Imperio de cenizas

46 La Fortaleza del nuevo hogar

​_**BIANCA**_

​La mansión principal se había convertido en un mausoleo de culpas. Tras la detención de mi padre y el descubrimiento de las terribles mentiras de Isabella, el aire era tan pesado que costaba respirar. Alessandro deambulaba por los pasillos como una sombra, cargando con el peso de haber sido engañado por su "mejor amiga" mientras me destruía a mí con sus sospechas. Pero yo no estaba lista para perdonar; las heridas del alma no cicatrizan solo porque el verdugo se dé cuenta de su error.
​Esa mañana, Elena bajó a la cocina. Se veía pálida, con esa mirada perdida que se le había quedado desde que disparó aquel arma en la granja para salvarnos.
​—No puedo seguir aquí, Bianca —dijo, dejando una maleta pequeña sobre la encimera—. Cada rincón de esta casa me recuerda a la mentira en la que he vivido. Voy a volver a mi piso del centro. Necesito recuperar a "Elena", aunque sea solo un poco, lejos de los Moretti y de los Valenti.
​—Elena, el centro no es seguro ahora —le advertí, acercándome a ella y tomándola de las manos—. Los hombres que servían a mi padre siguen ahí fuera, y ahora saben quién eres. Eres el blanco perfecto para una venganza.
​—Bianca tiene razón —la voz de Alessandro resonó desde la entrada. Venía con ojeras profundas y el rostro endurecido—. No vas a ninguna parte sola, Sofía. El piso del centro es una ratonera.
​—¡No soy un objeto que puedas guardar bajo llave, Alessandro! —estalló Elena, girándose hacia él con furia—. ¡Ya me han robado veinte años, no me robes también mi libertad!
​—No quiero encerrarte —dijo él, tratando de suavizar el tono, aunque su voz sonaba rota—. Pero esta casa está maldita para todos nosotros. Tengo una propiedad a las afueras, la llamamos "La Fortaleza". Es una mansión inmensa, rodeada de bosque y con seguridad de última generación. Está dividida en cuatro alas independientes. Elena, tú tendrías tu propia ala, con tu entrada y tu salón. No tendrías que ver a nadie si no quieres. Bianca... tú tendrías la tuya propia en el lado opuesto. Estaremos bajo el mismo techo para protegeros, pero tendréis la privacidad que este lugar nos ha robado.
​Miré a Elena y luego a él. La idea de no tener que compartir dormitorio con Alessandro, de tener mi propio refugio sin dejar de estar protegida, era la única opción que podía aceptar.

​_**ALESSANDRO**_

​Ver la desconfianza en los ojos de Bianca era un puñal que yo mismo me había clavado. Sabía que necesitaba ofrecerles algo más que muros de hormigón; necesitaba ofrecerles la paz que mis dudas les habían quitado.
​—No estaréis solas conmigo —continué, tratando de convencerlas—. Mateo vive en el ala oeste con el equipo de seguridad. Y en el ala norte viven Marco y su esposa, Giulia.
​Vi cómo la expresión de Bianca se relajaba ligeramente al mencionar a Giulia. Marco era mi hombre de mayor confianza, alguien que entendía la lealtad mejor que nadie, y Giulia siempre había sido un remanso de bondad para Bianca en medio de la hostilidad de mi círculo.
​—Ellos se encargan de que esa casa funcione —añadí—. Son familia. Estaremos todos juntos, protegidos por un perímetro que nadie puede romper. Es la única forma de que tú, Bianca, descanses por el bebé, y de que Sofía procese todo esto sin miedo.
​—Está bien —sentenció Bianca, mirándome con una frialdad que me heló la sangre—. Pero que quede claro: nos mudamos por seguridad y por Elena. Tú te quedas en tu ala, yo en la mía. No habrá cenas conyugales ni pretensiones de que todo está bien. Entre nosotros solo queda el bienestar de este niño.
​Acepté con un simple asentimiento, aunque por dentro sentía que me desmoronaba. La mudanza se realizó al caer la tarde. La mansión de las afueras era una joya de arquitectura moderna, imponente y segura. Al llegar, Giulia salió a recibirnos con una sonrisa cálida que fue el primer gesto de humanidad que recibimos en días. Se acercó a Elena con un abrazo y luego tomó las manos de Bianca con cariño.
​—He preparado tu ala, Bianca. Tiene una terraza preciosa que da al bosque —dijo Giulia—. Marco ha revisado cada sensor. Aquí nadie entrará sin permiso.
​Observé cómo Bianca se alejaba hacia su nueva estancia escoltada por Giulia y Marco. Me quedé solo en el gran vestíbulo, dándome cuenta de que me había convertido en el guardián de una mujer que ya no quería ser mi esposa. Me instalé en el ala sur, transformándola en mi centro de operaciones. Esa noche, mientras revisaba las cámaras, supe que aunque las paredes de "La Fortaleza" eran impenetrables, el muro que separaba mi ala de la de Bianca sería el más difícil de derribar.




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