ALESSANDRO
Llegué al ático con el peso de una noche sin dormir y la frustración de no encontrar ni una sola grieta en la coartada de los mercenarios. Al entrar, el silencio habitual del pasillo estaba roto por el sonido de risas y murmullos que no pertenecían a ese lugar. El guardia de la puerta se puso firme, nervioso.
—Señor, la señorita Elena y la señora Giulia insistieron en entrar y...
No lo dejé terminar. Empujé las puertas de la terraza interior y me detuve en seco. Allí estaban las tres. Bianca parecía un fantasma rodeado de vida; Elena le sostenía la mano con ferocidad y Giulia estaba inclinada hacia ella, hablando con una intensidad que se cortó en cuanto mi sombra oscureció el umbral.
—¿Qué significa esto? —pregunté, mi voz resonando con una autoridad que intentaba ocultar mi cansancio—. He dado órdenes estrictas de que nadie entrara aquí.
Elena se puso de pie de un salto. Como amiga de Bianca de toda la vida, nunca me había tenido miedo, pero hoy su mirada destilaba un desprecio que me descolocó.
—Nadie la está molestando, Alessandro. La estamos rescatando del mausoleo en el que has convertido tu matrimonio. ¿Desde cuándo tratas a tu esposa como a una criminal de guerra? ¿No tienes suficiente con lo que ya le ha pasado?
—No es asunto tuyo, Elena —siseé, dando un paso hacia el centro de la estancia—. Hay protocolos de seguridad que no entiendes. Ha habido un ataque, mi gente está herida...
—¡Tu gente está herida porque hubo un ataque, no porque Bianca lo planeara! —espetó Elena, acercándose a mí sin retroceder—. La conozco desde que éramos niñas. He visto a Bianca sacrificarse por otros mil veces. Estás usando este incidente para levantar muros porque te aterra lo que sientes por ella. Es más fácil culpar a una Valenti que admitir que tienes miedo de que sea la única persona que realmente te importa.
BIANCA
Me levanté lentamente, apoyándome en la mesa. Ver a Elena defendiéndome con esa garra me devolvió un gramo de la fuerza que creía haber perdido en la gala. Miré a Alessandro; se veía tenso, como una cuerda a punto de romperse.
—Déjalo, Elena —mi voz sonó apagada, pero firme—. Él ya ha tomado su decisión. No importa lo que digas, para él siempre seré el enemigo que duerme en su cama.
—¡No es verdad, Bianca! —Giulia intervino, levantándose también—. Alessandro, mírale la cara. Mírale los ojos. ¿De verdad crees que la mujer que estudió con nosotros, la que arriesgó su posición para abrazarme en mi boda, es capaz de orquestar una masacre? Estás perdiendo el juicio por culpa de ese orgullo de los Moretti.
Alessandro me miró por fin. Su mandíbula estaba tan tensa que se le marcaban los músculos del cuello. Había una lucha interna en sus ojos, una chispa de duda que intentaba sofocar con su habitual frialdad.
—No necesito que las amigas de mi esposa me digan cómo llevar mi casa —dijo él, aunque su voz no tenía la misma contundencia de antes—. El teléfono estaba allí. Los códigos fueron usados.
—¡Cualquiera pudo ponerlo! —gritó Elena—. ¿Has investigado a Isabella? ¿Has investigado a esa Vanessa que anda rondando como un buitre? Estás dejando que las serpientes reales te rodeen mientras pateas a la única persona que te ha sido fiel. Bianca no te traicionó, Alessandro. Pero tú la estás traicionando a ella cada segundo que pasas sin creerle.
—¡Basta! —Alessandro señaló la puerta—. Elena, Giulia, fuera de aquí. Ahora mismo. No volveréis a entrar sin mi autorización expresa.
—Nos vamos —dijo Elena, caminando hacia mí para darme un último abrazo y susurrarme un "sé fuerte, no dejes que te apague"—. Pero recuerda esto, Alessandro: el día que descubras la verdad, y te des cuenta de que destruiste a Bianca por nada, ese día estarás más solo de lo que imaginas. Porque ella te quería por quién eres, no por tu apellido.
Las dos salieron de la habitación, dejando un silencio denso. Me quedé frente a Alessandro, con los brazos cruzados, sintiendo cómo el frío volvía a instalarse en la terraza.
—¿Estás satisfecho? —pregunté, mirándolo fijamente—. ¿Ya has echado a todo el que podía traerme un poco de paz?
Él no respondió. Se quedó mirándome, recorriendo con la vista mi rostro pálido y la marca en mi mejilla que ya empezaba a sanar. Dio un paso hacia mí, y por un segundo, creí que iba a decir algo, que la duda le ganaría a la furia. Pero solo apretó los labios y se dio la vuelta.
—Mañana vendrá un equipo nuevo de seguridad —dijo sin mirarme—. No quiero más distracciones.
—Entonces no tendrás nada, Alessandro —susurré a su espalda—. Solo el silencio de una mujer que ya no tiene nada que decirte.
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Editado: 22.01.2026