Imperio de cenizas

52 Invitación envenenada

​_**ALESSANDRO**_

​La luz del amanecer se filtraba como hilos de oro líquido a través de los ventanales, pero para mí, el único sol que importaba era el calor de Bianca a mi lado. Me giré sobre el costado, observándola dormir. Su piel parecía de porcelana bajo la seda, y el suave ritmo de su respiración era la única música que necesitaba. No pude evitarlo; deslicé mi mano con una lentitud tortuosa por la curva de su cadera, subiendo hasta el nacimiento de su pecho, donde sentí el latido acelerado de su corazón.
​Ella despertó con un suspiro, sus ojos encontrándose con los míos en una bruma de deseo y sueño. No hubo palabras, no hacían falta. Me incliné sobre ella, atrapando sus labios en un beso profundo que sabía a urgencia y a meses de hambre contenida. Mis manos se perdieron en su cabello mientras ella rodeaba mi cuello, atrayéndome con una fuerza que me hizo gruñir contra su boca.
​Deslicé la bata de seda fuera de sus hombros, dejando que la prenda cayera como una caricia olvidada al suelo. El contraste de mi piel bronceada contra la suya, tan pálida y suave, era una imagen que me quemaba los sentidos. Bajé mis labios por su cuello, trazando una línea de fuego hasta el inicio de su vientre, donde la vida que compartíamos palpitaba. Bianca arqueó la espalda, soltando un gemido que rompió el silencio de la habitación, sus dedos enterrándose en mis hombros.
​—Alessandro... —susurró mi nombre como una súplica y una orden a la vez.
​Me elevé sobre ella, sosteniendo mi peso con los brazos mientras la devoraba con la mirada. Sus muslos se envolvieron alrededor de mi cintura, instándome a terminar con la distancia. Cuando finalmente nos fundimos en uno solo, el mundo exterior desapareció. Cada movimiento era una coreografía de piel contra piel, un ritmo frenético y a la vez tierno que buscaba borrar cada cicatriz de traición. El sudor brillaba en nuestros cuerpos mientras la habitación se llenaba del sonido de nuestras respiraciones entrecortadas y el roce rítmico de las sábanas de lino. En el clímax de la pasión, la estreché contra mi pecho con una posesividad feroz, sintiendo que en ese instante, ella volvía a ser mía y yo, irrevocablemente, le pertenecía a ella.

​_**BIANCA**_

​Me quedé tumbada, recuperando el aliento, con la cabeza apoyada en el pecho de Alessandro. Podía sentir el eco de su corazón, todavía acelerado. Era un momento de paz absoluta, una burbuja que deseaba que no se rompiera nunca. Sin embargo, vi cómo la mirada de Alessandro se endurecía de repente al fijarse en algo sobre la mesilla de noche: su teléfono vibraba sin descanso.
​—Tengo que bajar —susurró, besando mi frente—. Mateo dice que ha llegado algo. Quédate aquí, descansa.
​Pero no pude. Un presentimiento helado sustituyó el calor de la cama. Me vestí con rapidez y bajé las escaleras, encontrando a Alessandro en el salón principal junto a Mateo y Marco. En el centro de la mesa, una caja de madera lacada en negro parecía absorber toda la luz de la estancia.
​—Es de Vittorio —dijo Alessandro, su voz ahora gélida, muy distinta a la que me había susurrado hacía unos minutos—. Ha enviado un "regalo" para el bebé.
​Me acerqué y vi el contenido: un faldón de bautismo de encaje antiguo, exquisito y sombrío a la vez. Encima, una nota con la caligrafía afilada de mi padre: "La sangre no se traiciona. El heredero debe conocer sus raíces. Os espero en la cena de los patriarcas para celebrar mi libertad".
​—Es una trampa —dije, sintiendo un escalofrío—. La cena de los patriarcas es el evento más sagrado de las familias. Si vamos, estamos en su terreno. Si no vamos, nos declara la guerra ante todos.
​—No voy a llevarte a ese matadero, Bianca —rugió Alessandro, apretando los puños—. Ese hombre no tocará a este niño ni volverá a ponerte una mano encima.
​—Alessandro, escucha —dije, tomando su mano para calmar su furia—. Si nos escondemos ahora, nunca dejaremos de correr. Elena está recordando, nosotros estamos intentando ser una familia... Si queremos que este bebé nazca libre, tenemos que enfrentar al monstruo de cara.
​Él me miró, y por un segundo vi la lucha en sus ojos entre el deseo de protegerme y la necesidad de destruir a Vittorio.
​—Iremos —cedió finalmente, con una sonrisa peligrosa—. Pero no como invitados. Iremos como los Moretti que él no pudo quebrar. Mateo, prepara el armamento pesado. Si esa cena es lo que quiere Vittorio, le daremos una velada que no olvidará jamás.




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