Imperio de cenizas

41 El linaje

​_**ALESSANDRO**_

​No iba a dejar que me mintiera otra vez. La sospecha de que Bianca cargaba con algo más que el peso de su apellido me carcomía por dentro. Ignoré sus protestas y sus intentos por levantarse del sofá.
​—Mateo, llama al doctor Rossi. Ahora —ordené sin apartar la vista de ella—. Dile que es una emergencia. Que traiga todo lo necesario para un examen completo.
​—¡No! ¡Alessandro, detente! —gritó Bianca, tratando de zafarse de mi agarre—. No tienes derecho a hacer esto. No estoy enferma, es solo el cansancio. ¡Déjame en paz!
​—Si es solo cansancio, el médico lo confirmará y te dejaré descansar —respondí con una frialdad que ocultaba el rugido de mi corazón—. Pero no vas a salir de este despacho hasta que sepa por qué te desmayas y por qué proteges tu vientre como si fuera un tesoro que quieres esconder de mí.

​_**BIANCA**_

​El doctor Rossi llegó en menos de veinte minutos. La humillación era insoportable. Alessandro se quedó en la habitación, cruzado de brazos, vigilando cada movimiento del médico como si fuera un centinela. No me permitió privacidad, no me permitió negarme. Me sentía como un animal acorralado.
​Tras unos minutos de tensión asfixiante y un análisis rápido, el doctor se giró hacia Alessandro, ignorándome por completo, como si yo fuera un objeto de estudio.
​—Felicidades, señor Moretti —dijo Rossi con una inclinación de cabeza—. Su esposa tiene aproximadamente ocho semanas de embarazo. El desmayo es producto de una anemia leve y, por supuesto, del estrés extremo. Necesita reposo absoluto.
​El silencio que siguió fue atronador. Alessandro no saltó de alegría; se quedó petrificado, con los ojos clavados en mí. Yo sentí que el mundo se acababa. El secreto había muerto y con él, mi última esperanza de escapar de este ciclo de sangre.
​—¿Lo sabías? —preguntó Alessandro, su voz era un susurro peligroso.
​—¿Y qué si lo sabía? —respondí, incorporándome con la poca dignidad que me quedaba—. Sabía que en cuanto te enteraras, este bebé dejaría de ser un niño para convertirse en otro peón de los Moretti. Quería protegerlo de ti, de tu venganza y de este odio que lo consume todo.

​_**ALESSANDRO**_

​Un hijo. Un hijo con la mujer que amo y que es hija de mi peor enemigo. La noticia me golpeó con la fuerza de un huracán. Mi instinto de posesión, ya de por sí desmedido, se multiplicó por mil. Si antes no pensaba dejarla ir, ahora era físicamente imposible.
​—Este niño es un Moretti —dije, acercándome a ella—. Y no irá a ninguna parte. Olvídate del divorcio, Bianca. Olvídate de salir de este país. Ahora tienes dos razones para quedarte: mi hermana y mi hijo.
​—¡No digas que es por mí! —le espeté, con las lágrimas ardiendo en mis ojos—. Me quieres aquí porque soy el puente hacia Elena. Porque ella solo confía en mí y tú estás desesperado por ganarte su perdón. Me usas como una niñera para tu hermana y ahora quieres usarme como una incubadora para tu heredero. ¡No me quieres a mí, Alessandro! Quieres lo que yo puedo darte.

​_**BIANCA**_

​Me dolió pronunciar esas palabras porque, en el fondo, sabía que eran verdad. Alessandro estaba obsesionado con reconstruir su familia rota. Elena era el milagro que buscaba y este bebé era la redención que creía merecer. Pero, ¿dónde quedaba yo? Para él, yo solo era la Valenti que podía facilitarle la vida.
​—Te equivocas —dijo él, aunque no se acercó para tocarme—. Te quiero aquí porque eres mía. Y este bebé es la prueba de que el destino quería que estuviéramos juntos, a pesar de los muertos que hay entre nuestras familias.
​—El destino no quiere nada, Alessandro —respondí con amargura—. Eres tú el que está forzando las piezas. Pero te lo advierto: no dejaré que este niño crezca viendo cómo su padre se consume por la venganza. Si me quedo, será bajo mis condiciones. No voy a ser tu rehén ni el consuelo de Elena mientras tú sigues planeando cómo destruir lo que queda de mi mundo.
​La guerra estaba declarada. Alessandro tenía el poder y la fuerza para retenerme, pero yo tenía algo más poderoso: la única conexión con su hermana y el futuro de su linaje en mis entrañas. Ya no era solo una esposa en desgracia; era la clave de su salvación, y pensaba usar cada gramo de esa ventaja para evitar que este bebé naciera en un nido de víboras.




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