Imperio del Sol

Las Huellas Frescas

Episodio 4 —- Las Huellas Frescas

POV Vharos

I

El fruto no mató a Brakka.

Hollow lo observó durante veinte minutos con la misma expresión con que leería un instrumento de medición, catalogando cada respiración, cada parpadeo, cada variación de color en la piel del cuello. Al final guardó su instrumental y dijo que podían comer. No añadió nada más. Con Hollow, la ausencia de advertencia era la buena noticia.

Comieron de pie, rápido, sin hablar — el modo en que come la gente que aprendió a no confiar en que la calma dure. El fruto era ácido y fibroso y dejaba los dedos con una película oscura que no se quitaba con frotarlos contra la ropa, pero llenaba, y eso era lo único que importaba en ese momento.

Alaric no comió.

Estaba mirando hacia los dos troncos donde había visto la forma — el espacio entre ellos, las sombras largas que el mediodía iba recortando hacia los pies de los árboles. Nada. El mismo verde cerrado, la misma quietud que el grupo había aprendido a leer en las últimas horas como señal de que algo los observaba sin intención todavía de moverse.

Corvin se acercó a su lado sin ruido, con ese don que tenía para aparecer en un lugar sin haber sido visto llegar. No dijo nada. Tampoco miró hacia los troncos. Solo se quedó ahí, de pie a su derecha, que era en Corvin el equivalente de una confirmación.

Uno. Moviéndose en paralelo al grupo. Sin acercarse. Sin alejarse.

Alaric guardó eso y no dijo nada.

II

Siguieron hacia el interior de la tarde.

El terreno subía en pendiente suave, con raíces que cruzaban el suelo en ángulos que parecían calculados para desestabilizar el paso — no raíces viejas y fijas, sino raíces que a Lucien Vahl le pareció, aunque no lo dijo en voz alta, que estaban en una posición ligeramente distinta cada vez que bajaba la vista al suelo. No lo dijo porque no encontraba la forma de decirlo sin sonar como alguien al que le faltaba sueño, que también era cierto.

Brakka tropezó dos veces. La segunda vez se quedó en el suelo un momento más del necesario, con la palma apoyada en la tierra, mirando hacia abajo.

Brakka

—El suelo está tibio.

Nadie respondió de inmediato. Alaric se agachó, apoyó los dedos en la tierra entre dos raíces. Tibio era la palabra correcta — no el calor de la superficie expuesta al sol, sino algo más profundo, más constante, como si hubiera algo vivo debajo que generaba temperatura.

Kane

—Geotermia.

Hollow

—Posiblemente. O actividad radicular densa generando calor metabólico. Ambas opciones son inofensivas.

Brakka

—¿Cuántas cosas inofensivas llevamos encontradas hoy?

Hollow consideró la pregunta con seriedad clínica.

Hollow

—El agua envenenada no era inofensiva.

Brakka

—Exactamente.

Se levantó y siguió caminando.

III

La crecida llegó sin aviso.

Cruzaban un paso angosto entre dos paredes de roca con un riachuelo al fondo — el primer agua que los perros de Korsk no habían rechazado, lo cual bastó para que cuatro hombres bajaran al cauce a llenar los recipientes que traían. Alaric estaba a mitad del descenso cuando Korsk silbó desde arriba. Un silbido corto, bajo, el mismo que usaba con sus perros para decirles suelta.

Alaric miró hacia arriba.

El agua venía.

No como en las crecidas que conocía de los canales de Vharos — gradual, con aviso, marrón y previsible. Venía de golpe, blanca, con el ruido de algo que se había contenido demasiado tiempo y ya no podía más. El cauce pasó de tobillo a rodilla en el tiempo que tardó Alaric en procesar lo que veía, y para cuando los cuatro hombres en el fondo empezaron a moverse ya el agua les llegaba a la cintura y no llegaba al mismo ritmo para todos.

Alaric bajó.

No pensó en bajar — bajó, porque el primer hombre en caer era Reis, veintidós años, el más joven de la tripulación, y Reis tenía un corte infectado en la pierna izquierda que le quitaba el veinte por ciento de la fuerza en ese lado, dato que Alaric tenía catalogado desde el día doce porque los datos de ese tipo eran los que decidían quién sobrevivía y quién era una historia que se contaba en los puertos.

El agua fría golpeó como un muro.

Alaric agarró a Reis del cinturón con la mano derecha y buscó algo fijo con la izquierda — roca, raíz, cualquier cosa anclada al fondo — mientras la corriente le empujaba los pies y el ruido del agua llenaba el espacio donde antes había silencio de selva. Encontró una raíz gruesa debajo de la superficie, la apretó, sintió que cedía ligeramente, apretó más.

Arriba, Kane había extendido uno de los cables de amarre del equipo. Lo lanzó sin deliberar demasiado — una sola vez, con esa precisión de quien calculó el ángulo en el instante de lanzar — y llegó exactamente a donde tenía que llegar.

Salieron los cuatro. Reis el último, con el corte de la pierna abierto de nuevo por el esfuerzo, escupiendo agua y sin decir nada.

Hollow ya lo esperaba arriba.

Alaric se sentó en la roca y miró hacia el cauce, que seguía blanco y furioso debajo. El agua llegaba y llegaba desde algún lugar río arriba que no podía ver, con un volumen que en este riachuelo, con este cauce, con esta pendiente, no tenía explicación climática simple.

Korsk estaba en cuclillas a su lado, mirando el agua con los perros pegados a sus piernas.

Korsk

—Lluvia de altura.

Alaric

—El cielo está despejado.

Korsk

—Lo sé.

Alaric se puso de pie.

IV

Encontraron la trampa al atardecer, cuando la luz entre los árboles se volvía horizontal y naranja y hacía difícil leer el suelo.

Fue Ceniza quien la detectó — se detuvo en seco, las cuatro patas plantadas, y ni Korsk ni los otros dos perros avanzaron más allá de donde ella había parado. Korsk se agachó, siguió la línea de visión del animal hacia el suelo, y después de un momento extendió la mano sin tocar nada, trazando en el aire la forma de algo que solo él podía leer.




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