Imperio de cenizas

30 Punto y aparte

BIANCA

​El silencio del ático era más ensordecedor que los gritos de la gala. Marco me había dejado en la puerta sin decir una palabra, pero su mirada cargada de lástima fue el último golpe que pude soportar. Entré en la habitación y no encendí las luces. Me quedé allí, de pie en la oscuridad, rodeada por el lujo que Alessandro me había impuesto y que ahora se sentía como una burla cruel.
​Me acerqué al espejo del tocador y, con manos temblorosas, empecé a quitarme las joyas. El collar de diamantes cayó sobre la madera con un sonido seco, como cadenas golpeando el suelo. Luego, con una toalla húmeda, empecé a restregarme el maquillaje. Tallé mi mejilla con fuerza, queriendo borrar no solo la base, sino el recuerdo de la mano de Isabella, el desprecio de Vanessa y, sobre todo, la mirada gélida de Alessandro.
​—¿Por qué sigo aquí? —me pregunté a mi propio reflejo, un fantasma pálido en la penumbra—. ¿Por qué permito que me desangre de esta manera?
​Me quité el vestido rojo, la prenda que él había elegido para exhibirme, y lo dejé hecho un montón en el suelo. Me puse un camisón de seda blanca y me senté en la cama a esperar. No sabía qué esperaba, quizás el final de todo, o simplemente que el peso de mi alma me consumiera por completo. Cada minuto que pasaba era una gota de esperanza que se evaporaba. "Se ha quedado con ella", pensaba. "Se ha quedado con la mujer que no le hace preguntas, con la que no le recuerda sus pecados".

ALESSANDRO

​Llegué al ático pasadas las tres de la madrugada. El alcohol no había servido para adormecer el rugido de mi conciencia; al contrario, parecía haberlo afilado. Cada risa de Vanessa me recordaba el silencio de Bianca. Cada caricia calculada de mi antigua amante me hacía extrañar la entrega genuina que Bianca me había dado y que yo había despreciado frente a todo Nueva York.
​Entré en el dormitorio esperando encontrar a Bianca dormida, o quizás llorando. Pero ella estaba sentada en el borde de la cama, inmóvil, mirando hacia la nada. No se movió cuando entré. No me miró.
​—Bianca —dije, mi voz sonando ronca por el whisky y la culpa.
​Ella no respondió. Me acerqué, sintiendo la distancia física y emocional como un abismo.
​—Bianca, mírame cuando te hablo. Sé que estás despierta.
​Ella giró la cabeza lentamente. Sus ojos estaban muertos. No había ni un rastro del fuego que solía encenderse cuando peleábamos.
​—¿Para qué, Alessandro? —su voz era un susurro monótono—. ¿Para que veas si todavía queda algo de mí que puedas romper? ¿O para comprobar si el maquillaje ha ocultado bien los restos de tu "protección"?
​—Estaba furioso —intenté justificarme, dando un paso hacia ella—. El teléfono, la seguridad de mis hombres, el ataque... No podía simplemente ignorarlo. Vanessa es alguien que entiende cómo funciona esto, ella solo...
​—Vanessa es el pasado que usas para no enfrentarte a tu presente —me interrumpió ella, levantándose con una lentitud que me asustó—. No me hables de seguridad. Me mandaste a casa con un guardia mientras tú te quedabas riendo con ella. Me humillaste frente a personas que ya me odian. Me hiciste sentir como una mancha que necesitabas limpiar de tu traje.
​—¡Lo hice porque no soportaba verte allí! —exploté, agarrándola de los brazos—. ¡No soportaba verte sonreír a otros mientras yo tenía ese maldito teléfono grabado en mi mente! Me vuelves loco, Bianca. Me haces dudar de mi propia sombra.
​—No, Alessandro —ella se soltó de mi agarre con una facilidad pasmosa, como si ya no le importara si la tocaba o no—. Lo hiciste porque eres un cobarde. Tienes miedo de que yo sea inocente. Tienes miedo de que, si yo no te traicioné, entonces el monstruo de esta historia seas tú y solo tú. Es más fácil creer que soy una espía que aceptar que te he amado de verdad y que me estás destruyendo por puro placer.
​—Yo no quería destruirte... —murmuré, mi defensa desmoronándose.
​—Pues lo has logrado. Ganas tú, Alessandro. Felicidades. Tienes a tu Valenti derrotada. Ya no voy a gritarte, ya no voy a pedirte que me creas, ya no voy a luchar por nosotros. Puedes traer a Vanessa aquí mañana mismo si quieres. Puedes dejar que Isabella me termine de matar. Ya no me queda nada por lo que pelear. Mi alma se quedó en ese salón de baile, viendo cómo me dabas la espalda.
​Se recostó en la cama, dándome la espalda, cerrando los ojos. Me quedé allí, de pie en medio de la habitación, rodeado por el rastro de su vestido rojo. Por primera vez en mi vida, el poder que tanto ansiaba se sentía como una condena a muerte.




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