Imperio de cenizas

36 Un giro inesperado

BIANCA

​El sonido del televisor en el salón principal era un martilleo incesante que me taladraba los sentidos. Me quedé helada, con la mano apoyada en el vientre de forma instintiva, sintiendo esa vida incipiente que nadie más conocía, mientras la pantalla escupía la verdad sobre mi linaje. El rostro de Vittorio Valenti aparecía en cada informativo. Los titulares eran brutales: redes de proxenetismo, asesinatos selectivos y una crueldad que superaba cualquier sospecha previa.
​Sentí una náusea física. Mi padre no era solo un criminal; era un monstruo que había traficado con la vida de mujeres durante décadas. Cada palabra de los periodistas me hacía sentir más sucia, más indigna de llevar un hijo en mi interior.
​—Es el final de su camino —la voz de Alessandro sonó detrás de mí, cargada de una satisfacción oscura y letal.
​Me giré lentamente. Él observaba la televisión con los ojos entrecerrados, pero al notar mi semblante desencajado y mi palidez extrema, su expresión cambió. Dio un paso hacia mí, quizás para sostenerme, pero el intercomunicador del salón bramó antes de que pudiera tocarme.
​—Señor, es Vittorio Valenti. Está en el patio delantero. Solo. Dice que si no lo recibe, usted quemará la única oportunidad que tiene de recuperar lo que perdió hace veinte años.
​El aire en la habitación se congeló. Alessandro se tensó de tal manera que sus músculos parecieron tallados en piedra.
—Déjenlo pasar —ordenó con un hilo de voz—. Pero desármenlo hasta de los pensamientos.

ALESSANDRO

​Vittorio entró en el salón con el traje sucio y el orgullo maltrecho, pero su mirada seguía siendo la de un depredador que sabe dónde golpear. Se detuvo en el centro de la estancia, rodeado por mis hombres que lo apuntaban con fusiles de asalto. Miró a Bianca con un desprecio gélido y luego centró su atención en mí.
​—¿Has visto las noticias, yerno? —Vittorio sonrió, mostrando sus dientes manchados—. Mi imperio arde. En unas horas, los federales estarán aquí para llevarme a una celda donde nunca volveré a ver la luz del sol.
​—Es donde deberías haber estado hace dos décadas, Vittorio —siseé, sacando mi arma y caminando hacia él hasta que el cañón tocó su frente—. Dame una sola razón para no apretar este gatillo ahora mismo y ahorrarle el trabajo al Estado.
​Vittorio soltó una carcajada seca, un sonido que me revolvió las entrañas y me devolvió a la noche más oscura de mi existencia.
—Porque si me matas, matarás a tu hermana Sofía por segunda vez.
​El mundo se detuvo. Sentí un zumbido ensordecedor que anuló cualquier otro sonido. Sofía. Mi hermana pequeña. La niña que vi morir hace años.
​—Mi hermana murió. —dije, aunque mi voz tembló de una forma que odié—. Yo mismo vi cómo el techo se desplomaba. No te atrevas a jugar con su memoria.
​—Eso es lo que yo quería que vieras —respondió Vittorio, y su mirada se volvió de un frío calculador—. No la dejé morir, Alessandro. Un cadáver quemado no me servía de nada como garantía. La saqué de allí por el túnel de servicio antes de que el fuego se volviera incontrolable. Quería una póliza de seguro para un día como hoy, cuando el mundo se me cayera encima.

BIANCA

​Me acerqué a ellos, con el corazón en la boca y el alma encogida. Ver a mi padre usar a una niña desaparecida como moneda de cambio después de veinte años de dolor ajeno me hizo sentir un asco insoportable.
—¡Mientes! —grité, mi voz quebrándose por la indignación—. Eres un monstruo, pero nadie puede ser tan vil para ocultar a una niña durante años mientras su única familia se desangraba de dolor.
​—Cállate, Bianca. Tú no sabes nada de cómo se mantiene el poder —me espetó Vittorio antes de volver a mirar a Alessandro—. Sigue viva, muchacho. Se la entregué a una familia humilde en el norte del estado. Le dieron una vida nueva, un nombre nuevo. Ella no tiene ni idea de quién es realmente, ni de que su hermano es el hombre más temido de la costa este.
​Alessandro bajó el arma lentamente. Su rostro era una máscara de pura agonía. Estaba procesando la posibilidad de que su hermana, a la que había llorado cada noche durante años, estuviera viva y a solo unas horas de distancia.
​—Este es el trato —continuó mi padre, regodeándose en su ventaja—. Ponme en un barco. Usa tus contactos para limpiar mi rastro y darme una identidad nueva fuera de este país. Dame mi libertad, Alessandro, y yo te daré la dirección exacta de donde vive Sofía ahora mismo. Ella es una mujer joven ahora. Puedes recuperarla… o puedes dejar que me lleven a la cárcel y llevarme el secreto conmigo a la tumba. Sangre por sangre, Moretti. ¿Qué vale más para ti? ¿Tu venganza o tu familia?
​Miré a Alessandro. Sus manos temblaban violentamente. El hombre que siempre tenía el control se desmoronaba frente a la posibilidad de redención.
​Y yo, con el secreto de mi embarazo quemándome por dentro, comprendí que la cadena de horrores de los Valenti no tenía fin. Mi padre acababa de ofrecerle a Alessandro el regalo más grande del mundo a cambio de permitir que un criminal siguiera impune. Si Alessandro aceptaba, nunca más podría mirarlo a la cara sin ver la sombra de mi padre entre nosotros.




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