_**ALESSANDRO**_
—¡Ahora! —rugí.
El sonido del cristal estallando fue la señal. Mateo y Marco irrumpieron por los ventanales del gran salón, descendiendo por cables tácticos mientras las luces de la villa se apagaban por el pulso electromagnético que habíamos preparado. El caos se apoderó de la estancia.
—¡Al suelo, Elena! ¡Bianca, detrás de mí! —grité, desenfundando mi arma y abriendo fuego contra los guardias de Vittorio que intentaban rodear la mesa.
Vittorio, a pesar de su edad, se movió con la rapidez de una serpiente, volcando la pesada mesa de mármol para usarla como parapeto. El intercambio de disparos era ensordecedor. Vi a Bianca arrastrar a Elena hacia el nicho de una estatua de mármol, protegiéndola con su cuerpo mientras Marco les daba cobertura desde el flanco izquierdo.
—¡Es mío, Alessandro! —gritó Mateo por el comunicador, pero yo no iba a dejar que nadie más terminara esto.
Me lancé sobre la mesa, rodando por el suelo mientras las balas de Vittorio impactaban a pocos centímetros de mi cabeza. Lo vi correr hacia el despacho privado, buscando la salida de emergencia. No iba a permitir que se escapara de nuevo. Lo alcancé justo en el umbral, embistiéndolo con todo mi peso. Rodamos por el suelo entre gritos de rabia.
Vittorio sacó un puñal, pero yo le bloqueé la muñeca, sintiendo la presión del acero cerca de mi cuello.
—Tu estirpe muere hoy, Moretti —jadeó él, con los ojos inyectados en odio.
—Mi estirpe apenas está empezando, Valenti. La tuya se pudrió hace mucho —respondí, descargando un puñetazo que lo hizo retroceder.
Él intentó alcanzar su arma en el suelo, pero fui más rápido. El estruendo de mi disparo retumbó en las paredes del despacho. Vittorio se desplomó contra la estantería, su mano presionando el pecho mientras la vida se le escapaba por los ojos. Murió como vivió: solo, rodeado de una ambición que ya no servía de nada.
_**BIANCA**_
El silencio que siguió al tiroteo fue casi más aterrador que el ruido. Salí de mi escondite, ayudando a Elena a levantarse. Sus manos temblaban, pero su mirada estaba fija en la puerta del despacho donde Alessandro acababa de entrar.
—Ha terminado —dijo Alessandro, saliendo a la luz de las llamas de las velas que aún quedaban encendidas. Estaba cubierto de polvo y sangre, pero sus ojos buscaban desesperadamente los míos—. Está muerto, Bianca.
Caminamos juntos hacia la cámara acorazada que se ocultaba tras el retrato familiar de los Valenti. Elena, con dedos vacilantes, insertó la llave de latón y colocó su mano en el escáner biométrico. Con un zumbido hidráulico, la pesada puerta se abrió, revelando una pequeña estancia llena de documentos y un monitor antiguo conectado a una unidad de almacenamiento.
Encontramos la caja. Pero al abrirla, no había títulos de propiedad a nombre de Vittorio. Había contratos originales firmados por el abuelo de Alessandro y mi propia madre, actuando como notaria secreta.
—Mentía —susurró Mateo, leyendo los folios—. Los Moretti no robaron nada. Fue Vittorio quien, a través de extorsión y falsificación, intentó reclamar un imperio que nunca fue suyo. Los Moretti eran los dueños legítimos de cada terreno de los Valenti desde hacía ochenta años.
Pulsé el botón del monitor. Una imagen granulada apareció en pantalla. Era mi madre, años más joven, con el rostro marcado por la angustia pero con una determinación inquebrantable.
"Si estáis viendo esto, es porque Vittorio ha cumplido su amenaza de matarme", decía su voz, clara y valiente. "Él cree que estoy protegiendo a los Moretti por amor a su causa, pero lo hago por la verdad. Los Valenti se convirtieron en parásitos del imperio Moretti. He ocultado aquí las pruebas de que los Moretti poseen legalmente todas las acciones. Alessandro, Sofía... Bianca... perdonadme por no haber sido lo suficientemente fuerte para detenerlo antes. Vittorio es el verdadero ladrón. Todo le pertenece a Alessandro. Bianca, se feliz pequeña y encuentra al hombre más especial para tí. Rompe el ciclo de sangre. Te quiero "
El video terminó en negro. Me giré hacia Alessandro, que miraba la pantalla en estado de shock. Elena rompió a llorar, pero esta vez eran lágrimas de liberación.
—Toda la guerra, todas las muertes... todo fue por una mentira de mi padre —dije, sintiendo el peso de décadas de odio desvanecerse—. Él te odiaba porque sabía que tú eras el dueño de todo lo que él deseaba.
Alessandro se acercó a mí y me tomó de las manos, ignorando los papeles que valían billones.
—Nada de esto importa, Bianca. El imperio, el dinero... no valen nada comparado con esto.
Me atrajo hacia él, besándome con una ternura que me hizo olvidar el olor a pólvora que aún flotaba en el aire. Estábamos en el corazón de la guarida de mi padre, rodeados de documentos que cambiaban el destino de nuestras familias, pero por primera vez en mi vida, me sentí verdaderamente en casa.
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Editado: 22.01.2026