_**ALESSANDRO**_
La furia y la incredulidad luchaban por el control de mi cuerpo. Miré a Vittorio, que se recolocaba la chaqueta con una calma que me revolvía las entrañas. Saber que mi hermana estaba viva, que era la misma Elena que había desafiado mi autoridad hace apenas unas horas para defender a Bianca, era un milagro envuelto en una pesadilla.
—Llamadla —ordené a uno de mis hombres, sin quitarle los ojos de encima a Vittorio—. Que venga ahora mismo. No me importa qué esté haciendo. Que traigan a Elena aquí.
—Alessandro, espera —Bianca se interpuso, poniéndome una mano en el pecho. Sus ojos suplicaban prudencia—. No puedes soltarle esto así. Ella cree que su vida es una línea recta. Cree en sus padres y que este hombre —señaló a su padre con asco— fue su salvador. Si le dices que su origen es una masacre, la vas a destruir.
—¡Ha vivido veinte años en una mentira fabricada por el asesino de nuestros padres! —rugí, apartándola con suavidad pero con firmeza—. No voy a dejar que pase un segundo más bajo ese engaño. Sofía... Elena... ella tiene que saber quién soy.
**_BIANCA_**
Me volví hacia mi padre, que observaba la escena como si fuera una obra de teatro escrita por él.
—Eres un demonio, Vittorio —le dije, mi voz temblando de puro odio—. La usaste. La alejaste de su hermano, la entregaste a otra familia y te hiciste pasar por un santo ante sus ojos solo para tener una carta bajo la manga veinte años después. ¿Cómo puedes dormir por las noches?
Vittorio se encogió de hombros, con una frialdad que me dio escalofríos.
—Dormir es para los que no tienen nada que proteger, hija. Yo protegí mi futuro. Y mira, ha funcionado. Tu marido está a punto de dejarme ir solo por volver a ver a la niña del oso de peluche.
—No te vas a ir a ninguna parte todavía —intervino Mateo, que había permanecido en silencio junto a la puerta, con la mano en su arma y una expresión de asco absoluto—. Alessandro, la policía está a diez minutos de aquí. Si dejas que se vaya, serás cómplice de todo lo que ha salido en las noticias hoy.
Alessandro no respondió. Estaba atrapado en un limbo. Por un lado, la justicia y la venganza que había buscado durante dos décadas; por otro, la dirección de donde estaban los documentos legales que Vittorio decía poseer para devolverle a Elena su verdadera identidad.
_**ELENA**_
Entré en la mansión con el corazón en un puño. El mensaje de los hombres de Alessandro había sido escueto y aterrador: "Es urgente. Bianca y el señor Moretti la esperan". Pensé que algo malo le había pasado a Bianca, que Alessandro finalmente había perdido el juicio.
Al entrar en el salón, la escena me dejó paralizada. Guardias armados, Alessandro con el rostro desencajado, Bianca llorando... y Vittorio Valenti, el hombre que me rescató de la calle cuando era niña, de pie en medio de todo como un prisionero.
—¿Qué pasa aquí? —pregunté, mi voz sonando pequeña en la inmensidad del salón—. ¿Bianca? ¿Señor Valenti?
Me acerqué a Vittorio por puro instinto. Él siempre había sido la figura que, aunque distante, representaba mi salvación.
—Señor Valenti, ¿qué hace usted aquí? He visto las noticias... dicen cosas horribles.
—Elena, aléjate de él —la voz de Alessandro fue un latigazo. Caminó hacia mí con una expresión que no supe descifrar. Había dolor, esperanza y un hambre atroz en sus ojos.
—¿Por qué? —pregunté, retrocediendo un paso—. Él me ayudó. Él me encontró cuando no tenía a nadie. Mis padres me dijeron que si no fuera por él, yo habría muerto en la calle hace veinte años.
Alessandro se detuvo frente a mí. Estaba tan cerca que podía ver cómo le temblaba la mandíbula.
—Elena... —comenzó él, su voz rompiéndose—. Vittorio no te encontró en la calle. Te sacó de una casa que él mismo había mandado quemar. Te alejó de mí después de matar a nuestros padres frente a mis ojos.
Me quedé helada. Miré a Bianca buscando una negativa, un "está loco", pero ella solo bajó la cabeza y sollozó.
—¿De qué estás hablando? —mi risa fue nerviosa, casi histérica—. Mis padres son... ellos me adoptaron porque tú me encontraste, ¿verdad, Vittorio? Dile que se equivoca. Dile que tú me salvaste.
Vittorio no bajó la mirada. Se limitó a sonreír con una melancolía fingida que me revolvió el estómago.
—Te di una buena vida, Sofía. Una vida mucho mejor que la que habrías tenido siendo una Moretti perseguida. Deberías estar agradecida.
"Sofía". Ese nombre resonó en mi cabeza como un trueno. El mundo empezó a dar vueltas. Miré a Alessandro, fijándome por primera vez en sus ojos... eran iguales a los míos. El mismo tono, la misma forma, la misma tormenta.
—No... —susurré, sintiendo que el oxígeno desaparecía—. No puede ser verdad.
—Soy tu hermano —dijo Alessandro, extendiendo una mano temblorosa hacia mi rostro—. Soy el niño que te gritó que te escondieras debajo de la cama. Soy Alessandro, Sofía. Y este monstruo nos robó veinte años de vida.
Me llevé las manos a la cabeza, sintiendo que mi identidad, mi pasado y mi futuro se desintegraban en ese mismo instante. El hombre que yo creía mi salvador era el asesino de mi sangre, y el hombre al que temía era lo único que me quedaba en el mundo.
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Editado: 22.01.2026