ALESSANDRO
El aire en el despacho era denso, saturado por el olor a café amargo y el rastro del cigarrillo que acababa de apagar. Mateo estaba sentado frente a mí, apoyando con cuidado su brazo herido sobre el escritorio. Su palidez era evidente, pero su mirada conservaba esa lucidez afilada que lo convertía en mi mejor consejero.
—Alessandro, tenemos que dejar de perseguir fantasmas —comenzó Mateo, su voz cargada de una fatiga que iba más allá de lo físico—. He pasado la noche desglosando cada comunicación, cada maldito mensaje cifrado de los mercenarios de Adriano. No hay nada. Si Bianca hubiera pagado ese ataque, habría un rastro, una transferencia, un contacto previo. Esa mujer no tiene acceso ni a un dólar de sus cuentas desde que cruzó este umbral.
—Pudo haberlo planeado antes de la boda, Mateo —respondí, aunque mi propia voz me sonaba a hueco, a una excusa que intentaba sostener un edificio que se venía abajo—. Los códigos de seguridad estaban en su habitación. No aparecieron allí por arte de magia. Alguien le entregó ese teléfono para que ella abriera la puerta desde dentro.
—¡Claro que no aparecieron por magia, aparecieron por malicia! —Mateo golpeó la mesa con su mano sana, soltando un siseo de dolor por el movimiento brusco—. Alessandro, abre los malditos ojos. Yo estaba allí. Vi su cara cuando ese bastardo la golpeó. Vi cómo intentaba arrastrarse hacia ti mientras perdía el conocimiento. No era la mirada de alguien a quien le ha salido mal el plan; era el terror puro de una mujer que se sentía morir. Ella no está detrás de este atentado. Quienquiera que lo hizo, buscaba dos cosas: llevársela a ella y destruir la poca confianza que habíais construido. Y lo segundo, amigo mío, lo han conseguido sin que tengas que apretar un gatillo.
Me quedé en silencio, mirando hacia el ventanal. Las palabras de Elena seguían resonando en mi cabeza, y ahora Mateo, el hombre que casi muere por protegernos, me decía lo mismo. La duda era un veneno que empezaba a corroer mi orgullo.
BIANCA
El encierro en el dormitorio se había vuelto una tortura psicológica. Necesitaba moverme, sentir que mis piernas aún podían sostenerme, aunque mi alma pesara una tonelada. Bajé al comedor principal con pasos lentos, sintiendo el vacío de la casa. Alessandro y Mateo seguían encerrados, pero en la mesa ya estaba Isabella, desayunando con una elegancia que me pareció insultante.
Al verme entrar, Isabella dejó su taza de porcelana sobre el plato con un tintineo que cortó el aire.
—Vaya, la traidora ha decidido salir a tomar el aire —dijo Isabella, su voz destilando un odio refinado—. Me sorprende que tengas el descaro de pasearte por estos pasillos después de haber manchado este suelo con la sangre de nuestros hombres.
—No he manchado nada, Isabella —respondí, sentándome en el extremo opuesto de la mesa, manteniendo la espalda recta—. He venido a comer, no a escuchar tus teorías de conspiración.
—¿Teorías? —Isabella se levantó, rodeando la mesa con paso lento hasta quedar a mi lado—. Eres un cáncer, Bianca. Alessandro está cegado por esa cara de santa que pones, pero yo no. Sé lo que eres. Eres una Valenti, y los tuyos solo saben destruir lo que no pueden poseer. Deberías estar en una celda oscura, rogando por clemencia, no sentada aquí como si fueras la dueña de la casa. Si por mí fuera, ese mercenario habría terminado el trabajo y ahora estaríamos limpiando tus cenizas.
—¡YA ES SUFICIENTE, ISABELLA! —la voz de Mateo retumbó en las paredes.
Él y Alessandro acababan de entrar. Mateo se interpuso físicamente entre nosotras, ignorando el dolor de sus puntos. Su rostro estaba encendido por una rabia que rara vez mostraba.
—No voy a permitir que sigas con este acoso —sentenció Mateo, clavando sus ojos en los de Isabella—. Bianca no ha hecho nada. He revisado cada prueba y no hay un solo vínculo que la una a ese ataque. Si vuelves a insultarla, si vuelves a ponerle un dedo encima o a amenazarla, te juro que me olvidaré de quién eres. En esta casa mando yo en lo que a seguridad se refiere, y no voy a tolerar que ataques a una mujer que no puede defenderse.
Isabella retrocedió, atónita. Miró desesperadamente a Alessandro, esperando que él saltara, que pusiera a Mateo en su sitio, que defendiera el "honor" de la familia frente a la intrusa.
—¿Vas a quedarte ahí parado, Alessandro? —preguntó Isabella, su voz temblando de indignación—. ¿Vas a dejar que Mateo me hable así por defender a la Valenti? ¡Soy yo la que te está advirtiendo del peligro! ¡Dile algo!
Alessandro no se movió. Se quedó allí, de pie junto al umbral, con las manos hundidas en los bolsillos y la mirada fija en un punto incierto del suelo. El silencio se prolongó, volviéndose insoportable. No defendió a Isabella, pero tampoco dijo una sola palabra para respaldarme a mí. Era un espectador de su propia tragedia.
—Gracias, Mateo —dije en voz baja, sintiendo que la garganta se me cerraba—. Gracias por ser el único en esta casa que todavía tiene ojos para ver la verdad.
Me levanté de la mesa sin haber probado bocado. Miré a Alessandro por un segundo, esperando una señal, un gesto, cualquier cosa que indicara que todavía quedaba un rastro del hombre que me había besado en la gala. Pero no hubo nada. Solo ese silencio cobarde que me dolió más que cualquier insulto. Me retiré hacia el jardín, sabiendo que mientras Mateo me defendía con su honor, Alessandro me condenaba con su indiferencia.
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Editado: 22.01.2026