**_ALESSANDRO_**
El estruendo de los neumáticos derrapando sobre la grava rompió la paz del campo. Dos camionetas negras irrumpieron en el camino de entrada, bloqueando nuestra salida. Mis hombres tomaron posiciones de inmediato, pero estábamos superados en número.
—¡Al suelo! —grité, empujando a Bianca y a Elena detrás del coche blindado mientras las primeras balas impactaban contra la carrocería.
—¡Alessandro, mis padres! —gritó Elena, señalando la casa—. ¡Están dentro!
—¡Olvida a los Miller, Sofía! ¡Agáchate! —le respondí mientras devolvía el fuego.
Vi por el rabillo del ojo que un tirador se posicionaba en el flanco izquierdo. Su objetivo no era yo, era el bulto que sobresalía detrás del coche: Bianca. El estallido de un cristal cercano me hizo reaccionar, pero no fui lo suficientemente rápido. Una bala rozó el brazo de Bianca y ella soltó un grito ahogado, cayendo de lado.
—¡Bianca! —el corazón se me detuvo. Me lancé hacia ella, cubriéndola con mi propio cuerpo mientras el plomo llovía sobre nosotros—. Dime que estás bien, ¡mírame!
—Estoy bien... solo me quema —jadeó ella, presionando su brazo. La sangre manchaba su vestido, pero la herida era superficial, un surco rojo en la piel—. ¡Protege a Elena!
Me giré justo para ver a un hombre saltar el muro bajo del porche, apuntando directamente a mi cabeza mientras yo estaba vulnerable en el suelo protegiendo a Bianca. No tenía ángulo para disparar. Pero entonces, un estruendo seco sonó a mi lado.
Elena estaba de pie, con las manos temblando violentamente, sosteniendo el arma que se le había caído a uno de mis guardias heridos. El atacante cayó hacia atrás, con un agujero en el pecho. Ella dejó caer el arma y se desplomó de rodillas, entrando en estado de shock.
—¡Subid al coche! ¡Ahora! —rugí.
Cargué a Bianca en el asiento trasero y arrastré a Elena conmigo. Mateo y el resto de los refuerzos aparecieron en ese instante, abriendo un pasillo de fuego que nos permitió salir de la propiedad a toda velocidad.
_**BIANCA**_
De regreso en la mansión, el doctor Rossi terminó de vendarme el brazo. Alessandro no se había separado de mi lado ni un segundo, pero yo no podía dejar de temblar. No por el dolor, sino por la mirada de horror en el rostro de Elena al darse cuenta de lo que había hecho.
—Fue solo un rasguño, Alessandro. Deja de mirarme así —dije, apartando mi brazo con brusquedad cuando intentó tocarme.
—Podrías haber muerto. El bebé podría haber muerto —respondió él, con la voz quebrada por una angustia que nunca le había visto—. No voy a perdonarme esto.
La puerta del salón se abrió de golpe. Mateo entró con paso firme, sosteniendo una tableta y una bolsa de pruebas. Su rostro estaba más sombrío que de costumbre.
—He terminado de analizar el historial de la torre de comunicaciones de la zona —dijo Mateo, mirando directamente a Alessandro—. Y tengo los resultados del rastreo del micrófono que encontramos en la habitación de Bianca hace semanas.
Alessandro se puso en pie, recuperando su máscara de frialdad.
—¿Y bien? ¿A quién pertenecía ese teléfono que Bianca decía no haber visto?
—Bianca tenía razón, Alessandro —sentenció Mateo, dejando caer un pequeño dispositivo sobre la mesa—. El teléfono no era de ninguno de los hombres de los Valenti. El dispositivo se activó desde dentro de esta casa. He recuperado las grabaciones borradas de la nube.
Mateo pulsó un botón. Una voz familiar llenó la habitación: "Alessandro está empezando a dudar de ella. Seguid enviando los mensajes al teléfono de Bianca desde el servidor oculto. Aseguraos de que parezca que ella está informando a Vittorio. Yo me encargaré de que él encuentre las pruebas en su mesita de noche".
El color abandonó el rostro de Alessandro de golpe. Sus hombros cayeron y dio un paso atrás, como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago.
—¿Isabella? —susurró él, con los ojos desorbitados—. ¿Fue ella todo el tiempo?
—No solo eso —continuó Mateo—. Fue ella quien filtró vuestra ubicación hoy a los hombres de Vittorio. Quería que Bianca desapareciera del mapa para recuperar su lugar a tu lado. Ella mató a tus guardias y casi mata a tu esposa y a tu hermana.
Alessandro se giró lentamente hacia mí. La culpa que emanaba de él era casi tangible. Se acordó de cada bofetada, de cada insulto, de cada noche que me dejó encerrada gritándome que era una traidora, mientras yo le suplicaba que fuera a por Isabella.
—Bianca... yo... —empezó a decir, pero su voz se extinguió.
—Me llamaste mentirosa, Alessandro —dije, levantándome del sofá con esfuerzo, sosteniéndome el brazo herido—. Me humillaste delante de todo el mundo. Dejaste que esa mujer me pusiera la mano encima mientras tú me mirabas con asco. Ella te dio lo que querías: una excusa para odiarme porque soy una Valenti.
—¡No sabía! ¡Ella era mi amiga, yo confiaba...! —intentó justificarse, pero sus palabras sonaban huecas.
—Tú elegiste confiar en ella antes que en tu propia esposa, incluso cuando las pruebas no tenían sentido —le corté, caminando hacia la puerta—. Hiciste que mi vida fuera un infierno por una mentira que ella te vendió. Así que ahora, quédate con tu verdad. Elena ha matado por ti y yo casi muero por ti, pero quien realmente te destruyó fue la única persona que dejaste entrar en tu círculo íntimo.
Alessandro se quedó solo en medio del salón, palideciendo ante la magnitud de su error. Había pasado meses cazando fantasmas fuera de sus muros, sin darse cuenta de que el verdadero monstruo dormía en su propia casa y comía en su mesa.
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Editado: 22.01.2026