Imperio de cenizas

34 El amor no es así

BIANCA

El aire del jardín era fresco, pero no lograba limpiar la sensación de suciedad que sentía por dentro. Me detuve frente a un rosal, apretando los puños hasta que los nudillos me dolieron. No lloraba; ya no me quedaban lágrimas para Alessandro, solo una rabia fría y un cansancio que me calaba hasta los huesos. El silencio de Alessandro en el comedor seguía resonando en mi cabeza como un eco ensordecedor, mucho más hiriente que los gritos y el veneno de Isabella.
Escuché sus pasos sobre la grava. Eran pesados, decididos, pero cargados de una vacilación que se percibía a kilómetros. No me di la vuelta. No quería ver su rostro, no quería ver cómo intentaba recomponer su máscara de frialdad después de haberme dejado desamparada frente a su hermana.
—Bianca —su voz rompió el silencio del jardín, baja y tensa—. Tenemos que hablar sobre lo que acaba de pasar ahí dentro.
—No hay nada de qué hablar, Alessandro —respondí sin mirarlo, con la voz tan gélida como el mármol—. Vete. No necesito que vengas a terminar lo que Isabella empezó. Si has venido a decirme que Mateo se ha extralimitado al defenderme, ahórratelo. Él ha hecho lo que tú no has tenido el valor de hacer en días: ser un hombre íntegro.

ALESSANDRO

Me detuve a un par de metros de ella. Ver su espalda, tan recta y a la vez tan frágil, me provocó una punzada de dolor que no supe cómo gestionar. El silencio en el comedor no había sido una elección de poder, sino una parálisis del alma. Ver a Mateo defenderla con tanta convicción me había dejado desnudo frente a mis propios errores, y la vergüenza era un sentimiento que no sabía cómo procesar.
—No he venido a hablar de Mateo para reprenderlo —dije, dando un paso más hacia ella, tratando de que mi voz no flaqueara—. He venido porque su reacción me ha dejado claro que mi propio silencio ha sido una cobardía. Mateo tiene razón, Bianca. Él te vio caer, él sintió las balas igual que tú. Yo también lo vi, pero me dejé cegar por lo que era más fácil de entender: el odio entre nuestras familias. Es más fácil culpar a una Valenti que aceptar que el enemigo está dentro de mis propios muros.
—¿Y ahora pretendes que me conmueva tu epifanía? —ella se giró por fin, y la mirada que me lanzó fue como un disparo directo al pecho—. ¿Ahora que tu mejor amigo te ha dado una lección de decencia frente a toda tu servidumbre, vas a fingir que me crees? ¿Vas a pedirme que olvide que me mandaste a casa como a un perro mientras te quedabas con Vanessa para que ella te recordara lo "fácil" que es la lealtad de tu mundo?
—Lo de Vanessa fue un error, Bianca. Quería... quería encontrar una lógica en medio del caos —intenté explicarme, aunque las palabras sonaban vacías—. Estaba herido, estaba furioso...
—¡Estabas siendo tú mismo, Alessandro! —gritó ella, acercándose a mí, golpeando mi pecho con el dedo índice, marcando cada palabra—. ¡Tu mundo! ¡Tu apellido! ¡Tu maldito legado! ¿Y qué hay de mí? ¿Qué hay de la mujer que se entregó a ti en esa cama, olvidando voluntariamente quién era su padre para ser simplemente tuya? El hecho de que Mateo, que casi muere desangrado por ese ataque, tenga más fe en mi inocencia que el hombre que duerme a mi lado, es la prueba definitiva de que esto ha terminado. Él me defendió porque tiene honor. Tú te callaste porque no tienes amor, solo tienes miedo.
—¡Eso no es verdad y lo sabes! —la agarré por los hombros con una desesperación que me quemaba las manos—. ¡Te amo tanto que el simple pensamiento de que pudieras traicionarme me estaba destruyendo por dentro! Prefería odiarte por ser una espía que aceptar la realidad de que alguien fue más listo que yo en mi propia casa y que te puse en peligro. Prefería que fueras culpable a aceptar que soy un fracasado protegiéndote.
—El amor no se trata de tu ego, Alessandro —ella se soltó de mi agarre con un gesto de asco, retrocediendo como si mi contacto la quemara—. El amor es confianza ciega cuando todo el mundo te señala. Y tú la mataste la noche que encontraste ese teléfono y decidiste que yo era el verdugo antes de preguntarme siquiera si me dolía la cara. Mateo me ha devuelto un poco de dignidad hoy, sí, pero tú me has quitado todo lo demás. No me hables de amor cuando no fuiste capaz de abrir la boca para parar a tu hermana. Tu silencio en esa mesa fue tu sentencia de muerte para nosotros, y ahora vas a tener que vivir con el eco de ese silencio el resto de tus días.
Bianca se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la casa con una elegancia dolorosa, dejándome solo entre los rosales. Me quedé allí, viendo cómo se alejaba la única persona que alguna vez me había querido sin condiciones, dándome cuenta de que Mateo no solo la había defendido a ella; me había mostrado el monstruo en el que me había convertido por miedo a ser vulnerable. El silencio del jardín ahora era mío, y pesaba más que cualquier traición.




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