Imperio de cenizas

42 El fuego de los Moretti

​_**BIANCA**_

​La tensión en el despacho era un muro invisible entre Alessandro y yo. El aire todavía vibraba con la revelación del doctor Rossi sobre mi embarazo cuando la puerta se abrió lentamente. Elena entró, con el rostro marcado por el cansancio y las lágrimas, pero sus ojos se fijaron de inmediato en los míos. Se acercó a mí, ignorando la figura imponente de Alessandro, y me tomó de las manos.
​—Bianca, lo he oído todo... —susurró Elena, y por primera vez en horas, vi un destello de luz en su mirada—. Vas a tener un bebé.
​Me apretó las manos con fuerza, como si yo fuera su único anclaje a la realidad.
—Por favor, prométeme que no te alejarás de mí. No ahora. No sé quién soy, no sé qué parte de mi vida es real, y tú eres la única que siempre ha estado ahí de verdad. Si te vas, me quedaré sola en este nido de lobos.
​Miré a Alessandro. Él observaba la escena con una mezcla de envidia y alivio. Elena se giró hacia él con una firmeza que nos sorprendió a ambos.
​—Y tú, Alessandro —dijo, clavando sus ojos en los de su hermano—. Si de verdad quieres que crea que eres mi sangre, tienes que demostrármelo. Prométeme aquí y ahora, delante de mí, que no volverás a tratar mal a Bianca. Ni una acusación más, ni un encierro, ni una palabra hiriente. Si la dañas a ella, me estarás dañando a mí.
​Alessandro tragó saliva, visiblemente afectado por la autoridad de su hermana pequeña.
—Te lo prometo, hermana. Mi palabra es ley. A partir de hoy, Bianca es intocable en esta casa.
​Elena asintió, aunque todavía no le devolvía el nombre de "hermano".
—Mañana quiero ir a casa de mis padres —sentenció ella—. Necesito hablar con las personas que me criaron, necesito contarles que ya lo sé todo. Pero no iré sola contigo, Alessandro. Quiero que Bianca me acompañe. Es la única condición para que salga de esta mansión contigo.
​Alessandro asintió rígidamente. No le gustaba la idea de sacarme ahora que sabía lo del bebé, pero por Elena, estaba dispuesto a ceder en cualquier cosa.

​_**ALESSANDRO**_

​La cena de esa noche fue un ejercicio de contención. Nos sentamos en el gran comedor de roble: yo en la cabecera, con Elena a mi derecha y Bianca a mi izquierda. El silencio era pesado, solo roto por el tintineo de los cubiertos, hasta que Isabella entró en el comedor luciendo un vestido excesivamente elegante y una sonrisa ensayada que me provocó una punzada de irritación.
​Isabella no había digerido bien que Elena hubiera pasado de ser una "amiga de la esposa" a ser la verdadera heredera Moretti. Se acercó a la mesa y, con una familiaridad fingida, intentó poner una mano sobre el hombro de Elena.
​—Elena, querida, no hemos tenido oportunidad de hablar tranquilamente —dijo Isabella con voz melosa—. Alessandro y yo somos amigos íntimos desde hace años, prácticamente somos familia. Estoy segura de que tú y yo nos llevaremos de maravilla. Puedo enseñarte todo sobre cómo funcionan las cosas en este círculo social, ahora que eres una de nosotros.
​Elena dejó los cubiertos con una parsimonia que congeló el ambiente. Se quitó la mano de Isabella de encima con un movimiento seco y la miró de arriba abajo con un desprecio absoluto.
​—Cada año de mi vida he sido la mejor amiga de Bianca —comenzó Elena, su voz resonando con una claridad cortante—. Desde hace un tiempo la he visto llorar por las humillaciones que tú le has propinado. Sé que intentaste envenenar la mente de Alessandro contra ella, que la abofeteaste y que celebras cada una de sus desgracias.
​—Elena, yo solo... —intentó interrumpir Isabella, palideciendo ante la mirada de todos los presentes.
​—No me interrumpas —la cortó Elena con una autoridad gélida—. No me importa cuánto tiempo lleves orbitando alrededor de Alessandro como un parásito. No me importa cuan enamorada estés de él. Para mí, no eres más que una mujer cruel que disfrutaba pisoteando a mi mejor amiga. No quiero tu ayuda, no quiero tus consejos y, sobre todo, no quiero tu cercanía.
​Isabella se quedó lívida, con la boca abierta, mirando desesperadamente hacia mí esperando que la defendiera. Pero yo solo seguí cortando mi carne, disfrutando interiormente de ver cómo mi hermana ponía en su sitio a la mujer que tanto daño había causado en mi matrimonio.
​—Ya has oído a mi hermana, Isabella —dije sin levantar la vista—. Creo que es mejor que te retires. Esta es una cena familiar, y tú no formas parte de ella.
​Isabella salió del comedor casi corriendo, con los ojos llenos de lágrimas de rabia. Bianca me miró, sorprendida por mi falta de defensa hacia mi "amiga", pero yo solo tenía ojos para Elena. Mi hermana acababa de demostrar que, a pesar de los años perdida, llevaba el fuego de los Moretti en las venas.




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