_**ALESSANDRO**_
El peso de la corona de capo siempre me había parecido una condena, pero hoy, mientras observaba los documentos sobre mi escritorio, se sentía como una pluma. No eran solo papeles; eran la redención. La madre de Bianca, atrapada en las garras de un monstruo como Vittorio, había sido la verdadera arquitecta de nuestra libertad. Ella había custodiado los títulos que probaban que los Moretti éramos los dueños de todo, esperando el momento en que su hija encontrara el camino de vuelta a casa.
Convoqué a los jefes de las familias restantes en el salón de "La Fortaleza". El silencio era absoluto.
—Señores —comencé, con voz gélida y autoritaria—. Vittorio Valenti no solo fue un traidor, sino un ladrón. Los documentos de la madre de Bianca, recuperados de su caja fuerte, no dejan lugar a dudas: el imperio Valenti ha sido, por derecho legal, propiedad de los Moretti durante décadas. Vittorio vivió de una mentira sostenida con sangre.
Lancé las copias de los contratos sobre la mesa.
—Hoy, esa mentira termina. Voy a disolver todas las operaciones ilegales. Los que quieran seguirme al mundo legítimo, tendrán un lugar en mis empresas de logística y construcción. Los que prefieran el barro de la delincuencia, que se vayan ahora. Pero sepan que si tocan un solo centímetro de mi territorio o de mi familia, no encontrarán piedad.
Al ver sus rostros pálidos y sus asentimientos sumisos, supe que la guerra había terminado. Por fin, la sangre de los Moretti y de Bianca estaba limpia.
_**BIANCA**_
Desde la parte alta de la escalera, observé cómo los hombres se retiraban. Sentí un alivio profundo; el sacrificio de mi madre no había sido en vano. Ella me había amado lo suficiente como para traicionar a Vittorio en secreto, dejando las migas de pan necesarias para que Alessandro y yo reconstruyéramos nuestro mundo.
Bajé las escaleras cuando el salón quedó vacío. Alessandro me esperaba al pie de los escalones, con la corbata desanudada y una mirada que solo reservaba para mí. Me rodeó la cintura, atrayéndome hacia su pecho cálido.
—Se acabó, Bianca —susurró, besando mi frente—. Somos libres. Y todo gracias a ella.
—Ella sabía que tú me protegerías —respondí, acariciando su rostro—. Por eso te dejó el poder a ti.
Pero el momento de ternura pronto fue invadido por esa inquietud eléctrica que mis hormonas se encargaban de recordar cada pocas horas. Me pegué más a él, rozando mi pecho contra el suyo y sintiendo cómo su respiración se entrecortaba de inmediato.
—Alessandro... —murmuré, buscando su cuello con mis labios.
Él soltó una carcajada vibrante, echando la cabeza hacia atrás por un segundo antes de mirarme con una chispa de picardía.
—¿Otra vez, mi pequeña adicta? —se burló, apretando sus manos contra mis caderas—. Hace apenas tres horas que salimos de la cama. A este ritmo, voy a tener que contratar a alguien que dirija las empresas legítimas porque yo no voy a poder salir de la habitación.
Hice un puchero, hundiendo la cara en su hombro mientras soltaba un gruñido de frustración fingida.
—¡No es gracioso! —protesté, dándole un pequeño mordisco en el lóbulo de la oreja—. Tú no tienes un bebé dándote patadas y un cóctel de hormonas pidiéndote fuego todo el día. Es tu culpa por ser tan... —lo miré de arriba abajo con deseo evidente— ...tan tú.
—Ah, ¿así que ahora es mi culpa por ser atractivo? —continuó él, riendo mientras me alzaba en vilo, ignorando mis ligeras protestas—. Ven aquí, gruñona. Si mi mujer necesita "atención médica" para sus hormonas, quién soy yo para negársela.
—¡Bájame, idiota, que nos va a ver Mateo! —reí mientras él me llevaba hacia las escaleras.
—Que miren lo que quieran —respondió él antes de capturar mis labios en un beso voraz que me dejó sin aliento—. Ahora mismo, el único negocio que me importa es asegurarme de que no puedas caminar durante el resto de la tarde.
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Editado: 22.01.2026