualquier rastro de compasión. Regresamos al salón y la noche se convirtió en una tortura de silencios y gestos calculados. Me senté a la mesa con Bianca a un lado y Vanessa al otro.
—¿Recuerdas aquel verano en Sicilia, Alessandro? —preguntaba Vanessa, inclinándose hacia mí, dejando que su perfume, ese aroma a sándalo que conocía tan bien, me rodeara—. Tu padre decía que éramos el futuro del clan.
—Lo recuerdo —respondí, sintiendo la mirada fija y herida de Bianca sobre mí.
Durante toda la cena, permití que Vanessa me tocara el brazo, que me susurrara confidencias al oído, que jugara con el borde de mi copa. Cada vez que lo hacía, miraba a Bianca. Quería ver su reacción. Quería ver si el dolor la obligaba a confesar, o si su orgullo la mantendría en silencio. La vi beber una copa tras otra, con la mirada perdida en el centro de la mesa, su presencia volviéndose cada vez más pequeña, más ausente, como si se estuviera desvaneciendo frente a mis ojos.
—Alessandro, creo que tu esposa no se encuentra bien —dijo Vanessa con una falsa preocupación que goteaba veneno—. Tiene esa mirada de los Valenti… como si estuviera planeando su próxima huida.
Miré a Bianca. Estaba pálida, con los hombros caídos y una expresión de derrota tan absoluta que, por un momento, la culpabilidad me atenazó la garganta. Pero la aparté.
—Tienes razón, Vanessa. Este no es lugar para ella —dije, haciendo un gesto a Marco, que esperaba a unos metros—. Marco, llévate a Bianca al ático. Que los guardias no se aparten de su puerta.
—¿Te vas a quedar aquí con ella? —preguntó Bianca, y su voz sonó tan vacía, tan carente de esperanza, que sentí un escalofrío—. ¿Me mandas a mi celda para que puedas seguir recordando tu "lealtad" con ella?
—Tengo asuntos que cerrar con los Conti, Bianca. Asuntos que tú no entenderías —respondí sin mirarla, endureciendo mi corazón—. Vete a casa. Ahora.
—No me mandas a casa, Alessandro. Me mandas al vacío —dijo ella, levantándose con una lentitud penosa. Sus ojos verdes, que una vez brillaron de desafío, estaban apagados, como si la luz se hubiera ido para siempre—. Quédate con tu pasado. Quédate con tus sospechas. Solo espero que cuando descubras la verdad, no sea demasiado tarde para darte cuenta de que lo que has destruido esta noche no se puede reconstruir con diamantes ni con disculpas.
La vi alejarse con Marco, una figura roja y solitaria cruzando el salón lleno de gente que se reía de ella por lo bajo. Me quedé allí, con Vanessa acariciándome la mano, sintiendo que el triunfo de mi autoridad sabía a ceniza y que, al mandarla lejos, quizás había terminado de romper la única cosa pura que alguna vez había entrado en mi vida.
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Editado: 22.01.2026