_**ALESSANDRO**_
El trayecto de vuelta a "La Fortaleza" fue un borrón de adrenalina y agotamiento. En el coche, el silencio era absoluto, pero nuestras manos permanecían entrelazadas, apretándose con la fuerza de quienes han regresado del mismísimo infierno. Al cruzar el umbral de nuestra casa, el peso del mundo pareció disiparse. Vittorio había muerto, la verdad sobre el imperio estaba sobre la mesa, y por primera vez en mi vida, no sentía la necesidad de mirar por encima del hombro.
Acompañamos a Elena a su ala, asegurándonos de que descansara tras el impacto de todo lo sucedido, y luego caminé con Bianca hacia nuestro dormitorio. En cuanto la puerta se cerró detrás de nosotros, la atmósfera cambió. El peligro pasado se transformó en una necesidad física voraz, amplificada por la agitación de sus hormonas.
Me deshice de la chaqueta del esmoquin, arrojándola al suelo mientras Bianca se acercaba a mí. Sus ojos oscuros brillaban con una urgencia que me quemaba. Me empujó contra la puerta, sus manos buscando desesperadamente el cinturón de mi pantalón mientras sus labios devoraban mi cuello.
—Alessandro... ahora —jadeó ella, su respiración caliente contra mi piel.
La alcé en vilo, sintiendo la suavidad de sus muslos envolviendo mi cintura. La llevé hasta la cama, donde la seda de las sábanas parecía esperar el calor de nuestros cuerpos. Me deslicé entre sus piernas con una lentitud que sabía que la desesperaba. Recorrí con mi lengua el camino desde su escote hasta la redondez de su vientre, rindiendo culto a la vida que crecía allí. Bianca arqueó la espalda, enterrando sus dedos en mi cabello, soltando gemidos que eran música para mis oídos.
Cuando finalmente nos unimos, el mundo se redujo a la fricción de nuestras pieles y al ritmo frenético de nuestras embestidas. La penetración era profunda, reclamando cada rincón de su ser, mientras ella se aferraba a mis hombros, buscándome con una intensidad casi salvaje. En el momento en que el clímax nos alcanzó, Bianca gritó mi nombre, temblando bajo mi cuerpo en una entrega total que borraba cualquier rastro del pasado.
_**BIANCA**_
Apenas una hora después, mientras recuperábamos el aliento envueltos en el lino blanco, sentí de nuevo esa chispa eléctrica recorriéndome la columna. Me giré hacia él, apoyando mi barbilla en su pecho sudado, y empecé a trazar círculos sobre sus músculos con mis dedos.
Alessandro soltó una carcajada baja, un sonido vibrante que me hizo vibrar a mí también. Me miró con una ceja arqueada y una chispa de diversión en sus ojos grises.
—¿Otra vez, tesoro? —se burló, apartándome un mechón de pelo sudado de la cara—. No llevamos ni dos horas en casa y ya es la segunda vez. A este paso, voy a tener que pedirle al doctor Rossi una vitamina especial para aguantar tu ritmo.
Inflé los mofletes y puse un puchero exagerado, cruzándome de brazos sobre las sábanas.
—¡No te rías de mí! —protesté, fingiendo indignación aunque por dentro me moría de ganas de volver a besarlo—. El médico dijo que las hormonas podían... intensificar ciertas necesidades. No es mi culpa que seas la única forma que tengo de calmarme.
—Me encanta que me uses como medicina, pero me hace mucha gracia —dijo él, tirando de mi labio inferior con suavidad para deshacer mi puchero—. Hace un mes me cerrabas la puerta en la cara y ahora no puedes estar dos horas sin que te toque. Eres una pequeña adicta, Bianca Moretti.
—¡Alessandro! —le di un manotazo juguetón en el brazo, pero él aprovechó el movimiento para atraparme y girarme, quedando él encima—. Eres un idiota engreído.
—Puede ser —susurró, bajando su rostro hacia el mío hasta que nuestras narices se rozaron—. Pero soy el idiota que va a pasar el resto de la noche asegurándose de que esas hormonas tuyas estén perfectamente satisfechas.
Me olvidé de los pucheros y de la indignación en cuanto sus labios volvieron a reclamar los míos. La guerra había terminado, y en la calidez de nuestra cama, el futuro empezaba a parecerse mucho a este deseo inagotable que nos unía.
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Editado: 22.01.2026