_**BIANCA**_
El silencio que siguió al estrépito de las sirenas y los gritos de la detención fue casi más doloroso que el caos anterior. Mi padre había sido arrastrado fuera, esposado y humillado, pero el rastro de destrucción que dejaba tras de sí era permanente. En el centro del salón, la imagen era desgarradora: Alessandro y Elena estaban sentados en el suelo, separados apenas por unos centímetros, dos desconocidos unidos por una tragedia de veinte años.
Elena tenía la mirada perdida, pero ya no hiperventilaba. Me acerqué a ella con una manta y la envolví con cuidado. No sabía qué decirle; ¿cómo se consuela a alguien a quien le acaban de decir que su vida entera ha sido una coreografía orquestada por un asesino?
—Elena —susurré, acariciando su hombro—. Vamos a subir. Necesitas descansar, necesitas salir de este salón.
Ella asintió mecánicamente, pero antes de levantarse, miró a Alessandro. Él estaba inmóvil, observándola con una mezcla de adoración y terror, como si tuviera miedo de que ella fuera un espejismo que fuera a desvanecerse si intentaba tocarla.
—Bianca... —la voz de Elena era apenas un murmuljo—. Por favor, no me dejes sola. Quédate conmigo hoy. No quiero... no puedo hablar con nadie más ahora mismo.
Miré a Alessandro. Vi cómo sus ojos se oscurecían por una punzada de dolor. Él quería ser quien la consolara, quería recuperar el tiempo perdido en un solo abrazo, pero Elena lo miraba con una distancia que nacía del shock. Para ella, Alessandro seguía siendo el "carnicero Moretti", el hombre que le daba miedo hacía apenas una hora. La confianza no se recupera con una prueba de ADN; se construye, y en este momento, ella solo confiaba en mí.
—Estaré contigo —le prometí, ayudándola a levantarse—. Vamos.
_**ALESSANDRO**_
Me quedé sentado en el suelo frío, viendo cómo Bianca se llevaba a mi hermana escaleras arriba. El vacío que sentí fue insoportable. Había pasado dos décadas soñando con este momento, imaginando cómo sería recuperar a Sofía, y ahora que la tenía a unos metros, ella buscaba refugio en los brazos de la hija del hombre que nos destruyó.
—Dale tiempo, Alessandro —dijo Mateo, acercándose con una botella de whisky y dos vasos—. Está en shock. Para ella, tú eres parte del mundo violento que Vittorio le ocultó. Bianca es su única constante.
—Es mi hermana, Mateo —dije, golpeando el suelo con el puño—. Mi sangre. No debería buscar consuelo en una Valenti.
—Esa "Valenti" es tu esposa y la única que ha logrado que no se desmayara del pánico —respondió Mateo con dureza, sentándose a mi lado—. No dejes que tus celos arruinen esto. Has recuperado a Sofía. Eso es un milagro que no mereces después de cómo te has comportado estos días.
Bebí el whisky de un trago, sintiendo cómo me quemaba la garganta. Mateo tenía razón, pero el ardor en mi pecho no desaparecía. Sabía que Bianca seguía decidida a dejarme; el trato del divorcio seguía en pie. Ella me había dado a mi hermana, me había ayudado a desenmascarar a Vittorio, y ahora, irónicamente, su cercanía con Elena la hacía más indispensable que nunca.
Subí las escaleras una hora después, incapaz de contenerme. Me detuve frente a la habitación de invitados. La puerta estaba entreabierta. Escuché la voz suave de Bianca tarareando una melodía, y el llanto silencioso de Elena.
—No llores más, Sofía —decía Bianca—. Alessandro es un hombre difícil, pero te quiere muchísimo. Todo lo que ha hecho, incluso las cosas malas, han sido por el dolor de perderte.
—No sé quién soy, Bianca —respondió Elena entre sollozos—. Todo lo que creía de mis padres, de Vittorio... es mentira. Tengo miedo de él. Tengo miedo de lo que él representa.
Me alejé de la puerta, sintiendo que el corazón me pesaba una tonelada. Bianca me estaba defendiendo, estaba intentando tender un puente entre mi hermana y yo, pero el hecho de que ella fuera la única capaz de calmarla me hacía sentir un intruso en mi propia familia.
Entré en mi despacho y saqué los papeles que Bianca me había obligado a aceptar. El divorcio. La libertad. Miré el documento y luego la puerta por la que ella se iría pronto. Tenía a mi hermana de vuelta, pero el precio parecía ser perder a la única mujer que me había enseñado lo que significaba la lealtad de verdad.
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Editado: 22.01.2026