**_ALESSANDRO_**
La puerta cerrada de Bianca seguía quemando en mi mente mientras caminaba hacia el centro de mando en el ala oeste. La caja de plata que ella había rechazado pesaba en mi bolsillo como si fuera de plomo. Ella tenía razón: yo había buscado una excusa para odiarla porque mi orgullo no soportaba amar a una Valenti, y ese error me estaba costando mi familia. Pero si quería recuperar una pizca de su respeto, primero tenía que erradicar el veneno que seguía acechándonos.
Entré en la sala de monitores. Mateo estaba allí, rodeado de pantallas, con una expresión que vaticinaba tormenta.
—Dime que la tienes —dije, apoyando las manos sobre la mesa llena de mapas digitales.
—Isabella es inteligente, pero su ego la delata —respondió Mateo, señalando un punto intermitente en el radar—. Ha estado usando una red de contactos que Vittorio mantenía en la sombra. Se oculta en un antiguo almacén de exportación cerca del puerto. Es una propiedad que técnicamente no existe en los registros legales, una de las "oficinas" privadas de los Valenti.
—¿Cuántos hombres tiene con ella? —pregunté, sintiendo que la adrenalina empezaba a sustituir el vacío en mi pecho.
—No muchos. Los leales a Vittorio se están dispersando ahora que él está acabado, pero los que quedan son fanáticos. Creen que rescatar a Isabella es su última oportunidad para dar un golpe contra nosotros. Alessandro... no podemos esperar a la policía. Si se mueve de ahí, la perderemos en el inframundo de la ciudad.
—No voy a esperar a nadie —sentenció, revisando el cargador de mi arma—. Marco se quedará aquí con el doble de seguridad rodeando las alas de Bianca y Elena. Nadie entra, nadie sale. Tú y yo vamos a terminar esto hoy. No quiero que esa mujer respire el mismo aire que mi esposa ni un minuto más.
_**BIANCA**_
El silencio de la mansión se sentía denso, casi sólido. Me había refugiado en mi dormitorio, intentando leer un libro para calmar la agitación de mi vientre, pero el presentimiento de que algo oscuro estaba ocurriendo no me abandonaba. Sabía que Alessandro y Mateo se habían marchado; el rugido de los motores al salir de la propiedad había roto la calma de la noche hace más de una hora.
De repente, el teléfono de mi mesita de noche vibró con una insistencia aterradora. Al ver el nombre de Mateo en la pantalla, el corazón me dio un vuelco.
—¿Mateo? ¿Qué ha pasado? —pregunté, mi voz apenas un susurro.
—Bianca, escúchame bien —la voz de Mateo sonaba entrecortada, se oía el viento de la carretera y el chirrido de unos frenos—. La hemos cogido. Tenemos a Isabella. Pero las cosas se complicaron en el almacén. Hubo un tiroteo cruzado.
—¿Dónde está Alessandro? —el aire se escapó de mis pulmones. El libro cayó al suelo, olvidado.
—Está herido, Bianca. Le han dado en el costado. Estamos llegando a la mansión por la entrada trasera. No podemos ir a un hospital público, los hombres de tu padre podrían estar vigilando las urgencias. El doctor Rossi ya está en camino, pero necesito que bajes al sótano, a la zona de la enfermería privada. Ahora mismo.
Colgué el teléfono con las manos temblando de forma violenta. A pesar de todo el dolor, de las bofetadas de Alessandro y de su falta de fe en mí, la idea de perderlo me provocó una náusea insoportable. Salí de mi ala corriendo, ignorando el pinchazo de dolor en mi propio brazo herido.
Bajé las escaleras hacia el sótano, donde la mansión se convertía en un búnker de cemento y luces blancas. Al llegar a la puerta de la enfermería, vi a Mateo aparecer por el pasillo, cargando a un Alessandro que apenas podía mantenerse en pie. Su camisa blanca estaba empapada de un rojo carmesí que me hizo palidecer.
—¡Alessandro! —grité, corriendo hacia ellos.
Él levantó la vista, sus ojos desenfocados por el dolor y la pérdida de sangre. A pesar de su estado, intentó esbozar una sonrisa amarga al verme.
—Te dije... que la traería —logró decir antes de que un acceso de tos lo obligara a apoyarse en Mateo—. Está en el coche... esposada. He cumplido... Bianca.
—¡Cállate, idiota! ¡No hables! —le espeté con lágrimas en los ojos mientras ayudaba a Mateo a tumbarlo en la camilla de la clínica privada—. ¿Por qué tienes que ser tan testarudo?
El doctor Rossi entró en ese momento, pidiéndonos espacio. Mientras me obligaban a retroceder, vi la sangre de Alessandro en mis propias manos. Miré hacia el pasillo, donde Marco escoltaba a una Isabella maltrecha y encadenada hacia las celdas de seguridad del fondo. La justicia había llegado, pero el precio estaba manchando el suelo frente a mí.
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Editado: 22.01.2026