Imperio de cenizas

47 La soledad

​_**BIANCA**_

​La vida en mi ala de "La Fortaleza" se había convertido en un ritual de silencios y autocuidado. Por las mañanas, desayunaba sola en mi terraza, viendo cómo la niebla se disipaba sobre los pinos. Giulia solía visitarme a media mañana; ella era la única que lograba que comiera algo nutritivo sin que las náuseas me vencieran. Me hablaba de las flores que quería plantar y de cómo Elena estaba empezando a pintar de nuevo en su propio estudio.
​—Alessandro ha preguntado por ti tres veces hoy —me dijo Giulia mientras me servía un vaso de zumo natural—. Está como un león enjaulado en el ala sur, Bianca. Marco dice que apenas duerme.
​—Pregunta por el bebé, Giulia, no por mí —respondí, acariciando mi vientre, que empezaba a notarse bajo la seda de mi camisón—. No confundas su instinto de propiedad con amor.
​—Creo que te equivocas —susurró ella con tristeza—. He visto a hombres arrepentidos, pero lo de él es una agonía. No sabe cómo acercarse sin que le saltes al cuello.
​—Pues que no se acerque —sentencié—. Me llamó traidora cuando más lo necesitaba. Dejó que Isabella me humillara. No se borra eso con unas ojeras y un par de preguntas a través de terceros.
​Sin embargo, el destino tenía otros planes. Por la tarde, mientras descansaba en el diván, escuché unos pasos pesados en el pasillo. No era el caminar ligero de Giulia ni el paso rítmico de Marco. Eran botas de cuero golpeando el parqué con una duda que conocía muy bien. Tres golpes cortos sonaron en mi puerta.
​—Bianca, soy yo. Por favor, ábreme.
​Mi primer instinto fue ignorarlo, pero el tono de su voz —no el del capo autoritario, sino el de un hombre que parecía estar al borde del abismo— me hizo levantarme. Abrí la puerta solo unos centímetros, manteniéndome protegida por el marco de madera. Alessandro estaba allí, sosteniendo una caja pequeña de madera tallada.
​—¿Qué quieres, Alessandro? —pregunté con voz plana—. El horario de visitas para el "contenedor de tu heredero" no es hasta mañana con el médico.


​**_ALESSANDRO_**

​Sus palabras fueron como una bofetada física. Me dolía que se viera a sí misma así, pero sabía que yo le había dado todos los motivos del mundo para sentirse de esa manera.
​—No he venido por eso —dije, tratando de mantener la calma mientras mi mano temblaba levemente al sostener la caja—. He encontrado esto entre las cosas que mis padres guardaron antes de... antes del ataque. Es un sonajero de plata que perteneció a mi abuelo. Quería que lo tuvieras tú. Para el niño. O la niña.
​Bianca miró la caja con una indiferencia que me desgarró el alma. No hizo ni el más mínimo amago de cogerla.
​—Guárdalo tú, Alessandro —respondió ella, cruzándose de brazos—. En esta casa hay demasiadas reliquias familiares manchadas de sangre. No quiero que mi hijo empiece su vida coleccionando objetos de una dinastía que solo conoce el odio.
​—Bianca, por favor... —di un paso hacia adelante, intentando invadir su espacio, necesitando desesperadamente sentir su calor—. Sé que me odias. Sé que fui un estúpido al creer a Isabella. Pero no puedes castigarme así para siempre. Estamos viviendo como extraños bajo el mismo techo.
​—No te castigo yo, te castigan tus actos —dijo ella, y por primera vez vi una chispa de fuego en sus ojos—. ¿Sabes qué es lo que más me duele? No es que Isabella me tendiera una trampa. Es que tú estuvieras tan ansioso por creerla. Querías que yo fuera la villana porque eso justificaba tu odio hacia mi apellido.
​—¡Eso no es verdad! —exclamé, dejando la caja sobre una mesa auxiliar con un golpe seco—. ¡Te amo tanto que la sola idea de que pudieras traicionarme me volvía loco!
​—Si me amaras, habrías confiado —sentenció ella, empezando a cerrar la puerta—. Disfruta de tu "Fortaleza", Alessandro. Es el lugar perfecto para un hombre que tiene todo el poder del mundo pero a nadie que quiera compartirlo con él. En cuanto nazca este bebé, pediré los papeles de nuevo. Y esta vez, no habrá Elena que me detenga.
​Cerró la puerta en mi cara. Me quedé solo en el pasillo, mirando la madera blanca, sintiendo el peso del silencio. Podía controlar a ejércitos, podía derrocar imperios criminales, pero era incapaz de recuperar el corazón de la mujer que dormía a diez pasos de mí. Me di la vuelta para regresar a mi ala, dándome cuenta de que "La Fortaleza" no era para protegernos de los Valenti; se había convertido en la cárcel de mi propia soledad.




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