Imperio de cenizas

35 El secreto

BIANCA

​Me desperté con una náusea que no era producto de la ansiedad, sino de algo mucho más físico y aterrador. Corrí al baño, cerrando la puerta con pestillo, y esperé los minutos más largos de mi vida frente a un test que Giulia me había pasado a escondidas en su visita de ayer. Cuando las dos líneas aparecieron, sentí que el mundo se detenía.
​Estoy embarazada.
​Un hijo de Alessandro. Un hijo de los Moretti creciendo en el vientre de una Valenti, justo cuando el odio entre nosotros es más letal que nunca. Me acaricié el vientre, todavía plano, y una determinación gélida se apoderó de mí. No se lo diría a nadie. No permitiría que este bebé fuera usado como otra pieza en su tablero de ajedrez. Si este niño iba a nacer, lo haría lejos de la sangre, los gritos y el silencio cobarde de su padre.
​Salí de la habitación buscando a Mateo. Lo encontré en la biblioteca, revisando mapas de calor y registros de seguridad. Al verme, dejó lo que estaba haciendo y se puso en pie, con un respeto que ya no esperaba de nadie en esta casa.
​—Bianca, ¿te encuentras bien? Estás pálida —dijo Mateo, acercándome una silla.
​—Estoy bien, Mateo. Solo quiero saber la verdad —respondí, ignorando el mareo—. Sé que estás investigando lo que pasó esa noche. Sé que no te has rendido. Dime, ¿has encontrado algo? ¿Alguien vio quién puso ese teléfono en mi cuarto?
​Mateo suspiró, frotándose la sien.
—He interrogado a los guardias del turno de tarde. Uno de ellos admite que Isabella entró en el ala privada de tus habitaciones mientras tú estabas conmigo en el jardín, antes del ataque. Dice que ella llevaba un paquete pequeño, pero Isabella afirma que eran joyas que quería devolverte. No es una prueba definitiva, Bianca. Sin el contenido de ese teléfono desbloqueado, solo tengo sospechas contra ella. Pero te doy mi palabra: no voy a parar. Alessandro empieza a dudar, aunque su orgullo no le deje admitirlo aún.
​—La duda no me sirve, Mateo —dije con una tristeza infinita—. La duda es lo que me está matando. Pero gracias por ser el único que no me mira como a un verdugo.

ALESSANDRO

​Entré en la biblioteca justo cuando Bianca salía. Nos cruzamos en el umbral y, por un segundo, el aire pareció desaparecer. Ella no me esquivó, pero me miró como se mira a un extraño. Minutos después, entró en mi despacho. No venía a pelear, no venía a llorar. Venía a negociar mi final.
​—No puedo seguir así, Alessandro —comenzó ella, sentándose frente a mí. Su voz era plana, despojada de cualquier emoción—. He hablado con Mateo. Él cree en mí, pero tú no. Así que vamos a cerrar esto.
​—Bianca, por favor... —intenté interrumpirla, pero ella levantó una mano.
​—Escúchame. Si Mateo demuestra que soy inocente, si logra probar que alguien me tendió una trampa, me dejarás marchar. Me darás el divorcio y me dejarás salir de este país. No reclamaré dinero, ni propiedades, ni tu apellido. Desapareceré para siempre.
​Me quedé helado. La idea de que ella estuviera planeando un mundo donde yo no existía me dolió más que el plomo de los Valenti.
—¿Y si las pruebas no aparecen? ¿Y si el resultado sigue siendo incierto?
​—Entonces me quedaré aquí, como tu prisionera, hasta que decidas qué hacer conmigo —respondió con una sonrisa amarga—. Pero si soy inocente, me debes la libertad. Es el único precio que aceptaré por todo lo que me has quitado estos días.
​La miré fijamente. Bianca se veía destruida. Sus ojos, que antes brillaban con una rebeldía que me volvía loco, ahora eran dos pozos de ceniza. El maquillaje no podía ocultar las ojeras ni la fragilidad de sus manos, que temblaban levemente sobre el regazo. Verla así, marchitándose en mi propia casa por culpa de mis sospechas, me partió el alma. El hombre egoísta quería retenerla, pero el hombre que la amaba no podía soportar verla morir por dentro cada día.
​—Está bien —dije con un hilo de voz—. Si Mateo prueba tu inocencia, te daré el divorcio. Te daré los papeles y un avión a donde quieras ir. Te daré tu libertad, Bianca. Aunque eso signifique que mi vida se acabe el día que cruces esa puerta.
​—Gracias, Alessandro —dijo ella, levantándose con una dignidad que me hizo sentir minúsculo.
​No hubo ni una mirada de esperanza.




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