_**ALESSANDRO**_
La villa de los Valenti se alzaba sobre la colina como un mausoleo iluminado. Al cruzar la puerta principal, sentí la tensión de mis hombres a través del auricular oculto en mi oído. El aire olía a incienso y a peligro. Mi mano no se separaba de la cintura de Bianca; podía sentir su pulso acelerado bajo la seda del vestido, pero su espalda estaba tan recta como la de una reina dirigiéndose a su ejecución.
—Mantén la calma, tesoro —susurré mientras los criados, vestidos de gala pero con ojos de soldados, nos escoltaban hacia el gran comedor.
—No es calma lo que siento, Alessandro —respondió ella en un murmullo—. Es asco.
Al fondo del salón, sentado a la cabecera de una mesa infinita de mármol, estaba él. Vittorio Valenti no parecía un hombre que acabara de salir de una celda. Su traje era impecable y su mirada, la misma que había ordenado muertes durante décadas, nos analizó con una frialdad quirúrgica. A su lado, los jefes de las familias menores observaban en un silencio sepulcral.
—Hija mía —dijo Vittorio, su voz arrastrando las palabras con una falsa ternura que me revolvió el estómago—. Y Alessandro... el hombre que cree haber conquistado lo que es mío por derecho de sangre. Pasad. La cena está servida.
Nos sentamos frente a él. Elena estaba a mi derecha, su mano apretando el pequeño objeto que llevaba oculto en el bolso: la llave de latón.
—¿Te ha gustado el regalo, Bianca? —preguntó Vittorio, sirviéndose vino con una parsimonia irritante—. Ese faldón ha esperado mucho tiempo para volver a cubrir a un Valenti legítimo.
—Ese faldón es una reliquia de un mundo que ya no existe, padre —respondió Bianca, clavando sus ojos en los de él—. Y mi hijo no llevará el nombre de un hombre que intentó destruir a su madre.
Vittorio soltó una carcajada seca que no llegó a sus ojos.
—Siempre tan impulsiva. Pero sé que habéis traído algo más que vuestro orgullo. Habéis traído la pequeña "curiosidad" que Elena encontró entre los encajes, ¿verdad?
_**BIANCA**_
El aire se congeló en mis pulmones. Alessandro se tensó a mi lado, y supe que su mano estaba a milímetros de su arma oculta bajo la mesa. Mi padre lo sabía. Siempre lo había sabido.
—¿Creíais que esa llave llegó a vuestras manos por accidente? —continuó Vittorio, apoyando los codos sobre la mesa y entrelazando sus dedos—. Yo mismo la puse ahí. Esa llave abre la verdad sobre por qué los Moretti y los Valenti se odian tanto. Una verdad que tu madre, Bianca, intentó ocultar hasta su último suspiro.
—Mi madre no te ocultaba nada, Vittorio. Ella te temía —escupí, sintiendo cómo las hormonas y la rabia creaban un cóctel explosivo en mi pecho.
—Tu madre era una mujer inteligente, pero cometió el error de creer que podía salvar a la familia de Alessandro entregándome lo que no le pertenecía —Vittorio miró directamente a Elena, que estaba pálida—. ¿Sabes por qué te dejaron viva, pequeña Sofía? No fue por piedad. Fue porque tú eres la única que puede activar el sistema biométrico de la caja que esa llave abre.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Alessandro, su voz era un trueno contenido.
—Hablo de que los Moretti no eran los dueños de este imperio, Alessandro. Eran los administradores de una fortuna que pertenecía a la Iglesia y a los Valenti, y que tu padre robó antes de morir. Esa caja contiene los documentos que demuestran que cada propiedad que pisas, cada dólar que gastas, es legalmente mío.
Vittorio se levantó, su sombra proyectándose sobre la mesa como un cuervo.
—He organizado esta cena para daros una oportunidad. Entregadme a Elena y la llave ahora, y os dejaré marchar a Suiza. Renunciad al imperio Moretti y vuestro hijo nacerá en paz. Si no... —hizo una pausa, y los hombres armados que rodeaban el salón dieron un paso al frente—, esta cena será el último recuerdo que el pequeño heredero tenga de sus padres.
Miré a Alessandro. Su mirada se cruzó con la mía, y en ese instante, supe que no había negociación posible. No íbamos a entregar a Elena, y no íbamos a dejar que Vittorio ganara.
—La cena ha terminado, Vittorio —dijo Alessandro, levantándose lentamente mientras la luz de las velas reflejaba el acero en sus ojos—. Y tu reinado también.
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Editado: 22.01.2026