Imperio de cenizas

40 Secretos encontrados

​_**BIANCA**_

​Pasé gran parte de la noche sentada al borde de la cama de Elena, sosteniendo su mano hasta que el agotamiento finalmente la venció. Verla dormir, tan vulnerable después de que su realidad estallara en pedazos, me recordaba la fragilidad de nuestras vidas. Salí de la habitación de invitados de puntillas, sintiendo una presión punzante en el bajo vientre y un mareo que me obligó a apoyarme en la pared.
​"Tengo que irme de aquí", pensé. La presencia de Elena lo cambiaba todo. Alessandro ahora tenía a su familia, tenía un motivo para sanar, pero yo... yo seguía siendo la hija del hombre que causó todo este horror. No podía quedarme y dejar que mi hijo creciera a la sombra de este trauma.
​Bajé al despacho de Alessandro. Necesitaba que firmara los últimos documentos del acuerdo de salida. Quería dejarlo todo listo antes de que el sol terminara de salir. Sin embargo, al entrar, el olor a papel quemado y a alcohol me golpeó de frente.
​Alessandro estaba sentado frente a la chimenea, observando las últimas brasas. Sobre su escritorio, los papeles del divorcio que yo misma le había entregado ya no estaban. En su lugar, había un montón de ceniza negra en el cenicero de cristal.
​—¿Qué has hecho, Alessandro? —pregunté, mi voz temblando por una mezcla de rabia y cansancio.

​_**ALESSANDRO**_

​Me levanté lentamente, con la mirada fija en ella. Tenía los ojos rojos y el alma agotada. Había pasado la noche debatiéndome entre la euforia de haber recuperado a mi hermana y el pánico absoluto de perder a mi esposa.
​—He hecho lo que debería haber hecho desde el principio —respondí, caminando hacia ella hasta que la luz de las brasas iluminó nuestras sombras—. No voy a dejarte ir, Bianca. No ahora. No después de lo que has hecho por Sofía.
​—¡Teníamos un trato! —exclamé, dando un paso atrás—. Me prometiste que si Mateo demostraba mi inocencia, me dejarías libre. Y se ha demostrado con creces. Mi padre mismo confesó su trampa. ¡Fírmalos de nuevo o haz que tu abogado traiga copias, pero déjame marchar!
​—¡El trato ha cambiado porque el mundo ha cambiado! —rugí, acortando la distancia entre nosotros—. Mi hermana te necesita. Ella no confía en mí, no me conoce. La única persona que la mantiene cuerda en este momento eres tú. ¿Vas a abandonarla ahora que acaba de descubrir que su vida es una mentira? ¿Vas a dejarla sola en esta casa llena de fantasmas?

​_**BIANCA**_

​—¡Eso es chantaje emocional, Alessandro! —le grité, sintiendo que el mareo regresaba con más fuerza. Me llevé una mano a la cabeza, tratando de mantener el equilibrio—. No puedes usar a Elena para encadenarme a ti. No es justo para ella ni para mí.
​—Nada en nuestras vidas es justo —dijo él, su voz bajando a un tono peligrosamente suave, casi suplicante—. Quédate, Bianca. Ayúdame a que Sofía me perdone. Ayúdame a ser el hermano que ella merece. Te daré lo que quieras. Dinero, poder, seguridad... pero no me pidas que firme tu sentencia de partida cuando eres la única que puede unir los pedazos de lo que queda de mi familia.
​Sentí una oleada de náuseas tan fuerte que tuve que agarrarme a la esquina de su escritorio. El mundo empezó a dar vueltas y el rostro de Alessandro se desdibujó.
​—No me encuentro bien... —susurré, cerrando los ojos con fuerza.

​_**ALESSANDRO**_

​Al ver que sus rodillas flaqueaban, la agarré por la cintura antes de que cayera al suelo. Estaba helada y tenía un sudor frío en la frente. La cargué en mis brazos, sintiendo lo ligera que estaba, y la deposité en el sofá de cuero del despacho.
​—¡Bianca! ¡Mírame! —le pedí, dándole palmaditas suaves en la mejilla—. Mateo, trae agua. ¡Ahora!
​Ella abrió los ojos lentamente, tratando de apartar mis manos, pero no tenía fuerzas. Su respiración era errática y su rostro estaba más pálido que nunca.
​—Solo... solo necesito aire —balbuceó ella, intentando levantarse—. Es el estrés, Alessandro. Nada más. Déjame ir a mi habitación.
​La miré fijamente. Había algo en su mirada, una mezcla de miedo y una reserva que no era la habitual. Había pasado días sin comer apenas, bajo una presión inhumana, pero este desmayo no parecía solo fatiga. Me fijé en cómo su mano se posaba protectoramente sobre su estómago, un gesto casi inconsciente, un reflejo primario que me hizo helar la sangre por un motivo muy distinto al de antes.
​—¿Es solo el estrés, Bianca? —pregunté, mi voz volviéndose un susurro cargado de sospecha y una esperanza aterradora—. ¿O hay algo que no me estás contando mientras pides el divorcio con tanta urgencia?
​Bianca me miró, y en ese segundo de silencio, el pánico en sus ojos confirmó mis sospechas. Ella no solo quería huir de mi pasado y de mi violencia; quería huir con algo que nos pertenecía a ambos.




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