_**ALESSANDRO**_
Nunca había conducido tan rápido, ni siquiera cuando me perseguía la policía de tres países. El hospital privado de la familia estaba a quince minutos, pero para mí se sintieron como quince años. Cada vez que Bianca soltaba un grito o me apretaba la mano con la fuerza de un titán, yo sentía que mi alma se escapaba por la ventana.
—¡Respira, Bianca! ¡El doctor Rossi dice que hay que respirar! —exclamé, intentando mantener el coche estable mientras ella me lanzaba una mirada que habría fulminado a un ejército.
—¡Si vuelves a decirme cómo respirar, Alessandro Moretti, te juro que este niño será lo último que veas! —me rugió, sudando y apretando los dientes—. ¡Tú no tienes un ser humano intentando salir de tu cuerpo!
Llegamos a urgencias haciendo derrapar los neumáticos. Mateo y Marco ya estaban allí, habiendo despejado el pasillo. Los enfermeros aparecieron con una camilla, pero Bianca se negó a soltarme la mano. De hecho, me arrastró con ella hacia la sala de partos con una fuerza que me hizo dudar de si sus hormonas le habían dado superpoderes.
Una vez dentro, el ambiente era estéril y brillante. El doctor Rossi intentaba darnos instrucciones, pero yo estaba demasiado ocupado intentando no desmayarme cada vez que veía una aguja o escuchaba el monitor cardíaco.
—¡No me mires así, Alessandro! —me gritó Bianca en mitad de una contracción—. ¡Tú tienes la culpa de esto! ¡Tú y tus "noches de pasión" para calmar mis hormonas! ¡Eres un animal!
—¡Lo sé, lo sé! —balbuceé, secándole la frente con una gasa, aunque mi propia mano temblaba más que la suya—. Soy un animal, soy un idiota, soy lo que quieras, pero por favor, sigue apretando.
_**BIANCA**_
El dolor era una bestia que me devoraba por dentro, pero ver la cara de pánico absoluto de Alessandro me daba la fuerza necesaria para seguir. El hombre que había matado a mi padre sin parpadear estaba ahora pálido como la cera, aferrado a mi mano como si fuera un náufrago.
—¡Ya casi está, Bianca! —animó el doctor Rossi—. Una última vez, con todas tus fuerzas.
Grité. Grité con toda la rabia de los meses de engaño, con toda la alegría de nuestra reconstrucción y con todo el amor que sentía por el hombre que, a pesar de ser un completo inútil en una sala de partos, no se había movido de mi lado ni un segundo.
De repente, un llanto agudo y potente rompió el estrépito de la sala. El silencio que siguió fue el más hermoso de mi vida. Sentí cómo Alessandro se desplomaba literalmente de rodillas junto a la cama, sin soltar mi mano, con las lágrimas corriendo libremente por sus mejillas.
—Es una niña, Alessandro —susurró el doctor, acercando un pequeño bulto envuelto en una manta blanca—. Tienes una hija.
Alessandro se levantó con cuidado, sus brazos temblorosos recibieron a la pequeña. Se quedó estupefacto, mirando aquel rostro minúsculo que tenía sus mismos ojos grises, pero una serenidad que parecía de otro mundo. Se acercó a mí y depositó a la niña en mi pecho, antes de besarme la frente con una devoción que me hizo olvidar todo el dolor.
—Es... es perfecta —logró decir, con la voz rota por la emoción.
Me quedé mirando a nuestra hija. Su llegada era el sello final de nuestra libertad. Miré a Alessandro, que no dejaba de acariciar los dedos diminutos de la bebé.
—Se llamará Lucía —declaré con orgullo—. Como mi madre. Para honrar su bondad y el sacrificio que nos permitió ser libres. Para que nuestra hija sepa que su abuela fue la mujer más valiente que conocí.
—Lucía Moretti —repitió Alessandro, besando la coronilla de la bebé—. Bienvenida a casa, Lucía. Prometo que, a diferencia de los que vinieron antes, yo dedicaré cada día de mi vida a que nunca tengas que conocer el miedo.
En ese momento, envueltos en el calor de aquel abrazo, supimos que el legado de los Valenti había muerto para siempre, y que Lucía era la luz que guiaría el nuevo y legítimo camino de los Moretti.
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Editado: 22.01.2026