Imperio de cenizas

49 Capturada

​_**BIANCA**_

​Las puertas de la enfermería se cerraron tras el doctor Rossi, dejándonos a Elena, a Mateo y a mí en el gélido pasillo del sótano. El silencio solo era interrumpido por los sollozos de Elena, que se abrazaba a sí misma mientras miraba la sangre fresca en el suelo. Me acerqué a ella y le rodeé los hombros con mi brazo sano.
​—Va a estar bien, Elena. Es un Moretti, es demasiado testarudo para morir así —susurré, aunque mis propias manos no dejaban de temblar.
​Elena levantó la vista, y vi algo diferente en sus ojos. No era solo miedo por el tiroteo; era una mirada profunda, como si estuviera viendo a través del tiempo.
​—He recordado algo mientras lo traían —dijo con voz quebrada—. El olor a metal... el ruido de los disparos. He visto a Alessandro de niño. Estábamos escondidos en un armario y él me tapaba la boca con su mano para que no me oyeran llorar. Me decía: "No te muevas, Sofía, yo te protegeré". Él siempre ha estado haciendo esto, Bianca. Protegiéndome de fantasmas. Y ahora está ahí dentro por culpa de esa mujer.
​Elena se separó de mí y miró hacia el fondo del pasillo, donde la puerta de hierro de las celdas de seguridad permanecía cerrada. Su tristeza se transformó en una rabia gélida, una que reconocí de inmediato: la misma furia que Alessandro desataba cuando alguien tocaba a los suyos.
​—Quiero verla —sentenció Elena—. Quiero que me mire a la cara y me diga por qué decidió destruir lo poco que nos quedaba.
​Miré a Mateo. Él asintió lentamente, sacando el manojo de llaves electrónicas.
—Alessandro quería que Bianca decidiera su destino. Creo que es hora de que Isabella vea que no ha ganado nada.
​Caminamos hacia la celda con Mateo abriendo camino. El aire en esa zona del sótano era pesado y húmedo. Cuando la puerta de acero se abrió, encontramos a Isabella sentada en un banco de piedra. Tenía el cabello revuelto y la mirada desquiciada, pero al vernos entrar, intentó recuperar su máscara de arrogancia.
​—Vaya, el comité de bienvenida —escupió Isabella, fijando sus ojos en mi vientre con un odio palpable—. ¿Ha muerto ya el gran Alessandro? ¿O vienes a pedirme que te enseñe cómo ser una verdadera mujer para él, Bianca?
​—Cierra la boca, Isabella —dijo Mateo, colocándose en la esquina de la celda con los brazos cruzados, bloqueando la única salida—. Estás aquí para confesar. Cada mensaje, cada trampa, cada filtro de información a los Valenti.
​—No tengo nada que decir —se burló ella—. Alessandro me ama. En cuanto despierte y se dé cuenta de que casi muere por culpa de esta...
​—¡No es culpa de ella! —el grito de Elena resonó en las paredes de hormigón. Se adelantó, quedando a pocos centímetros de los barrotes internos—. Casi muere por tu obsesión. ¿Crees que no te recuerdo? He empezado a recordar la casa de mi infancia. Recuerdo a la gente que entraba y salía. Tú eras la niña que siempre intentaba apartarme de mi hermano, incluso entonces.
​Isabella palideció al ver la determinación en el rostro de Elena.
—Tú no eres nadie, Sofía. Eres un fantasma que debería haberse quedado en las cenizas.
​Me adelanté, poniéndome al lado de Elena. Saqué el teléfono que Mateo me había entregado, donde estaban las pruebas de sus conversaciones con los hombres de mi padre.
​—Se acabó, Isabella —dije con una calma que me sorprendió a mí misma—. Tu confesión no es para que Alessandro te perdone; él nunca lo hará. Es para que el mundo sepa lo que eres. Si no hablas ahora, si no admites cada detalle de cómo me tendiste la trampa del teléfono en mi habitación, te entregaré a los hombres de mi padre que quedan fuera. Ellos creen que tú los traicionaste al no entregarme en el muelle. Sabes lo que le hacen a los traidores, ¿verdad?
​Isabella tembló. El miedo a la mafia Valenti era mayor que su odio hacia mí. Miró a Mateo, luego a Elena y finalmente se derrumbó, sollozando con una mezcla de autocompasión y rabia.
​—Fui yo... —susurró—. Yo puse el teléfono. Yo envié los mensajes desde el servidor de Vittorio para que Alessandro creyera que Bianca lo vendía. Quería que la echara... quería que volviéramos a ser nosotros dos. Ella no se merece este imperio. Ella no es nada.
​Elena me miró, y por primera vez en días, vi que compartíamos un entendimiento absoluto. Isabella acababa de firmar su sentencia. No necesitábamos más. Salimos de la celda dejando a Isabella gritando en la oscuridad. Al subir de nuevo a la enfermería, el doctor Rossi salía con el rostro cansado.
​—La bala no tocó ningún órgano vital, pero ha perdido mucha sangre —explicó el médico—. Está despertando. Ha estado llamando a Bianca desde que salió de la anestesia.
​Miré a Elena. Ella me empujó suavemente hacia la puerta.
—Ve tú. Yo me quedaré aquí fuera. Él necesita saber que ahora sabemos la verdad.
​Entré en la habitación, donde el olor a antiséptico era sofocante. Alessandro estaba pálido, conectado a un monitor, pero al oír mis pasos, abrió los ojos lentamente.
​—Bianca... —su voz era un hilo—. ¿Se ha ido? ¿Está... a salvo?
​Me acerqué a la cama, mirando al hombre que me había hecho tanto daño, pero que casi había muerto por limpiar mi nombre.




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