_**ALESSANDRO**_
Unos meses después de la caída de Vittorio, "La Fortaleza" ya no hacía honor a su nombre. Las armas pesadas habían sido sustituidas por cámaras de seguridad discretas, y el ala norte, donde antes se planeaban emboscadas, ahora era una guardería de techos altos y colores suaves. El silencio de la casa ya no era tenso, sino pacífico... hasta que las hormonas de Bianca decidían lo contrario.
Esa tarde, me encontraba en el despacho revisando los balances legales de la nueva empresa de logística. Bianca entró con ese caminar pausado que le exigían sus casi nueve meses de embarazo. Llevaba un vestido de algodón ajustado que marcaba cada curva de su vientre prominente. Se sentó en mi regazo sin pedir permiso, apartando los documentos con un gesto impaciente.
—Bianca, tesoro, estoy intentando cerrar un contrato importante —dije, aunque mi mano ya se había posado instintivamente en su cadera.
—El contrato puede esperar —murmuró ella, buscando mi cuello con la punta de la nariz. Su respiración ya era agitada—. El bebé no para de moverse y me duele la espalda. Necesito que me ayudes a... relajarme.
Solté una carcajada baja, dejando la pluma sobre la mesa. No podía evitar burlarme un poco; era mi pasatiempo favorito ver cómo perdía la compostura.
—¿Otra vez? —le pregunté al oído, rozando sus labios con los míos—. Si seguimos a este ritmo, nuestro hijo va a nacer sabiendo perfectamente qué hace su padre en su tiempo libre. Bianca, hace apenas una hora que...
—¡Cállate, Alessandro Moretti! —protestó ella, haciendo ese puchero que tanto me gustaba y dándome un manotazo juguetón en el pecho—. No te rías de mí. Si no quieres ayudarme, me iré a mi ala y...
—Ni lo pienses —la interrumpí, atrapando su boca con la mía en un beso que empezó dulce y terminó con una urgencia que me hizo olvidar cualquier balance contable. La alcé con cuidado, maravillado por el peso de nuestra vida en común, y la llevé hacia el sofá del despacho.
_**BIANCA**_
Alessandro siempre sabía cómo hacerme olvidar el resto del mundo. Sus manos, antes expertas en manejar acero, eran ahora las más delicadas sobre mi piel sensible. Mientras nos perdíamos en la calidez del sofá, rodeados de la paz que tanto nos había costado conseguir, sentí que por fin la deuda de mi madre estaba pagada. Estábamos vivos, estábamos juntos y estábamos locos el uno por el otro.
Sin embargo, en el punto más álgido de nuestro encuentro, cuando sus labios trazaban círculos sobre mi pecho y yo arqueaba la espalda buscando su contacto, un dolor agudo y diferente a cualquier otro me atravesó la espalda baja, descendiendo hacia mi vientre como un rayo.
—¡Ah! —solté un grito ahogado, tensándome de repente.
Alessandro se detuvo al instante, con los ojos llenos de preocupación y deseo a partes iguales.
—¿Qué pasa? ¿He sido demasiado brusco?
—No... no es eso —dije, intentando recuperar el aliento. De repente, sentí una calidez líquida empapando el cojín del sofá—. Alessandro... he roto aguas.
El gran Alessandro Moretti, el hombre que no pestañeó ante los fusiles de mi padre, se quedó congelado. Sus ojos se abrieron como platos y su rostro palideció en un segundo.
—¿Ahora? —preguntó con voz de niño pequeño—. Pero... pero si el médico dijo que faltaban dos semanas. Bianca, aún no he terminado de instalar el monitor en la cuna.
—¡Al diablo con el monitor! —grité cuando otra contracción me sacudió—. ¡Sácame de aquí ahora mismo!
Ver a Alessandro entrar en pánico era casi cómico. Empezó a correr por el despacho buscando sus zapatos, tropezó con la alfombra y gritó el nombre de Mateo tan fuerte que los cristales vibraron.
—¡Mateo! ¡Marco! ¡El coche! ¡Ya! —rugía por el pasillo mientras me tomaba en brazos con una torpeza que nunca le había visto—. Tranquila, Bianca. Respira. Yo... yo tengo el control. Todo está bajo control.
—¡Me estás apretando demasiado, idiota! —le chillé mientras otra contracción me hacía apretar los dientes—. ¡Y deja de temblar, que vas a acabar tirándome al suelo!
Él me miró, con el sudor frío corriéndole por la frente, y por primera vez vi al invencible capo absolutamente aterrado.
—Lo siento, lo siento. Es solo que... esto no se arregla con una pistola, ¿verdad?
A pesar del dolor, no pude evitar sonreírle. El hombre que había destruido un imperio por mí estaba a punto de desmayarse porque nuestro hijo había decidido que quería conocer el mundo dos semanas antes.
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Editado: 22.01.2026