Imperio de cenizas

43 Utilidad disfrazada de afecto

​_**BIANCA**_

​El silencio en nuestro dormitorio era asfixiante, cargado de una electricidad que amenazaba con hacerme estallar en cualquier momento. Elena se había quedado instalada en una de las habitaciones de invitados, refugiada en su propio shock, y nosotros habíamos subido finalmente a nuestra habitación. Me acerqué al ventanal, abrazándome a mí misma, mirando hacia la oscuridad de los jardines.
​Sentí el calor de Alessandro antes de oírlo. Se detuvo justo detrás de mí, y aunque no me tocaba, sentía su presencia reclamando un espacio que yo ya no estaba dispuesta a darle.
​—Bianca... —su voz era baja, despojada de la autoridad fría de hace unas horas—. Tenemos que hablar de esto. Del bebé.
​—No hay nada de qué hablar, Alessandro —respondí sin girarme, sintiendo un nudo en la garganta—. Ya has conseguido lo que querías. Tienes a tu hermana bajo tu techo y ahora tienes la garantía de que un heredero mantendrá tu linaje vivo. Felicidades. Has ganado.

​_**ALESSANDRO**_

​Sus palabras me dolieron más que cualquier herida física. Di un paso más, acortando la distancia, y me atreví a poner mis manos sobre sus hombros. La sentí tensarse, pero no se apartó de inmediato.
​—No digas eso —susurré, hundiendo mi rostro cerca de su cuello, aspirando el aroma de su piel que tanto me había obsesionado—. Saber que llevas un hijo mío es lo más importante que me ha pasado en la vida. Quiero cuidar de ti. Quiero que estemos bien.
​Me aventuré a deslizar mis manos hacia abajo, buscando sus brazos, pero ella se soltó con un movimiento brusco, girándose para enfrentarme. Sus ojos brillaban con una mezcla de rabia y una tristeza profunda que me heló la sangre.
​—¡No me toques! —exclamó, con la voz rota—. No finjas que esto es por mí. Sé perfectamente cómo funciona tu cabeza, Alessandro. Me quieres aquí porque soy la única que puede calmar a Elena, porque soy el puente para que ella deje de verte como un monstruo. Y ahora me quieres por lo que llevo dentro. Me ves como una herramienta, una pieza de tu tablero que acaba de subir de valor.

​_**BIANCA**_

​—Eso no es cierto —dijo él, intentando dar otro paso hacia mí—. Te quiero a ti, Bianca.
​—¡Mientes! —le espeté, retrocediendo hacia la cama—. Si no estuviera embarazada y si Elena no hubiera resultado ser tu hermana, ahora mismo estarías firmando esos papeles de divorcio y deseando que desapareciera de tu vista para no tener que mirar a la hija de Vittorio Valenti. Solo soy necesaria para tus fines. Me usas como consuelo para tu hermana y como envase para tu hijo. Pero yo, Bianca, no existo para ti más allá de eso.
​Alessandro se detuvo, con el rostro endurecido por la frustración. Vi la lucha en sus ojos, la incapacidad de encontrar las palabras para negarlo porque, en el fondo, ambos sabíamos que la lealtad y la posesión siempre habían ido de la mano en su mundo.
​—Me quedaré, Alessandro —continué, limpiándome una lágrima traicionera—. Me quedaré porque se lo he prometido a Elena y porque no quiero que mi padre gane llevándome de vuelta a su infierno. Pero no esperes que vuelva a tu cama. No esperes que sea la esposa que quieres que sea. Dormiremos en la misma habitación si es necesario para mantener las apariencias ante tu hermana, pero entre nosotros no hay nada más que un contrato de conveniencia.

​**_ALESSANDRO_**

​La vi caminar hacia el vestidor para cambiarse, dejándome solo en medio de la habitación. El triunfo de haber recuperado a mi hermana y de saber que iba a ser padre se sentía amargo, casi como una derrota. Ella creía que era reemplazable, que mi amor era condicional a lo que ella representaba para mi familia.
​Quería gritarle que la amaba por encima de los secretos y la sangre, pero mi propio orgullo y la sombra de mi venganza me mantenían la lengua atada. Ella tenía razón en algo: mi mundo era un lugar donde la utilidad solía disfrazarse de afecto. Y ahora, tendría que luchar no solo contra mis enemigos externos, sino contra el muro de hielo que ella había levantado para proteger su corazón de mí.




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