Imperios de arena

Prólogo

Nueva York, dos años antes.

El silencio en el ático de la Quinta Avenida era espeso, sofocante y frío. No se parecía en nada al bullicio de las fiestas a las que Alexis solía acudir para sentirse viva, ni al murmullo de los salones de clases donde defendía sus ideas con la vehemencia que desesperaba a sus profesores.

Sobre la mesa de centro de cristal descansaba un documento oficial con sellos dorados y letras en árabe que ella no podía leer, acompañado de una carpeta con fotografías manipuladas con helada precisión.

Alexis observó la silueta del hombre de pie junto al ventanales. Tariq vestía un traje a la medida que remarcaba su postura imponente, pero la rigidez de su espalda no reflejaba la autoridad del príncipe que gobernaría una nación; reflejaba la distancia infranqueable de un hombre que ya la había juzgado.

—Si cruzas esa puerta creyendo lo que te dijeron de mí —dijo Alexis, con la voz firme a pesar del temblor en sus manos—, no te molestes en volver jamás, Tariq.

Él no se giró de inmediato. Cuando lo hizo, sus ojos oscuros, habitualmente fríos pero que durante meses habían ardido con una pasión desmedida solo para ella, estaban completamente apagados.

—Mi deber está en mi tierra, Alexis —respondió él con una voz grave, distante, despojada de todo el calor que habían compartido en las noches de entrega—. Hay realidades que ni tu dinero ni tu orgullo neoyorquino pueden cambiar.

No hubo explicaciones. No hubo espacio para defenderse de la mentira tejida en la sombra por quienes querían alejarlo de ella. Cuando la puerta principal se cerró con un golpe seco, el eco resonó en el departamento vacío.

Alexis colocó suavemente una mano sobre su vientre aún plano. Sintió cómo las lágrimas quemaban sus mejillas, pero con el mismo pulso decidido de siempre, se las limpió con el dorso de la mano.

—Nosotras no necesitamos a un rey —murmuró al aire de la noche.




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