Imperio de cenizas

59 Sello de libertad

​_**ALESSANDRO**_

​Nunca había conducido tan rápido, ni siquiera cuando me perseguía la policía de tres países. El hospital privado de la familia estaba a quince minutos, pero para mí se sintieron como quince años. Cada vez que Bianca soltaba un grito o me apretaba la mano con la fuerza de un titán, yo sentía que mi alma se escapaba por la ventana.
​—¡Respira, Bianca! ¡El doctor Rossi dice que hay que respirar! —exclamé, intentando mantener el coche estable mientras ella me lanzaba una mirada que habría fulminado a un ejército.
​—¡Si vuelves a decirme cómo respirar, Alessandro Moretti, te juro que este niño será lo último que veas! —me rugió, sudando y apretando los dientes—. ¡Tú no tienes un ser humano intentando salir de tu cuerpo!
​Llegamos a urgencias haciendo derrapar los neumáticos. Mateo y Marco ya estaban allí, habiendo despejado el pasillo. Los enfermeros aparecieron con una camilla, pero Bianca se negó a soltarme la mano. De hecho, me arrastró con ella hacia la sala de partos con una fuerza que me hizo dudar de si sus hormonas le habían dado superpoderes.
​Una vez dentro, el ambiente era estéril y brillante. El doctor Rossi intentaba darnos instrucciones, pero yo estaba demasiado ocupado intentando no desmayarme cada vez que veía una aguja o escuchaba el monitor cardíaco.
​—¡No me mires así, Alessandro! —me gritó Bianca en mitad de una contracción—. ¡Tú tienes la culpa de esto! ¡Tú y tus "noches de pasión" para calmar mis hormonas! ¡Eres un animal!
​—¡Lo sé, lo sé! —balbuceé, secándole la frente con una gasa, aunque mi propia mano temblaba más que la suya—. Soy un animal, soy un idiota, soy lo que quieras, pero por favor, sigue apretando.

​_**BIANCA**_

​El dolor era una bestia que me devoraba por dentro, pero ver la cara de pánico absoluto de Alessandro me daba la fuerza necesaria para seguir. El hombre que había matado a mi padre sin parpadear estaba ahora pálido como la cera, aferrado a mi mano como si fuera un náufrago.
​—¡Ya casi está, Bianca! —animó el doctor Rossi—. Una última vez, con todas tus fuerzas.
​Grité. Grité con toda la rabia de los meses de engaño, con toda la alegría de nuestra reconstrucción y con todo el amor que sentía por el hombre que, a pesar de ser un completo inútil en una sala de partos, no se había movido de mi lado ni un segundo.
​De repente, un llanto agudo y potente rompió el estrépito de la sala. El silencio que siguió fue el más hermoso de mi vida. Sentí cómo Alessandro se desplomaba literalmente de rodillas junto a la cama, sin soltar mi mano, con las lágrimas corriendo libremente por sus mejillas.
​—Es una niña, Alessandro —susurró el doctor, acercando un pequeño bulto envuelto en una manta blanca—. Tienes una hija.
​Alessandro se levantó con cuidado, sus brazos temblorosos recibieron a la pequeña. Se quedó estupefacto, mirando aquel rostro minúsculo que tenía sus mismos ojos grises, pero una serenidad que parecía de otro mundo. Se acercó a mí y depositó a la niña en mi pecho, antes de besarme la frente con una devoción que me hizo olvidar todo el dolor.
​—Es... es perfecta —logró decir, con la voz rota por la emoción.
​Me quedé mirando a nuestra hija. Su llegada era el sello final de nuestra libertad. Miré a Alessandro, que no dejaba de acariciar los dedos diminutos de la bebé.
​—Se llamará Lucía —declaré con orgullo—. Como mi madre. Para honrar su bondad y el sacrificio que nos permitió ser libres. Para que nuestra hija sepa que su abuela fue la mujer más valiente que conocí.
​—Lucía Moretti —repitió Alessandro, besando la coronilla de la bebé—. Bienvenida a casa, Lucía. Prometo que, a diferencia de los que vinieron antes, yo dedicaré cada día de mi vida a que nunca tengas que conocer el miedo.
​En ese momento, envueltos en el calor de aquel abrazo, supimos que el legado de los Valenti había muerto para siempre, y que Lucía era la luz que guiaría el nuevo y legítimo camino de los Moretti.




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