Sucumbida en la desgracia, miedo, terror y desesperanza se encontraba el mundo, la primavera había dejado de florecer, el verano de brindar calor y el otoño de envejecer, ¿Por qué?, porque el invierno los había congelado en el tiempo y dado paso con voracidad, el invierno no había llegado como una tormenta, no hubo truenos que anunciara su venida, no aparecieron advertencias y mucho menos dioses descendiendo para anunciar el fin, el invierno simplemente llego, fuerte, voraz y como un posible error.
Primero, el frio se volvió persistente, extraño y desconocido, los inviernos en las ciudades se alargaron de manera inesperada, al principio duraron apenas unas semanas, luego meses hasta atraer la catástrofe.
Las cosechas humanas se vieron terriblemente afectadas, hambruna en todo su esplendor, los animales, ya sean grandes u pequeños migraron o murieron en el camino y los ríos… los ríos se congelaron de manera permanente.
La humanidad resistiendo, hasta que el frio que se suponía debía ser una sola estación, se quedó para siempre, cubriendo, tapando y bañando el mundo entero en una total capa de hielo, nieve y escarcha eterna que arrasaba con una fuerza descomunal a todo aquel que se interpusiera en su camino y así, convertirlo en su total voluntad..
La primera ciudad en caer no fue tomada por la majestuosa nieve blanquecina, sino más bien por el silencio que sus habitantes había hecho al ir perdiendo la vida de manera lenta y desesperada, no importaba cuantas prendas se pusieran, el viento helado los mataba en segundos y pese a tener puertas cerradas, las hogueras eran cruelmente apagadas por la fría brisa del invierno.
El mundo cambio su forma total de nombrar las cosas, el frio ya no era clima y el invierno ya no era simple estación, era presencia.
Y entonces, aparecieron, no emergieron y mucho menos nacieron, ellos ya estaban ahí desde antes.
En los bordes del bosque blanquizo, entre la ventisca fría y en el reflejo del hielo, las sombras que no proyectaban sombra en si se hicieron presentes, formas que no debían sostenerse estaban ahí, temibles y aterradoras criaturas hechas de lo que el invierno olvido al crear vida.
Los primeros humanos en verlos no lograron sobrevivir lo suficiente para describirlas, gruñían y mataban sin misericordia alguna.
Los segundos tampoco lo lograron, pero los terceros aprendieron y entendieron gracias al sacrificio de los demás.
Aprendieron, comprendieron y estudiaron a no mirar directamente, a no seguir huellas que no dejaban rastro en la nieve blanquecina y a no escucha cuando el congelante viento pronunciaba e susurraba nombres que nadie jamás había dicho antes.
Los llamaron de muchas formas, pero ninguno era correcto; sin embargo, todas significaban lo mismo: Muerte que caminaba y atacaba sin dudar.
Para cuando los reinos entendieron lo que ocurría y la gravedad de la situación, ya era demasiando tarde y solo quedaba resistir.
Elyndor fue uno de los últimos reinados en caer, no por fuerza, sino por terquedad.
Sus murallas seguían en pie, débiles pero en pie, sus maravillosas torres aun perforaban el cielo gris y en el corazón de cada ciudadano latía la voluntad de seguir adelante y pelear por su vida.
Pero incluso ahí, en aquel ultimo reinado en pie, el invierno arraso.
No como un enemigo. Como un inesperado y activo huésped.
Las calles que antes solían rebosar de vida, ahora estaban cubiertas de total nieve escarchada.
Cada puerta de hogar que se abría era un riesgo para los habitantes, cada débil fuego encendido una poderosa esperanza a la cual aferrarse, cada lenta y casi inexistente respiración humana lanzada en el aire, una letal cuenta regresiva y esto mismo carcomía al príncipe heredero de dicho reinado.
De nombre Kaelan Arvarth, Hijo único y príncipe heredero del imperio de Elyndor, se encontraba en lo alto del bastión, observando, analizando y sufriendo el dolor de su pueblo entero.
El viento golpeaba contra la piedra caliza de su enorme y majestuoso castillo y el cual se encontraba actualmente cubierto de nieve escarchada, tratando siempre de buscar grietas donde le permitiesen cruzar y contaminar el gran palacio imperial.
➤Han vuelto a moverse, Su alteza imperial.
Exclamo la voz de su capitán principal, pero Kaelan no giró y tampoco volteo a mirarlo.
➤¿Dónde?
Preguntó.
➤En el bosque del norte, mas cerca que antes, Su Alteza.
Silencio total.
➤¿Cuántos?
Volvió a preguntar el príncipe, pero esta vez, la respuesta tardo demasiado en llegar
➤N-no lo sabemos, Su Alteza.
Confirmó el hombre y hacer que Kaelan cerrase los ojos un breve instante, no por miedo, sino por cansancio, dolor y tristeza.
➤Entonces…. ¿No son pocos, cierto?
Cuestionó y al fin girarse hacia el hombre, quien rápidamente realizo una respetuosa reverencia ante el monarca y mantener la mirada baja.
➤ Perdimos otra patrulla por mis descuidos, Su Alteza, perdone mi incompetencia, por favor, mi señor.