Episodio 2 — Tierra Hostil
POV Vharos
I
Tocaron fondo antes del amanecer.
Hombres que llevaban diecisiete días sin tierra firme bajo los pies y que al encontrarla tropezaban en la arena con esa torpeza particular de los cuerpos que olvidaron cómo funciona algo que no se mueve. Bajaron en silencio porque el hambre había terminado de comerse las palabras que el motín no alcanzó a gastar.
Alaric fue el primero en pisar la orilla.
El suelo cedió levemente bajo su bota — arena húmeda, compacta, con algo oscuro debajo que no era roca. Lo notó. No dijo nada.
Detrás de él Kane aterrizó sin ruido, con esa economía de movimiento de quien aprendió que el sonido es información que se le regala al enemigo. Korsk llegó con los tres perros antes que consigo mismo — los soltó en cuanto tuvo los pies secos y los observó.
Peste, Hueso y Ceniza no corrieron.
Se sentaron en la arena y miraron hacia el interior de la vegetación.
Korsk miró a Alaric. Alaric miró a los perros.
Alaric
—Adelante.
II
La selva empezaba a cuarenta metros de la orilla, sin transición. Un momento había arena y cielo abierto, y al siguiente una pared de verde tan densa que la luz del amanecer no encontraba el ángulo para entrar. Una sombra construida por algo grande que llevaba mucho tiempo sin moverse de ahí.
Brakka entró primero entre los árboles. Por el mismo principio pragmático que lo había llevado a encabezar el motín: si algo iba a salir de ahí, prefería que lo encontrara a él antes que a alguien más lento.
Nada salió.
Eso tampoco fue tranquilizador.
Alaric
—Agua. Primero agua. Todo lo demás después.
Voz del grupo
—Hay que comer.
Alaric
—Primero agua.
Kane ya leía el terreno con esa eficiencia silenciosa que tenía para los espacios cerrados — la misma que usaba cuando entraba a un lugar nuevo y en tres segundos había catalogado todas las salidas y todos los cuellos. La vegetación era densa pero tenía líneas de menor resistencia entre los troncos, senderos que el peso del tiempo había ido trazando de todas formas. Donde el agua había corrido alguna vez, el suelo recordaba la forma.
Kane
—Por allá.
Nadie le preguntó cómo sabía. Con Kane nunca se preguntaba.
III
El arroyo apareció a veinte minutos de marcha.
Cristalino, frío por el sonido que hacía contra las piedras, bordeado por plantas de hoja ancha y oscura que inclinaban sus bordes hacia la corriente. Perfecto. Demasiado perfecto para una tierra que todavía no había dado ninguna razón para confiar en ella.
Tres hombres se arrodillaron en la orilla antes de que Alaric pudiera decir nada.
Los perros de Korsk no se movieron.
Alaric
—Esperen.
Dos de los tres ya tenían las manos en el agua.
Alaric
—Esperen.
El tono llegó donde las palabras no habían llegado. Los hombres levantaron la vista.
Korsk miraba a sus perros. Peste tenía el hocico levantado, olfateando el aire sobre el arroyo con esa concentración baja y continua que en una ciudad de Vharos significaba que había algo fuera de lugar. Hueso y Ceniza no se habían acercado a menos de cuatro metros de la orilla. En once años de trabajo con esos animales, Korsk no recordaba haberlos visto rechazar agua.
Alaric
—Hollow.
El doctor se abrió paso desde el fondo del grupo. Se arrodilló en la orilla, sacó un instrumental mínimo de su bolsa y tomó una muestra del agua con la precisión de quien ha hecho ese movimiento miles de veces. El grupo esperó. El arroyo siguió sonando perfecto.
Hollow
—Alcaloide vegetal. Concentración baja. No mataría a un adulto en buen estado de salud de inmediato.
Voz del grupo
—¿Y en mal estado?
Hollow
—Depende de cuánto bebiera. Ninguno de ustedes está en buen estado de salud.
Hollow
—La planta que lo produce no es nativa de este suelo. Debería estar más arriba, en zonas de mayor altitud. Aquí no tiene razón de crecer.
Kane
—Pero crece.
Hollow
—Crece.
Kane
—Alguien la plantó.
Hollow no respondió. Con Hollow, el silencio era una forma de confirmar.
Alaric se alejó del arroyo. Los demás lo siguieron sin que nadie tuviera que decirlo. Los tres hombres que habían tenido las manos en el agua se las secaron en la ropa sin hacer comentarios, con la parsimonia tensa de quien prefiere no pensar demasiado en lo que acaba de no hacer.
IV
Siguieron hacia el interior.
El calor aumentó antes de que el sol terminara de subir. Húmedo, que venía de la tierra misma, de la descomposición constante de algo que siempre estaba muriendo para convertirse en otra cosa. Los hombres de Vharos conocían el calor seco, metálico, de los reactores y las forjas y el aire sobre el asfalto quemado de las ciudades. Este era orgánico. Vivo. Los incomodaba de una forma que no sabían nombrar.
Brakka
—No hay pájaros.
Lo dijo en voz baja, casi para sí. En el silencio del grupo se escuchó con claridad. Nadie respondió porque todos lo habían notado y ninguno sabía qué hacer con esa información. Una selva de ese tamaño, con esa densidad, debería ser ruido constante — aleteos, cantos, algo moviéndose entre las ramas. En cambio había solo el sonido de sus propios pasos y su propia respiración, magnificados por la ausencia de todo lo demás.
Lucien
—Tampoco insectos.
Kane caminó los siguientes diez minutos mirando el suelo. Leyendo. Alaric lo dejó hacer.
Kane
—El terreno está cambiado.
Alaric
—¿Cómo?
Kane
—Vine por aquí cuando entramos. Esta roca no estaba.
Una piedra cubierta de musgo bloqueaba parcialmente el paso entre dos troncos. Fuera de lugar de una forma que Kane no podía terminar de articular, excepto por la certeza de que su memoria del espacio no fallaba.