Imperio de cenizas

44 La trampa

_**BIANCA**_

La noche fue un campo de batalla silencioso. Alessandro y yo compartimos la misma cama, pero la distancia entre nuestros cuerpos era un abismo infranqueable. Me mantuve en el borde del colchón, sintiendo el calor que emanaba de él y su respiración pesada, una presencia constante que me recordaba que, aunque estuviéramos juntos, yo nunca me había sentido más sola.
Al amanecer, el sol se filtró por las pesadas cortinas. Me levanté con cuidado, tratando de no despertar a la bestia, pero Alessandro ya estaba despierto, observándome desde la penumbra con una intensidad que me erizó la piel. Me vestí en silencio, pero él rompió la tregua antes de que pudiera salir del dormitorio.
—¿Vas a seguir fingiendo que no existo, Bianca? —su voz era ronca, marcada por la falta de sueño.
Me giré, ajustándome el cinturón del vestido con manos temblorosas.
—No finjo que no existes, Alessandro. Solo acepto la realidad. Estamos aquí por Elena y por el bebé. Fuera de eso, no tenemos nada de qué hablar.
Él se levantó de la cama, caminando hacia mí con esa elegancia peligrosa que siempre me había intimidado. Se detuvo a escasos centímetros.
—Tenemos todo de qué hablar. Llevas a mi hijo. Mi hermana ha vuelto a la vida gracias a ti. No puedes simplemente levantar un muro y esperar que me quede fuera.
—El muro lo levantaste tú cuando decidiste que yo era una traidora sin darme el beneficio de la duda —le espeté, mirándolo a los ojos—. Ahora, si me disculpas, tu hermana nos espera. No la hagas pasar por esto sola.
Tres golpes suaves en la puerta interrumpieron la confrontación. Era Elena. Al abrir, la encontré con una maleta pequeña y los ojos enrojecidos.
—¿Estáis listos? —preguntó ella, mirando de uno a otro—. Por favor, necesito que hoy seáis... normales. No sé si podré soportar vuestra guerra personal mientras intento entender por qué mis padres me mintieron durante veinte años.
—Lo estamos, Sofía —dijo Alessandro, suavizando el tono y poniendo una mano en el hombro de su hermana—. Vamos a ir a esa casa, obtendrás tus respuestas y volveremos. Nadie va a tocarte.
—Quiero que Bianca entre conmigo —sentenció Elena, mirando a su hermano con firmeza—. Tú puedes quedarte en la entrada o con los guardias, pero necesito a Bianca a mi lado cuando hable con ellos. Ella es la única que no tiene las manos manchadas de esta historia.
Alessandro apretó la mandíbula, pero asintió. Subimos al coche en un silencio sepulcral, solo roto por las breves indicaciones de ruta. El trayecto hacia la pequeña casa de campo de los Miller se sintió como un viaje hacia el patíbulo.

_**ALESSANDRO**_

Al llegar a la propiedad, el ambiente se volvió gélido. Los Miller, esas personas que habían criado a mi hermana bajo una mentira financiada por la sangre de mi familia, nos esperaban en el porche. Al verme, el hombre palideció y retrocedió, reconociendo seguramente en mi rostro los rasgos del padre que Vittorio asesinó.
—No tengáis miedo —dijo Elena, bajando del coche y caminando hacia ellos—. Solo quiero la verdad.
Me quedé junto al coche, cumpliendo la promesa hecha a mi hermana, pero mis ojos no se apartaban de Bianca. Ella caminaba al lado de Elena, sosteniéndole la mano, dándole la fuerza que yo, por mi propia naturaleza, no podía darle. Me dolía ver que mi esposa era el pilar de mi hermana mientras conmigo era solo hielo.
—¿Por qué? —escuché la voz de Elena desde el porche—. ¿Por qué aceptasteis a una niña que no era vuestra? ¿Sabíais que Vittorio había matado a mis padres?
La mujer, Martha Miller, estalló en llanto.
—Él nos dijo que no tenías a nadie, Elena... Nos dijo que si te cuidábamos, estaríamos a salvo. Éramos pobres, no podíamos tener hijos... te amamos desde el primer segundo.
—¡Me robasteis mi nombre! —gritó Elena, y el dolor en su voz me hizo dar un paso al frente, aunque Bianca me hizo una señal con la mano para que me detuviera—. ¡Tenía un hermano! ¡Tenía una vida!
Me alejé un poco hacia el jardín, incapaz de escuchar más sin perder el control y quemar esa casa con ellos dentro. Bianca me siguió un momento después, dejando a Elena hablando a solas con los Miller en el interior.
—¿Estás satisfecha? —le pregunté con amargura cuando se acercó—. Mira lo que el mundo de tu padre le hizo a esa gente y a mi hermana.
—Nadie está satisfecho aquí, Alessandro —respondió Bianca, cruzándose de brazos—. Esos ancianos tenían miedo. Mi padre no pide favores, da órdenes bajo amenaza de muerte. No los culpes a ellos de la misma forma que me culpaste a mí.
—No es lo mismo y lo sabes —dije, acercándome a ella—. Tú eres mi esposa. Ellos eran cómplices de un secuestro de veinte años.
—Yo también fui cómplice de tu silencio y de tu violencia, y aquí sigo —dijo ella con una frialdad que me cortó el aliento—. Alessandro, deja de buscar culpables en cada rincón. Tienes a tu hermana de vuelta. Concéntrate en eso y deja de intentar controlarlo todo.
—¿Incluso a ti? —pregunté, atrapando su mirada—. ¿También tengo que dejar de intentar controlarte a ti ahora que llevas a mi hijo?
—Especialmente a mí —sentenció ella—. Porque cuanto más aprietes, más rápido me perderás en cuanto este bebé nazca.
Justo cuando iba a responder, mi teléfono vibró. Era Mateo. Su voz sonaba urgente, por encima del ruido de motores acelerando.
—¡Alessandro, salid de ahí ahora mismo! —gritó Mateo por el auricular—. Vittorio ha movido sus últimas fichas desde la cárcel. No vienen a negociar. Sus hombres creen que si eliminan a Bianca y al bebé, tú perderás tu ventaja sobre lo que queda del clan Valenti. Han localizado el GPS del coche. ¡Están a dos minutos!
—¡Bianca, al coche! —rugí, agarrándola del brazo sin ceremonias.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, asustada por mi cambio repentino de humor.
—Viene tu familia, Bianca —dije, sacando mi arma y haciendo una señal a los guardias que estaban apostados en los árboles—. Pero no vienen a salvarte. Vienen a asegurarse de que el linaje Moretti muera contigo. ¡Saca a Elena de esa casa ahora mismo!




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