Imperio de cenizas

31 Amistad

ALESSANDRO

​El sol de la mañana entraba hiriente por los ventanales del despacho, pero el ambiente seguía siendo de una oscuridad absoluta. Tenía el teléfono satelital frente a mí, como un animal muerto que se negaba a dar respuestas. Mateo estaba sentado al otro lado del escritorio, con el brazo aún en cabestrillo y el rostro tenso.
​—He revisado las cámaras del perímetro otra vez, Ale —dijo Mateo, pasando una mano por su rostro cansado—. El punto ciego del garaje sigue ahí. Quienquiera que entró, conocía el ángulo exacto para no ser captado. Y sobre el teléfono... no hay huellas. Está limpio como un quirófano.
​—Alguien en esta casa es un profesional —siseé, apretando los puños—. Alguien me está mirando a la cara todos los días mientras me apuñala por la espalda. ¿Cómo es posible que mi propia seguridad sea un colador?
​—No es un colador, es una traición interna, y lo sabes —respondió Mateo con firmeza—. Bianca no tiene los conocimientos técnicos para hackear las frecuencias de radio, Alessandro. Ella no pudo haber hecho esto sola. Pero las pruebas digitales simplemente han desaparecido. Borradas desde la terminal principal.
​—Solo tres personas tienen acceso a esa terminal, Mateo. Tú, yo e Isabella. ¿Me estás diciendo que una de mis manos derechas es un traidor?
​—Te estoy diciendo que busques al que más tiene que ganar con la caída de Bianca —dijo Mateo, levantándose con esfuerzo—. Sigo investigando los registros de llamadas de los guardias. Alguien tuvo que ver algo. No descansaré hasta que la verdad salga a la luz, aunque esa verdad duela más que el ataque.

BIANCA

​Estaba sentada en la pequeña terraza interior del ático, con una taza de té intacta entre las manos. Mi mente estaba en un limbo extraño; ya no sentía dolor, solo una fatiga existencial que me pesaba en los párpados. Entonces, el sonido de voces familiares rompió el silencio del pasillo.
​—¡Me importa un bardo quién haya dado la orden de no dejarla ver a nadie! —la voz de Elena resonó con fuerza—. ¡Soy su amiga y voy a pasar ahora mismo!
​La puerta se abrió y Elena entró como un torbellino, con el rostro encendido por la indignación. Detrás de ella, para mi sorpresa, apareció Giulia. Ambas se detuvieron en seco al verme.
​—¡Bianca! —Elena corrió hacia mí y me envolvió en un abrazo que casi me deja sin aire. Se apartó y me tomó el rostro con suavidad, inspeccionando la marca de mi mejilla—. ¡Maldito sea Alessandro! Sabía que las cosas estaban mal, pero esto... esto es demasiado.
​—Elena, Giulia... ¿qué hacéis aquí? —pregunté, sintiendo un nudo en la garganta—. Alessandro no deja entrar a nadie.
​—Pues ha tenido que elegir entre dejarnos pasar o que yo llamara a la prensa para decir que el gran Moretti tiene secuestrada a su esposa —dijo Elena, sentándose a mi lado con determinación—. He estado llamándote días, Bianca. Cuando Giulia me contactó después de la boda diciendo que algo olía mal, supe que tenía que venir.
​—No podíamos dejarte sola —añadió Giulia, tomando mi mano—. Lo que vi en la boda fue real, Bianca. Estabas feliz, eras tú misma. No puedo creer que el hombre que te miraba con esa intensidad ahora te tenga en este estado.
​—Él cree que lo traicioné —susurré, bajando la mirada—. Cree que entregué los códigos a cambio de mi libertad. Y ahora ha traído a Vanessa... una vieja amante. Me humilló frente a ella, chicas. Me mandó a casa como si fuera basura mientras él se quedaba disfrutando de su "lealtad".
​—Vanessa Conti es una víbora que solo busca el poder —espetó Elena—. No dejes que te gane, Bianca. Alessandro está cegado por su propia paranoia, pero tú no puedes rendirte. Si te apagas, le das la razón a todos los que quieren verte fuera de esta casa.
​—Es que ya no me quedan fuerzas, Elena —confesé, dejando que las lágrimas cayeran por fin—. Me duele el alma. Me duele que él sea capaz de pensar que yo podría vender su vida. Si el amor no le sirve para confiar, ¿qué nos queda?
​—Nos queda la verdad —dijo Giulia firmemente—. Y vamos a ayudarte a encontrarla. No estás sola en este mausoleo.
​Pasamos la tarde hablando, y por un momento, las risas de mis amigas ahuyentaron los fantasmas del ático. Sentir su apoyo me devolvió un rastro de la Bianca que creía perdida. Sin embargo, sabía que en cuanto ellas cruzaran esa puerta, volvería a estar a merced de un hombre que amaba más sus sospechas que a su propia esposa.




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